Aquí les cuento | Narrativa I
Mira, bichito, regrésanos al Nico y a Cilita. ¡No te hagas el pendejo!
30/01/2026.- Una vieja publicidad de una agencia especializada, difundida a través de los medios de comunicación en la década de los ochenta del siglo XX, expresaba: "Deje que nosotros pensemos por usted". Eso ha sido una constante desde el momento en que unos pueblos poderosos empezaron a apropiarse compulsivamente de otros pueblos, carentes de armas para defenderse.
Las naciones dedicadas a la explotación y saqueo de los recursos de otros pueblos allende sus fronteras pusieron todo su empeño en cambiar los referentes culturales de los pueblos invadidos. Progresivamente, desarraigaron los valores e implantaron en el inconsciente colectivo los conceptos y formas de vida del invasor.
Todo el proceso se realizó con violencia, aunque los soldados encargados de implantarlo, con discursos y sotanas, recurrieran a la persuasión, arma esta que les proporcionó mayores réditos que el filo de las espadas y el estruendo de los cañones.
Si revisamos las imágenes y los escritos utilizados en la literatura escolar en los países latinoamericanos, notaremos la presencia de los curas, misioneros imperiales, encargados de evangelizar a los salvajes que fueron —y que somos— los aborígenes de estas tierras, otrora libres.
No existe dominación de un pueblo sin golpear, en el mero centro, su esencia cultural, es decir, sus creencias, sus hábitos de vida y su manera de relacionarse.
Esta condición insalvable habrá de cumplirse para lograr el sometimiento de un pueblo, de un continente y del mundo a los intereses hegemónicos de una potencia imperial.
Vista la cosa de esta manera, podemos poner como ejemplo la implantación de símbolos universalizados por la propaganda y la presencia misionera de agentes al servicio de la metrópoli imperial. Estos son difundidos por los especialistas que implantan en el inconsciente colectivo la manera de pensar, logrando el propósito de "pensar por ustedes". De eso se encargan las sectas religiosas, que se cuentan por centenares, algunas tan difundidas en el planeta como la Coca-Cola.
Otros íconos implantados en el inconsciente de nuestros pueblos oprimidos son todos aquellos "manes", desde Superman, Batman, Aquaman y Spiderman hasta "alguno que otro man", como canta Piero.
Aunque en nuestros pueblos contamos con verdaderos héroes y libertadores, ninguno de ellos forma parte del discurso de los niños y adolescentes del presente en las metrópolis colonialistas, ni están en el nostálgico recuerdo de los adultos mayores que coleccionan cómics, afiches y muñequitos.
Volvamos a la narrativa de eso que empezamos a compartir en esta entrega y que durante muchos años hemos venido observando y padeciendo.
Así como nos implantaron a Santa Claus y todo bicho que se les ocurra, nos legaron adjetivos tan ciertos como la luz del sol. Traigo uno que les ha servido hasta para curar los sabañones a los amos del norte: dictador.
Cuando los inquilinos de la Casa Blanca le adjudican este remoquete a cualquier presidente del mundo, inmediatamente se conoce que va a ser derrocado, asesinado, secuestrado, enjuiciado y eliminado del escenario de sus países. Todo esto pasándose por los innombrables cojones leyes, tratados e instituciones internacionales responsables de mantener la paz y el equilibrio entre las naciones del mundo por aquello que conocemos como derecho internacional, soberanía, libre autodeterminación de los pueblos, convivencia pacífica, paz y miles de etcéteras.
En la década de los setenta, reinaba en Nicaragua Anastasio Somoza, todo un peluche que servía de almohada a los intereses de los amos del norte. Era un personaje que mantuvo al pueblo de Nicaragua bajo una terrible represión, hambre, miseria y violencia política.
Era hijo y heredero del trono de su padre, llamado, para variar, Anastasio Somoza. Era, en palabras de un presidente de Estados Unidos, un verdadero hijo de puta, "pero es nuestro hijo de puta", sentenciaba el aludido presidente.
Ah, pero allá, del otro lado del Atlántico, en un pequeño país llamado Uganda, hubo un presidente de facto, quien, según la narrativa de los grandes medios de domesticación, se alimentaba con carne humana.
El relato repetido por los medios de domesticación (periódicos, agencias internacionales de noticias, televisoras, etc.) era que el negro presidente, mala gente de Uganda, se comía a los enemigos. Los picaba en chuletas, bistecs, chinchurrias y riñonadas, y los envolvía en paquitas, de esas que tienen un cierre en forma de cintitas, y se los manyaba.
Me pregunto: ¿de qué tamaño sería esa nevera para meter a los enemigos de Idi Amin Dada? ¡Carajo! ¿Serían dos o tres enemigos? Un presidente como él, plenipotenciario, dictador, fuerte y poderoso, ¿sería que no tendría para ir al mercado y comprarse una postica de cocodrilo, o un pernil de rinoceronte, o, ¡qué sé yo!, un lomo de elefante o cualquier otro almuerzo de los que se preparan en la rica gastronomía africana? ¿O al menos un chef que le preparara aquel platillo universalmente conocido como talcari bufanga?
¡Ah, no! Teníamos todos nosotros los consumidores de narrativa que calarnos aquella verdad impuesta por quienes han sabido desde siempre que la pelea más inteligente es la que se da sin caerse a tiros ni arrasar los pueblos; aunque las opciones de destrucción están en la mesa y en los intestinos del inquilino de la Casa Blanca.
Creo necesario hacer el ejercicio de platicar estos temas; no dejar los cuentos para nada; seguir cuenteando hasta los próximos cien años. Sin embargo, la conciencia de un fabulador también está transversalizada por esos apéndices reflexivos que comparto en estos días.
Advierto: quisiera seguir publicando la línea de los divertimentos, pero, ¡carajo, yo no tengo la sangre de horchata!, como dirían en nuestro amado México.
Aquiles Silva
