Estoy almado | La identidad
26/01/2026.- Algo en lo que debemos trabajar, cada uno en su espacio cotidiano, es en reafirmar la identidad venezolana. Es inconcebible que alguien, dentro o fuera de nuestras fronteras, explote de alegría porque otro país nos haya atacado militarmente con la saña con la cual nos agredieron el 3 de enero. Es abominable que alguien se sienta reconfortado porque un invasor militar haya generado cientos de muertos, heridos y traumas a decenas de familias inocentes, incluyendo niños y niñas, solo porque secuestraron a Maduro y a su esposa.
Aquellos presuntos venezolanos que manifiestan su fulgurante emoción por ese ataque criminal, quizás en este momento no entendieron a cabalidad lo que ocurrió y, peor aún, que lo expresen de esa forma evidencia las miserias del alma, carcomida de tanta propaganda antivenezolana inoculada por años a través de las redes.
Una cosa es que estén en desacuerdo con el gobierno de turno; otra es que patológicamente odien tanto al país donde nacieron, que deseen, sin pudor alguno, la desgracia y hasta la muerte de sus coterráneos que viven en esta tierra bendita. Eso no es defender la vida ni mucho menos la libertad; es fascismo, a secas. Justificar la aniquilación del otro a causa de un odio profundo no es ser antichavista ni opositor, es la barbarie, algo contrario a la noción civilizatoria de humanidad, aunque no estén conscientes de ello.
Esas prácticas deshumanizantes, derivadas del supremacismo medieval trumpista que hoy horroriza al mundo, no solo se apropian de personas comunes. En la Asamblea Nacional hay diputados dizque de la “nueva oposición” que evitan rechazar el bombardeo de Estados Unidos y omiten deliberadamente los asesinados en cada ataque perpetrado. Con su silencio, naturalizan la matanza del otro y la destrucción a bombazos de su país por una nación agresora. No quieren que la Casa Blanca ni sus simpatizantes radicales en el exterior (y a lo interno también) los perciban como unos conversos sensatos nacionalistas.
Lo corrosivo de esa insensibilidad antivenezolana es que la disfracen con la máscara de una supuesta postura antichavista. Con ese antifaz intentan que otros ciudadanos, desinformados o alejados de la dinámica política, se enorgullezcan de sentir una sádica felicidad por recibir una vil agresión estadounidense, creyendo que la cosa fue contra Maduro y no contra Venezuela toda, independientemente de las posturas políticas. Es la misma falacia con la cual decían hace años que las sanciones solo afectaban al Gobierno, aunque después les cayó la locha sobre lo criminal del bloqueo estadounidense.
En etapa posagresión es vital fortalecer, mucho más, la identidad en esa nueva generación que vive y crece en este país; que lo sientan suyo, que al menos cuando sean adultos no lleguen a la barbaridad de denigrar su terruño, más allá de los intentos foráneos en redes digitales de justificar una agresión contra nosotros mismos y contra nuestro propio gentilicio. En el futuro, la noción de ser venezolano debe estar libre de fascismos y supremacismos.
Se trata de una batalla que está en ciernes. Porque aunque el ataque militar estadounidense duró poco tiempo, el bombardeo mediático continúa incesante, inclemente, intentando difuminar la raigambre de lo que somos como país. Ahí es clave trabajar la identidad nacional en esta nueva etapa histórica. Cada quien desde su trinchera y desde su entorno.
Manuel Palma
