Punto y seguimos | ¿El principio del fin?
29/01/2026.- El orden mundial se ha fragmentado. Ya no resulta una frase profética o admonición; el genocidio en Gaza la volvió realidad y la segunda administración de Donald Trump parece erigirse como la fuerza destructora definitiva de dicho orden. El gobierno de Estados Unidos, anclado e inspirado en los principios más básicos del imperialismo norteamericano, decide dejar de lado las reglas acordadas después de la Segunda Guerra Mundial y volcarse —en medio de un escenario de crisis en el que ha perdido poder económico e influencia frente a China— a utilizar el poder que aún le queda, el militar, para recuperar los espacios y recursos perdidos. EE. UU. regresa sin empachos a una política que es la esencia de su identidad como nación: la del imperio sustentado en el miedo, tanto interno como externo.
La máxima del back to basics, que no es más que conquista y domina, deroga cualquier avance de evolución que la humanidad haya podido alcanzar al establecer el sistema de Naciones Unidas y generar un escudo —débil, sí, pero escudo al fin— que ofreciera protección a las naciones más débiles. Sin el orden basado en la cooperación, la autodeterminación y el respeto a la soberanía, todo país que no sea una potencia militar está indefenso frente a los que sí lo son. Lo demuestra el ataque contra Venezuela del 3 de enero. El trumpismo está rompiendo con cualquier vestigio de civilidad al cruzar la línea invisible que el mundo había trazado para no volver a las armas y a la muerte, puesto que no les conviene más. Estados Unidos ha fracasado como proyecto de dominación absoluta en las últimas décadas, y no lo piensa permitir, aunque esto signifique sincerarse acerca del tipo de nación que representa. No se considera un país, se considera un imperio y actúa en consecuencia. Trump se ha deshecho de cualquier máscara.
Lo destacable no es que EE. UU. haya producido un personaje de tales características, sino el estado de deterioro que el resto del mundo muestra, al quedarse pasmado y sin capacidad de reacción ante el hecho de ser el nefasto hijo excelso de un imperio en decadencia. La apuesta estadounidense es la de volver a las zonas de influencia y la repartición del mundo, asegurándose el control de territorios ricos en recursos naturales que sustenten y paguen los avances tecnológicos e industriales que garanticen la verdadera hegemonía. EE. UU. necesita reconstruir el poder económico perdido a manos de China. El sur global, que desperdició su oportunidad histórica —especialmente América Latina— de agruparse para generar capacidad de resistencia y una cuota de poder en el tablero —como lo planteó Bolívar—, se ve hoy dividido y a merced de decisiones terribles como la de luchar a costa de dolor e invasiones o la de entregarse y asimilarse a la potencia que les corresponda. Ese es el escenario extremo al que juegan los gringos. Queda por ver si el resto del mundo se pliega, resiste o reacomoda. Mientras tanto, es obvio que el orden mundial que conocíamos se desmorona frente a nuestros ojos.
Mariel Carrillo García
