Templanza económica | La estirpe guerrera bolivariana
30/01/2026.-
Es necesario conocernos a nosotros mismos [las fuerzas bolivarianas] así como también conocer al enemigo [el imperio y sus acólitos] (...) Tomemos los siguientes principios (...) de Sun Tzu en El arte de la guerra, obra que, dicho sea de paso, también trata sobre el arte de la paz: (...) la mayor estrategia es la diplomacia y la negociación (para hacer innecesaria la guerra); la victoria es el objetivo —el objetivo es preservar y cuidar la Revolución Bolivariana—; vencer sin entrar en batalla (...); evitar al enemigo donde sea fuerte...
Estas palabras del texto mimeografiado "Venezuela: máxima firmeza + flexibilidad estratégica" (2026), del camarada Dafnis Domínguez —cuadro de la revolución, siempre optimista y analista certero—, sirven de brújula para el "nuevo momento político" señalado por nuestra presidenta (E), Delcy Eloína Rodríguez Gómez. A dos siglos de la gesta independentista, nuestra estirpe guerrera revive no en el eco del cañón, sino en la imperiosa necesidad de explorar nuevos campos y métodos de batalla. Venezuela, amenazada, debe apelar a la sabiduría del pueblo para trazar los nuevos escenarios de la resistencia y preparar la ofensiva.
El sacrificio de 108 latinoamericanos durante el secuestro de la pareja presidencial fue una prueba de fuego para nuestra juventud militar, confrontada al poder destructivo de misiles lanzados desde la letal impunidad del dominio tecnológico. La respuesta popular, sin embargo, ha sido contundente: las calles se mantienen altivas, reclamando el regreso de sus líderes. Este evento no es un hecho aislado; es un signo más en la acumulación de elementos que apuntan hacia una tercera confrontación mundial.
Venezuela se encuentra en la última frontera del choque civilizatorio. No se trata solo de un conflicto entre países, sino de la confrontación entre el socialismo y el capitalismo; entre un modelo de sociedad inclusivo y humanista, y otro excluyente, racista y rapaz. Extraer las lecciones del 3 de enero implica, por tanto, desarrollar nuevos métodos de defensa que complementen nuestro blindaje diplomático y la heterogénea base popular chavista.
Nuevos campos de batalla, nuevos métodos y armas de lucha
Ante la abismal asimetría militar, la lectura de Sun Tzu es obligatoria. Su primer mandato es evitar al enemigo donde es fuerte: en sus dispositivos de guerra y su poder letal. Competir en ese terreno sería un suicidio. Nuestro golpe contundente debe darse donde reside nuestra fortaleza invencible: en la organización y la unidad del pueblo. El respaldo popular es el cimiento de la revolución; Trump y la ultraderecha que lo instigan solo pueden esgrimir la fuerza bruta. He aquí la primera gran verdad estratégica.
La segunda verdad es la división del adversario. Las apetencias trumpistas sobre Groenlandia son una piedra en el zapato de la OTAN y la UE, resquebrajando su fachada de unidad. Sus bloques, débilmente unidos por la coerción, se fracturan ante los intereses nacionales. El desprecio por la vida de civiles en sus protestas internas desnuda el cinismo de sus discursos sobre derechos humanos. Un enemigo con tantas contradicciones internas es un enemigo vulnerable. El bajo apoyo interno a la gestión racista de Trump es otro punto débil a explotar. Fragilidad en su frente doméstico; grietas en su frente internacional.
La estrategia: unidad del pueblo para rescatar a los líderes
Por eso, el único escudo infranqueable es la unidad popular. Es el arma que convierte la debilidad material en fortaleza moral. La lección del 3 de enero es clara: las agresiones modernas son híbridas y multidimensionales. Nuestra defensa debe serlo, igualmente, fusionando la firmeza en los principios con una versatilidad táctica absoluta.
El objetivo supremo, como extrae Domínguez de Sun Tzu, es vencer sin combatir en el campo de batalla tradicional. Debemos forzar al Goliat hegemónico al terreno de la batalla híbrida, lograr la disuasión mediante una voluntad nacional inquebrantable y una diplomacia de paz activa. Nuestra victoria no se mide en los campos del pasado, sino en la preservación de la revolución mediante el cuidado del proyecto socialista, con "máxima firmeza, más flexibilidad estratégica". La legitimidad política y la cohesión social son tan poderosas como cualquier ejército.
Forjar conciencia, unidad nacional y resistencia
Se trata de rehacer los métodos para reforzar la resistencia bolivariana; de preservar la República, dos siglos después, despertando la estirpe guerrera. Esto significa recomponer la estrategia en cada calle, en cada núcleo productivo, en la conciencia de cada patriota, demostrando que Bolívar no aró en el mar. Implica revisar nuestra práctica diaria, la forma de hacer política y de gestionar lo público. Como dijo Mao, cuando la estrategia política es correcta, todos los recursos se conseguirán. Nuestro blindaje complementario no es de acero, sino de conciencia histórica, inteligencia colectiva y unidad inquebrantable. El ejemplo de Chávez guía cada paso.
El llamado a la acción es claro: cultivar tres pilares como esencia de la defensa en este nuevo momento político: conciencia, unidad nacional y resistencia bolivariana. Debemos forzar el parto de la derrota del hegemón, detectar y aprovechar cada fisura en su bloque, y, sobre todo, fortalecer sin descanso el vínculo entre el blindaje diplomático y la base popular. En esa fusión reside la fuerza para enfrentar cualquier enemigo.
La estirpe guerrera no vive en el pasado; revive y se reinventa en la capacidad de un pueblo y su dirigencia que, conocedores de sí mismos y de su enemigo, eligen la paz no por debilidad, sino como la forma más elevada de estrategia y victoria. Citando nuevamente a Mao Tse Tung, "el objetivo de la guerra es eliminar la guerra".
La Fuerza Armada Nacional Bolivariana, como pueblo armado, debe reforzar su intersección con el pueblo llano, del cual es parte y arraigo. Ese pueblo, que ha resistido con ingenio la guerra económica y mediática de quinta generación, debe ser convocado con franqueza para alistarse en la búsqueda de nuevos métodos de lucha. La actitud ante la agresión debe ser la alerta y el apresto defensivo permanente.
Finalmente, la base de la liberación es una profunda revolución científico-productiva; es la oportunidad de convertir la debilidad de la dependencia petrolera en fortaleza. Poseemos las mayores reservas probadas de hidrocarburos, a menos de doscientos kilómetros del Caribe, con más de un siglo de experiencia en su aprovechamiento y una infraestructura que requiere capital relativamente bajo para su reactivación. Con la urgente flexibilización del marco regulatorio, ya en marcha, podemos transformar este sector en palanca de resistencia, en mecanismo de liberación productiva y construcción de una sociedad más justa e independiente.
Marcial Arenas
