Cilia Flores: la primera combatiente del amor y la lealtad

Abogada, diputada y siempre combatiente, porque la Revolución también es femenina

Su imagen, símbolo de resistencia, inspira a mujeres, jóvenes y madres de la Patria.

 

23/01/26.- Hay mujeres que hacen historia desde la retaguardia, otras desde la tribuna, y unas pocas desde el corazón mismo del huracán. Cilia Flores ha hecho las tres cosas. ¡Y más! Porque si algo ha demostrado esta mujer de verbo firme y mirada de acero, es que la Revolución también se escribe con tinta de mujer. Y con amor.

Cilia Adela Flores nació el 15 de octubre de 1956 en Tinaquillo, estado Cojedes. Se formó como abogada en la Universidad Santa María de Caracas, y desde sus primeros años profesionales se destacó por su compromiso con la defensa de los derechos humanos y las causas sociales.

Su salto a la política nacional se dio en un momento clave: en 1992, tras la rebelión cívico-militar liderada por Hugo Chávez, Flores integró el equipo jurídico que defendió a los militares insurrectos. Su papel fue fundamental en la obtención del indulto presidencial en 1994, lo que consolidó su prestigio como operadora jurídica del naciente movimiento revolucionario.

Cilia, abogada de los insurgentes del 4F, fue la primera mujer en presidir el Parlamento venezolano.

 

Con la llegada de la Revolución Bolivariana al poder, Cilia Flores se convirtió en una de las figuras más influyentes del nuevo escenario político. Fue electa diputada a la Asamblea Nacional en el año 2000, y desde entonces ha ocupado curules por el Distrito Capital, el estado Cojedes y por Lista Nacional. Su carrera parlamentaria alcanzó un punto histórico en 2006, cuando se convirtió en la primera mujer en presidir la Asamblea Nacional de Venezuela, rompiendo barreras de género en un espacio tradicionalmente dominado por hombres.

Durante su gestión, impulsó leyes clave para el fortalecimiento del Estado revolucionario y lideró la bancada del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), del cual fue segunda vicepresidenta entre 2009 y 2011.

En 2012, fue designada Procuradora General de la República, cargo desde el cual defendió los intereses jurídicos del Estado en un contexto de creciente presión internacional. Posteriormente, integró la Asamblea Nacional Constituyente de 2017, donde participó en la redacción de propuestas para la renovación del orden constitucional.

Junto al presidente Nicolás Maduro, compañera de vida y trinchera en la lucha revolucionaria.

 

Cilia, siempre combatiente

Cilia, abogada de los insurgentes del 4F, diputada constituyente, presidenta de la AN, cuando aún no era costumbre que una mujer presidiera nada, ministra, constituyente otra vez, y siempre, siempre, combatiente.

No ha sido una figura decorativa ni un apéndice del poder. Ha sido columna vertebral, conciencia jurídica y política, y también sostén emocional de un proceso que ha tenido que resistir más asedios que los que caben en un parte de guerra.

Pero si algo la define, más allá de los cargos, es su lealtad. Lealtad a un proyecto, a un pueblo, a un hombre. Porque Cilia no solo ha caminado junto a la Revolución, también ha caminado junto a su compañero de vida, el presidente Nicolás Maduro. Y en esa dupla, que algunos han querido reducir a lo anecdótico o lo sentimental, se esconde una de las claves de esta etapa del proceso bolivariano: la política como acto de amor.

En tiempos de guerra no convencional, cuando el enemigo se ha presentado con sanciones, bloqueos, campañas de odio, —y ahora con bombardeos  y secuestros—, Cilia ha sido escudo y lanza. Ha estado allí, en silencio o en voz alta, en la calle o en el estrado, en la Asamblea o en la casa, pero siempre con la misma convicción: esta Revolución no se rinde.

Desde la distancia impuesta, Cilia sigue luchando con la palabra, la memoria y el amor.

 

Y ahora, cuando el imperio ha decidido secuestrarla —sí, secuestrarla, porque no hay otra palabra para describir el ultraje de arrebatar a una mujer de su tierra, de su familia, de su pueblo—, su figura se agiganta. Porque no es sólo la esposa del presidente quien está cautiva, es también la madre, la abogada, la militante, la mujer que ha dado su vida por esta causa.

Pero ni siquiera el secuestro ha podido quebrarla. Desde la distancia impuesta, sigue acompañando a su compañero. Lo acompaña con la fuerza de su palabra, con la ternura de su mirada, con la memoria compartida de tantas batallas. Porque el amor, cuando es verdadero, no necesita presencia física para ser trinchera.

Cilia Flores no es una víctima. Es una combatiente. Y como toda combatiente, sabe que la prisión no es derrota, sino prueba. Prueba de que su lucha incomoda, de que su presencia pesa, de que su ejemplo molesta. Porque en un mundo donde se espera que las mujeres callen, ella ha hablado. Donde se espera que obedezcan, ella ha liderado. Donde se espera que acompañen, ella ha comandado.

Y lo ha hecho sin perder la dulzura. Sin renunciar al gesto amoroso, al cuidado, a la complicidad. Porque si algo ha enseñado Cilia Flores es que la ternura también puede ser revolucionaria. Que el amor no es debilidad, sino fuerza. Que la lealtad no es sumisión, sino decisión.

Hoy, su ausencia física es presencia multiplicada. En cada joven que alza la voz, en cada mujer que se empodera, en cada madre que defiende a su hijo, está Cilia. Y también está en él, en su compañero, en el presidente que nunca dejó de nombrarla, de evocarla, de amarla. Porque hay amores que no se rompen con barrotes ni con decretos. Hay amores que son parte del alma de un pueblo.

Y así, mientras el imperio cree que la ha silenciado, ella sigue hablando. Desde la memoria, desde la historia, desde el amor.

NAILET ROJAS / CIUDAD CCS


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