Letra fría | Y dale con la Pelona
30/01/2026.- Cuando Andrea Gouverner se acercó al grupo de cineastas con quienes compartíamos en la despedida de nuestro amigo Donald Myerston, en la Cinemateca Nacional, y parecía un personaje de García Márquez cuando dijo: “El velorio de Donald huele a cocuy”, minutos antes de pasar su hijo Juan Marcos con una bandeja de vasitos con “el cocuy que alumbra”, de una pata de elefante que le enviaron para el velorio de su papá. Por cierto, contemplando la botella, conocí a Julio Mota, hijo de otro de los grandes del cine, además de haber sido explosivista de la lucha armada y buen amigo mío.
Tanto alumbraba el exquisito cocuy que llegué escribiendo del episodio, rompiendo mi promesa de no tocar más el tema de la muerte, al menos por un tiempo, salvo cuando me tocan los alrededores y se lleva a mis amigos, familiares —aunque somos tan poquitos, que nos da chance a creernos longevos— u otros seres queridos. Y ese fue el caso de Donald, y aunque le dije a Andrea que ese sería mi titular, pero viendo que ya los amigos periodistas habían escrito “p'alante y p'atrás”, me percato de que en Donald había dos elementos que me cautivaban, Choroní y la renovación universitaria. Vi el documental de la renovación universitaria y Voces del cine venezolano esa misma tarde. Allí comenzó otra película en mi vida. Donald había sido miembro fundador del Departamento de Cine de la Universidad de Los Andes, del cual fue editor, director de documentales, productor y comercializador. Como cineasta independiente ha producido 10 largometrajes venezolanos y dos extranjeros, y más de 90 cortometrajes documentales, animados y de ficción. Entre sus documentales de ese período se destacan La autonomía ha muerto y Renovación, trabajos sobre el proceso de renovación en las universidades nacionales en 1969 y la represión desatada por el gobierno de Rafael Caldera en contra de los estudiantes.
Yo no estuve allí, y menos mal, porque una de las consignas, “O hago la renovación o me entrego a la bebida”, como decía, no estuve, pero sí fui beneficiario doble de esos eventos. Uno, porque, gracias a ello, fui a parar a la Pontificia Universidad de Bogotá; y dos, llegué a disfrutar del nuevo pénsum logrado por la Renovación; y hubo un tres, ¡también me entregué a la bebida! Jajaja.
Después de la renovación universitaria del año 69, imbuida por el mayo 68 de París, obviamente cambiaron los diseños curriculares; tanto, que la creatividad sonó su trompeta. Los anquilosados pénsums de literaturas clásicas y medievales rodaron para dar paso a una literatura libertaria. Por supuesto que Rafael Caldera no podía permitir que aquellos carajitos acabaran con su pacto de puntofijo educativo, que nunca pudo cuajar, porque le habían tomado por asalto la universidad, las residencias universitarias eran nidos de comunistas y el Jardín Botánico era el campus de entrenamiento de los estudiantes que subirían a la guerrilla. El presidente facho ordenó el allanamiento y los gorilas ejecutaron la operación Canguro, que barrió con francotiradores y poetas.
Confieso que no estuve presente, porque mientras tanto en esta Ciudad Gótica eso sucedía, en la Villa Chica de Maracaibo, el gobernador de turno chantajeó a papá con unas fotos mías quemando cauchos en la Facultad de Veterinaria de La Ciega, y so pena de meterme preso, me tenía que sacar de la ciudad, y el pragmático Efraín Márquez García me mandó con unos cuantos dólares a la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, ¡bella época de mi vida!, pero no pude con el olor a naftalina literaria, que ya Adelaida Villalba y Gioconda Espina, y sus secuaces habían erradicado de la Escuela de Letras, y en 1974 ingresé por equivalencia en la UCV, ¡otra mejor época de mi vida!
Así las cosas, llegué al paraíso literario. Cuando cuento quiénes fueron mis profesores, los jóvenes de ahora no me lo pueden creer, pero ya habrá tiempo de contarlos. Encontré una universidad nueva, y los rebeldes habían recuperado su bastión, salvo la Facultad de Arquitectura, que siempre fue copeyana, e Ingeniería, que la comandaba un tal Piar Sosa, nefasto decano de la época. Pero, además, habían surgido unos adefesios políticos que pusieron el caldo morado, el MAS y La Causa R. Del MAS se decía en consignas: AD, Copei y el MAS, la misma “güevoná”.
En ese maremágnum, y en medio de aquellos grandes docentes que me tocaron, estaba mi querido profesor Rafael Cadenas, que, para sorpresa de muchos, fue militante del Partido Comunista y miembro del movimiento literario Tabla Redonda.
¡Y llegaron los estudiantes y mandaron a parar! Acabaron con el mito de las vacas sagradas literarias, que mantenían una literatura tediosa y alcanforada, y con aquellas nuevas ideas libertarias elaboraron unos pénsums adecuados al naciente porvenir... Como he dicho, yo no supe mucho porque estaba en Bogotá, pero sí sé que tuve en mis manos el Manifiesto de la renovación universitaria de la Escuela de Letras, y de lo poco que puedo recordar fue aquella memorable consigna: “Cervantes, camarada, tu muerte será vengada”. Lo que también sé es que, si mis futuros amigos se comieron las verdes, y yo, a mi regreso, pude disfrutar las maduras, fue de la magia de aquella novedosa propuesta académica.
Por aquello de la objetividad, tal vez los expertos pensaron en el área uno para los lingüistas con mi querido maestro Ángel Rosenblat, nuestra adorable Paola Bentivoglio y nuestra querida e inolvidable Rosalba Luliano, un hermoso ser que murió en un dudoso accidente de tránsito. El área dos era, sin decirlo, como la cuota de los bolcheviques, la literatura latinoamericana y tal, incluida la venezolana, y allí entraba el laureado Adriano González León, el comunista Francisco Navarrete, director por un tiempo; mi estimado profesor en la maestría de la Simón (USB), José Balza, el honorable Gustavo Díaz Solís, entre otros memorables, y se colearon dos ratas uruguayas, Álvaro Barros Lémez y el tóxico Ángel Rama…
El área tres era como la tierra de nadie de la literatura, era como el paraíso de los creativos y maricones, sin ofensas de género; en principio fue mi área preferida, adoraba a Tutti Fruti, un parguito lindo y una flaca bella de tendencia lésbica que era el propio desperdicio sexual. Allí pululaban María Fernanda Palacios, Hanni Ossott, Alfredo Silva Estrada, Ida Gramcko, Guillént Pérez, de onda orientalista. Después llegó nuestro amigo Daniel Medvedov y el jungiano Rafael López Pedraza. La propia fauna enredadora.
Allí estaba Rafael Cadenas, mi honorable profesor, a quien he admirado siempre, y no me avergüenza, como tampoco me pasa con Jorge Luis Borges, porque la poesía siempre estará por encima de la perra política, o si no, que lo diga Tlön, Uqbar, Orbis Tertius o el descomunal poema Derrota de Cadenas.
Humberto Márquez
