Las dos orillas | La paz de los sepulcros

Resorts, malls y urbanismos mortuorios

30/01/2026.- En esa suerte de multilateral del capitalismo financiero mundial que es el Foro Económico Mundial de Davos, Trump lanzó una propuesta-mandato que, más que una solución, parece la expresión más diáfana de las contradicciones que rigen el orden mundial. Su idea-esperpento, crear una "Junta de Paz" para Palestina, con él mismo como "el papá de los helados", fue anunciada junto con Benjamín Netanyahu, primer ministro del régimen sionista de Israel. Sin embargo, este plan, que promete la reconstrucción de Gaza, ignora, ex profeso, décadas de genocidio y despojo sistemático de la tierra palestina, ejecutado por el régimen sionista de Israel.

Gaza, el territorio más golpeado por el régimen neocolonial, se ha convertido en un símbolo del sufrimiento humano, pero al reducir esta tragedia a los límites de la Franja o a los últimos dos años de violencia, se incurre en un reduccionismo peligroso. El trágico recorrido de la ocupación israelí en Palestina no se mide en años, sino en generaciones. Es una ignominiosa herida que sangra desde hace más de siete décadas.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos de cómo se construyen ciudades sobre las ruinas de la muerte y el conflicto. Parques, plazas, centros comerciales y resorts de la oligocracia mundial se alzan donde antes hubo cementerios y campos de batalla, mutando el dolor colectivo en zonas de consumo para el olvido. Hoy, Gaza parece destinada a sumarse a esa lista, bajo la promesa de una neocolonial pax romana y reconstrucción. Sin embargo, la sombra de un nuevo mandato internacional amenaza con borrar lo poco que queda de su memoria y soberanía, tras un largo período de limpieza étnica.

 

¿Una "nueva Gaza" o un mandato colonial?

El 29 de septiembre de 2025, Trump, acompañado por Netanyahu, anunció una "fase uno" de un plan de paz de veinte puntos para Gaza, plan que fue aprobado por el Consejo de Seguridad de lo que queda de la ONU. En teoría, el plan busca poner fin a dos años de guerra. Sabemos que son más. La mediática habló de la liberación de rehenes por parte de Hamás, la excarcelación de presos palestinos y la transferencia del régimen de Gaza a tecnócratas supervisados internacionalmente. Sin embargo, los detalles del plan dejan ver costuras mucho más complejas.

El proyecto contempla la demolición de toda la, casi inexistente, infraestructura militar de Gaza y su reconstrucción bajo la dirección de una "Junta de Paz", presidida por el propio Trump. Esta entidad, con poderes plenipotenciarios, gestionará la seguridad, la economía y la reconstrucción del territorio, además de replicar su modelo en otros conflictos globales —así amenazó Trump—, debilitando el papel de la ONU. Los países miembros deberán pagar sumas millonarias para mantener su cuota en el negocio, mientras Trump se asegura un estatus vitalicio como líder de la junta, con autoridad exclusiva para modificar sus reglas o para violar todo ordenamiento jurídico.

 

¿Resorts y malls sobre los escombros?

La visión de una "nueva Gaza" diseñada por los asesores de Trump recuerda los patrones de urbanización sobre la muerte que han marcado la historia moderna. El plan incluye la rehabilitación de hospitales, carreteras y panaderías, la creación de una fuerza internacional —presumimos que al margen de la ONU— para estabilizar la región y el lanzamiento de una zona económica especial con el fin de atraer inversión global. Según los expertos contratados, Gaza podría convertirse en un centro comercial e industrial para multinacionales tecnológicas, siguiendo el modelo de ciudades "milagrosas" en Asia Occidental o lo que se conoce como Medio Oriente desde la lógica colonial.

Sin embargo, para la resistencia palestina, el precio de esta "paz" es inaceptable. La desmilitarización y la supervisión internacional son en realidad la invitación a la ocupación perpetua y al exterminio definitivo. Mientras tanto, el ejército israelí sigue violando el alto al fuego, que nunca ha existido, reduciendo las fronteras de la Franja y preparando nuevas ofensivas. Gaza, ya descrita por muchos como un campo de concentración al aire libre, enfrenta la posibilidad de convertirse en tierra arrasada luego de la limpieza étnica de su pueblo originario.

 

Urbanismo, poder y olvido

A lo largo de la historia, son muchos los ejemplos de los lugares donde el producto de la violencia y la opresión se ha cubierto con concreto y acero. Central Park en Nueva York, por ejemplo, se extiende sobre los restos de Seneca Village, una comunidad afroamericana desplazada en 1857 para dar paso al parque. Miraflores, en Lima, fue construido sobre cementerios prehispánicos y campos de batalla, transformándose en un paradigma del lujo y el consumo. Potsdamer Platz, en Berlín, pasó de ser un escenario de guerra a un centro de arquitectura moderna y vida urbana.

Estos casos demuestran que la urbanización sobre la muerte es posible, pero nunca neutral. Cada ladrillo, cada rascacielos, lleva la huella del despojo y la lucha por la memoria. Gaza, en esta encrucijada, podría convertirse en otro ejemplo de urbanismo mortuorio, donde el sufrimiento se transforma en zonas de consumo o en un símbolo de resistencia y autodeterminación.

 

El futuro de Gaza: memoria o mercado

El destino de Gaza no se decidirá solo en planos arquitectónicos o en reuniones internacionales. La verdadera pregunta es si su pueblo logrará preservar su memoria y su derecho a la autodeterminación frente a la maquinaria del capital global. En un mundo donde la paz a menudo se traduce en la "paz de los sepulcros", ¿quién decide el futuro de los muertos y de los vivos que caminan sobre ellos?

Gaza no solo enfrenta la amenaza del exterminio, sino también la del olvido. Su reconstrucción, lejos de ser un símbolo de paz, podría convertirse en un recordatorio de cómo el poder y el capital se imponen sobre la memoria, el derecho a existir y la humanidad. La pregunta es si en Palestina puede haber paz sin memoria, o solo quedará un mundo de malls y resorts sobre los cadáveres de un genocidio que pasa frente a nuestra vista.

 

Armando Carrieri

 

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