Pluma acústica | Maigualida Ocaña

Raíz de palma llanera y voz de esquina sonera

29/01/2026.- Hablar de la salsa en Venezuela a partir de la década de 1980 hasta la actualidad, y no mencionar a Maigualida Ocaña, es un disparate. En un ecosistema musical que a veces peca de ser machista, Maigualida se plantó con una seguridad del carajo, dejando claro que para pilotear en la tarima no hace falta solo una buena voz, sino una determinación de hierro, buena formación académica y un sentimiento que eriza la piel.

La historia de Maigua no empezó ayer en un estudio de grabación de moda. No es la típica cantante que salió de un concurso de televisión por "pura pinta"; ella es una artista completa que entiende que la salsa, antes que todo, es una escuela de resistencia.

 

Raíces y primeros acordes

Ocaña nació en Barinas y es descendiente del gran poeta del llano Alberto Arvelo Torrealba, una genética que ha sabido honrar. Se inició en la música a la edad de siete años, cuando llegó a sus manos un cuatro venezolano, el cual comenzó a charrasquear por sus propios medios. Su padre, al ver que realmente tenía talento, le obsequió una guitarra, instrumento con el cual completó su primera etapa de estudio musical de manera autodidacta.

Siendo muy joven se mudó a la ciudad de Mérida para cursar estudios en educación. Allí tuvo contacto con el profesor Mario Calderón, quien, a raíz de la tragedia del grupo Madera, fundó, en homenaje, el grupo Son Clave de Oro. Al ver y escuchar el talento de Maigualida, Calderón la invitó a una audición para formar parte de la asociación.

A partir de esa audición, que se hizo con las canciones del primer disco del Grupo Folclórico y Experimental Nuevayorquino, Concepts in unity, comenzó la carrera profesional de Maigua en la música. Calderón quedó impactado con aquella fuerza indómita que es no solo el vozarrón que se gasta, sino la presencia imponente de Maigua en el escenario. Allí estuvo por cinco años consecutivos y fue su verdadera primera escuela en cuanto a la música afrocaribeña.

El amor por la salsa la ha acompañado desde que tenía diez años de edad y quedó flechada por La murga, en la voz del Cantante de los Cantantes. En su casa se escuchaba mucha música de Julio Jaramillo, La Sonora Matancera y Tito Rodríguez, entre otras leyendas que le sirvieron de arrulladores durante su infancia. Además, muchos de sus parientes también eran músicos, por lo que nunca faltó una melodía en su hogar.

 

Un son con sabor a Caracas

En el año 1990, comienza a trabajar con Roberto Fuentes en la agrupación Alpargata Cantorum. Roberto, encantado, becó a Maigualida para estudiar música con él en la capital. Así llegó a Caracas y estuvo por un año estudiando con Fuentes, al tiempo que recibía clases de canto con Enrique Lafontaine. Esta experiencia terminó de pulir su talento innato.

Por esa misma época, realiza una audición para ingresar a la agrupación Caracas Son 7, donde conoce a Alberto Vergara y a Carlos "Kutimba" Espósito, ambos músicos de alto calibre. Se podría decir que ellos fueron sus tutores de posgrado en la salsa. Con ellos aprendió el código musical del género y estudió percusión menuda.

La audición fue todo un éxito y desde entonces se convirtió en la voz femenina de Caracas Son 7. Entonces, sucedió un hecho de gran importancia para nuestra homenajeada. En 1992 son invitados a la Expo Sevilla 92. Ese momento fue de alguna forma profetizado por Maigua un tiempo atrás, cuando, luego de una discusión con su padre, decretó que iba a ser cantante de salsa y que se iba a ir, justamente, a Sevilla y de allí a recorrer Europa y, cuando todo eso sucediera, se iba a cortar el cabello al rape. Fue así como adquirió ese look tan genuino y característico.

 

El Cadáver Exquisito

Estuvo por cinco años en Europa, donde se codeó y compartió tarima con grandes figuras de la salsa. En 1997 vuelve a Venezuela. Al poco tiempo recibe una llamada de Ricardo Viloria, a la sazón director de la naciente agrupación Cadáver Exquisito, pidiéndole que se incorporase como voz femenina en sustitución de Durbin Espinoza, quien acababa de fallecer.

Si algo nos dejó locos a los melómanos fue precisamente la participación de Maigua en Cadáver Exquisito. Ahí la cosa se puso seria cuando dejaron de ser un grupo acústico integrado por los músicos de Gualberto Ibarreto para convertirse en una legendaria orquesta. Era una propuesta intelectual y bohemia que se atrevía a mezclar el bolero y la salsa con una fuerza casi mística. Ese poder quedó inmortalizado en su único trabajo discográfico: En vivo desde la Terraza del Ateneo, un disco de culto grabado en el año 2000, que figuró entre los diez discos de salsa más sonados en Nueva York en esa época.

Además de los proyectos mencionados, Maigua trabajó con Orlando Poleo, Alfredo Naranjo, el grupo Guayuco y Centro Habana Band. En estas últimas dos agrupaciones se destacó como compositora con temas como El abuelo. Otra asociación con la que estuvo trabajando, junto a otra pléyade de músicos caraqueños, fue Maigualida y Los Simepagan Boys.

 

Presente en el presente

En 2020, comenzó una nueva etapa. Junto a Armando González y a otros grandes músicos, graba con el proyecto Pomagás 2, en la azotea de su edificio, canciones del compositor Carlos Fernández. Al mismo tiempo, también junto a Armando, comienza a grabar canciones de este en un proyecto muy interesante, tan íntimo que, en principio, no tuvo nombre, pero fue la génesis de Maigualida Ensamble, donde la acompañan otras leyendas de la salsa caraqueña.

En la actualidad, sigue trabajando con Armando González, con quien ha tocado hasta rock, una experiencia que describe como fabulosa. Además, grabó con Dj Akilin el tema Fuego candela, que cuenta con un videoclip colorido y alegre. Mientras que con el percusionista Leo Vargas grabó una versión, en guaguancó, de la Tonada de luna llena, que es un verdadero derroche de sabrosura.

En fin, Maigualida Ocaña es un claro ejemplo de que en Venezuela la salsa no es una moda, es un ADN. Ella representa a esa mujer empoderada que no necesita gritar para que la escuchen, porque su técnica y su pasión hablan por sí solas. Sigue siendo una referencia obligada para las nuevas generaciones de soneras que quieren aprender cómo se domina un montuno sin perder la clase.

 

Kike Gavilán


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