Retina | Diálogo y razón
26/01/2026.- Tracy Chapman, con su voz maravillosa y con su manera de interpretar las dificultades y los sentimientos de los sectores más discriminados en Estados Unidos, nos cuenta de una madre que explica a su hija que el alma no se vende y que solo se debe tener hambre por un mundo de justicia.
En la canción, la hija dice que no comprendió la enseñanza y que después descubrió que el diablo no es una cosa mística, sino una persona que te dice exactamente lo que quieres oír.
Quizá no exista arma más potente que el halago y el apoyo a los argumentos que estamos presentando. Un masaje bien colocado en el lomo de nuestro ego es capaz de hacernos actuar en contra de nuestro bien.
Este peligro es particularmente grande cuando actuamos dentro de agrupaciones colectivas, desde una junta de condominio hasta un partido político o una alianza.
Quien haya participado por mucho tiempo en organizaciones sabe, o debería saber, que muchas veces uno gana una discusión por tener mejores herramientas discursivas o argumentales sin necesariamente tener la razón. Las más inútiles y las peores discusiones que uno puede tener son precisamente estas, las que se ganan sin razón. Más grave si ello termina en una decisión que coloca a todo un colectivo a trabajar por un error.
Normalmente, me ha tocado interactuar con muchas personas que piensan que las discusiones son para ganarlas o perderlas. Es una percepción equivocada y peligrosa que incluso llega hasta el punto de cuestionar la discusión como instrumento útil para la convivencia entre seres humanos.
Discutir no es sinónimo de pelear. No debe serlo. Es cierto que sí involucra la necesidad de evaluar y hasta confrontar datos y opiniones que a veces son mutuamente excluyentes, pero la discusión es la vía para enterarse de las diferencias y las similitudes y para acercarse a acuerdos que permitan la convivencia y la actuación conjunta.
Quizá el mejor camino que uno puede seguir en un debate es el de escuchar atentamente los puntos de vista de quienes nos adversan y detenernos en una revisión honesta y desapasionada de sus argumentos. En ese punto debemos buscar qué es exactamente lo que nos divide y, si se puede, cómo transformar esa diferencia en algún punto de encuentro.
Esa es la base fundamental de todo diálogo. Dialogamos y discutimos porque no opinamos lo mismo, pero compartimos un espacio y un tiempo en el que necesariamente estaremos juntos para confrontarnos o para encontrarnos.
Freddy Fernández
@filoyborde
