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Dignificación de las comunidades con discapacidad

01/02/2026.- La dignidad es un principio inherente a la naturaleza humana; no se otorga ni se asigna. En otras palabras, está vinculada a cada individuo desde su nacimiento y es el pilar de los derechos universales. Cuando se deja de dignificar una comunidad vulnerable —al medirla por sus deficiencias, en lugar de reconocer sus virtudes—, no solo estamos recurriendo a la infravaloración. Es evidente que una interpretación tan distorsionada de los hechos y los fenómenos que nos rodean refleja un pensamiento dicotómico, megalómano y, lo más preocupante, carente de humanidad.

Dicho comportamiento no refleja la realidad, ni tampoco nos convierte en testigos capaces de proferir un atisbo de la misma. Las opiniones carentes de empatía y comprensión suelen ser un conjunto de falacias que pone en evidencia la falta de valores fundamentales para el crecimiento de una sociedad. Entre esos valores, resalta una base sustentada por tres pilares: la equidad, la libertad y el sentido de justicia, esenciales para el desarrollo integral de cualquier persona. Saber destacar aquello que nos une, en lugar de las diferencias superfluas que nos separan, es propio de quienes han cultivado cualidades morales en cuya idoneidad reside la consumación de acciones éticas. Todas ellas son edificantes y ejemplares, pues solo en un obrar prístino, sincero e impoluto puede residir un genuino discernimiento sobre el bien y el mal.

No obstante, son pocos los que se cuestionan a sí mismos. Abundan aquellos que se limitan a emular el status quo, en vez de desarrollar un pensamiento crítico; son, en parte por este motivo, una representación vívida de la debacle que se opone al progreso y a la creación de una comunidad que garantice la participación equitativa de todos sus miembros, combatiendo así las cadenas del aislamiento, la censura o cualquier variante de marginación.

Tales expectativas deberían concernir a toda la población y no únicamente a los más vulnerables o desposeídos. Para garantizar un proceso semejante, es imperativo aspirar a más de lo preestablecido, dejando a un lado el automatismo, el individualismo y el conformismo, que merman nuestra capacidad de adaptación y subsecuente evolución. Distintas comunidades estigmatizadas por la discapacidad expresan su impotencia ante limitaciones que definen su futuro, e irónicamente el problema no reside en su condición. Dichas limitaciones residen en una ideología sociocultural que no toma en cuenta su potencial ni, mucho menos, todo lo que podrían ofrecer al promover reformas que prioricen la accesibilidad como un modo de vida imperativo, en lugar de uno opcional.

Después de todo, quienes hemos sido marginados por presentar algún tipo de limitación comprendemos que tales circunstancias son una auténtica amenaza y un impedimento para la realización del propósito de vida que perseguimos. Aprender a diferenciar las limitaciones propias de las impuestas constituye una bendición y una maldición al mismo tiempo. Es por ello que hoy me valgo de mi pluma para dar voz a aquellos grupos constreñidos a la exclusión, cuyos gritos de auxilio son merecedores de toda nuestra atención y cooperación.

Es momento de priorizar la integración y erradicar las barreras vinculadas a una ideología capacitista y anacrónica. Ya es hora de conformar una nueva sociedad progresista, equitativa y con un agudo sentido de justicia, cohesionada por valores que aprecien la diversidad, la meritocracia y la participación de todos los ciudadanos. Debemos expandir las oportunidades y elevar la conciencia colectiva hacia un mañana que juzgue con equidad el aporte que cada individuo tiene para ofrecer en el momento presente, erradicando los muros que socavan un propósito honorable. Estos muros se valen de un sentido erróneo, vinculado con una absurda jerarquización de capacidades y de la idealización simplista de un "cuerpo normativo", que subestima las habilidades que una persona con discapacidad pueda, o no, desarrollar. Asumir que un individuo no es capaz de ser partícipe en la vida pública implica un proceso de deshumanización que socava su voluntad, su identidad y la dignidad que hemos de luchar por preservar. Hemos llegado a un punto de quiebre donde los prejuicios, la estigmatización y cualquier indicio de capacitismo y posterior exclusión ya no tienen cabida.

 

Angélica Esther Ramírez Gómez


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