23 de enero de 1958: El vuelo de la Vaca Sagrada

Este viernes se celebran 68 años de la caída de la última dictadura militar de Venezuela

El pueblo de Caracas libera a los presos de la dictadura.

 

22/01/26.- El mayor José Cova Rey, se hace de la aeronave con premura. Ha encendido los cuatro motores del avión Douglas C-54 Skymaster, que es conocido en el argot militar como “la vaca sagrada”.

La base aérea “La Carlota” ubicada al este de la ciudad de Caracas está en tinieblas. Son las 2:00 a. m. y es jueves 23 de enero de 1958.

Cova Rey sabe que maniobra contrarreloj, porque solo cuenta con un plazo de dos horas para sacar del país al dictador.

Así que, una vez cerradas las puertas del artefacto, deja el hangar, taxea la pista y busca la cabecera.

El mayor lo hace “al ojo por ciento” mirando desde la cabina. Las luces de balizaje nocturno no se han encendido para evitar que las baterías antiaéreas, ubicadas en las alturas del Ministerio de la Defensa, entren en acción.

También pretende evitar que sean alertados los barcos de guerra que están en posición de combate en aguas de La Guaira, entre ellos el destructor Brión.

El hasta entonces hombre fuerte de Venezuela, el General Marcos Pérez Jiménez, acorralado por la insurrección popular y demolido su respaldo en el seno de las Fuerzas Armadas, se está yendo del país, para no volver jamás.

El despegue de la Sacred Cow, (como llamaban al mismo modelo usado por Franklin Delano Roosevelt como avión presidencial) será el símbolo de la caída de la última dictadura que padeció Venezuela.

Es curiosa la historia, porque años más tarde, un 20 de diciembre de 2001, el pueblo argentino verá una imagen similar, cuando el renunciante presidente Fernando de la Rúa, abandone la Casa Rosada a bordo de un helicóptero... otro vuelo, otro fin. 

Desde principios de la década de los años 50, Pérez Jiménez encabeza un régimen dictatorial que limita las libertades públicas, políticas y que utiliza a la temible Seguridad Nacional, como fuerza de choque interna contra la disidencia militante. 

Dirigidos por “el chacal de Güiria”, Pedro Estrada, la Seguridad Nacional implementa la tortura como método sistemático de interrogatorio y la desaparición para silenciar por la fuerza a los opositores.

También aplica la detención de líderes políticos y los allanamientos de domicilios sin orden judicial, como procedimientos “normales”.

Parte de la dirigencia del partido Acción Democrática (AD): Cástor Nieves Ríos, Leonardo Ruiz Pineda, Alberto Carnevali y Antonio Pinto Salinas, y otros, se contarán luego como las víctimas más destacadas que pasaron por las manos de los torturadores y asesinos del régimen. 

Militares se sumaron al movimioento insurreccional de ese 23 de enero.

 

Palacio de gobierno

Horas antes de tomar la decisión de dejar el país, Pérez Jiménez se encuentra en el Palacio de Miraflores donde uniformados de varios rangos ocupan salas y oficinas.

Atienden llamadas telefónicas y comunicaciones vía radio de las que solo extraen noticias poco alentadoras.

La insurrección popular que empieza en Caracas, la capital, se replica en varias ciudades del interior de Venezuela.

Ni la Seguridad Nacional, ni otros cuerpos uniformados han podido acabar con las protestas.

Nos informan la presencia de brigadas de muchachos que contienen el avance de la Guardia Nacional y de la policía. A esta hora, general, sólo tenemos control de algunas zonas del centro de Caracas y los alrededores de Miraflores”, informa el ministro del Interior al dictador.

Y es que a esas horas, el pueblo caraqueño incendia la ciudad y las balas que disparan los uniformados no logran asustarlos más.

Poco menos de un año antes, en agosto de 1957 y por iniciativa del Partido Comunista de Venezuela (PCV), se organiza de manera clandestina la Junta Patriótica, una alianza de partidos políticos y líderes militares para luchar conjuntamente contra la dictadura.

Acción Democrática (AD) y la Unión Republicana Democrática (URD) se suman de inmediato, pero el partido social cristiano COPEI, lo hará meses después.

Dos días faltan para la huida del dictador. El 21 de enero de 1958, amanece con un comunicado de la junta, en el que convoca a un paro cívico nacional.

Los periódicos, también maniatados durante años, se suman al llamado y suspenden indefinidamente sus publicaciones. Únicamente circula El Heraldo de orientación pro-dictadura. Este paro, rápidamente se convierte en huelga general, bajo la dirección de los cuadros dirigentes del Partido Comunista. 

Fabricio Ojeda, héroe de la gesta popular del 23 de enero de 1958.

 

De vuelta al palacio

Para cuando Pérez Jiménez se entera de que la policía ha sido desbordada por manifestantes civiles, reclama a sus lugartenientes: “¿Y qué coño pasa en los cuarteles que no salen a la calle?”, grita, mientras golpea el escritorio de su oficina… pero está por enterarse que las Fuerzas Armadas dejaron la lealtad a su investidura.

Los buques de la Marina de Guerra, que el alto mando asumía como paralizados en aguas de La Guaira, al norte de Venezuela, a esa hora aprovisionan en Puerto Cabello municiones para sus cañones de 40 mm.

Cargan sus armas con total libertad, porque el Batallón Carabobo de Valencia no cumplió la orden, emitida por Pérez Jiménez, de ocupar las instalaciones navales.

También, le informan al dictador que el Comandante de las fuerzas navales comunicó a los buques de combate que no cumpliría las órdenes de Miraflores.

En paralelo se produce el alzamiento de la Escuela Militar de Caracas y los cadetes toman posiciones de combate en los alrededores de la instalación. 

A esas horas, todo parece posible en el tablero de las especulaciones, pero la jugada que la noche del 22 de enero de 1958 baraja Pérez Jiménez, es seducir a los comandos militares para mantenerse leales a su jefatura.

El Palacio de Miraflores, devenido en central telefónica, se empeña en contactar a los jefes de las guarniciones militares de todo el país.

El General de Brigada Luis Llovera Páez, que ese 22 de enero tiene apenas 11 días como Ministro de Relaciones Interiores de la dictadura, irrumpe en la oficina de Pérez Jiménez:

"¡Presidente! Los del cuartel Barcelona en Anzoátegui también están alzados..."

Antes que Pérez Jiménez, Rafael Pinzón un tachirense que ejerce como Secretario de la Presidencia pregunta al ministro:

"¿Eso qué significa?"

"¿Militarmente? Casi nada. Ese cuartel tiene pocos efectivos. Pero el problema es otro", dice Llovera Páez.

"¡Dígame pues!", increpa casi desde las sombras el dictador.

"Es que ese alzamiento obliga a las otras guarniciones a decidirse entre rebelde y leales ¡Es la guerra, mi general!", sentencia Llovera.

Marcos Pérez Jiménez, hombre de estrategia y combate entiende que van quedándole pocas cartas que jugar. Sentado en su escritorio, mira fijamente a la pared. Le suda la frente. Junta los dedos cerca de la boca. Piensa. Toma una profunda bocanada y retoma su postura de Jefe. Se pone de pie y levanta la voz. Ahora, ordena. Pide al edecán naval que llame a la Comandancia de la Marina:

"Dígales que quiero parlamentar y que ¡Les ordeno que vengan a Miraflores!"

El edecán se retira. Un par de minutos más tarde regresa con la respuesta...

"No es tiempo de parlamentar. Eso me dijeron, mi general".

"Insista, coño... !Llámelos, otra vez!"

"¡Entendido!", responde el edecán.

Pero la posición de los marinos es la misma. Ya no reconocen su mando.

"Déjelo así. Pásenme con la Escuela Militar. Dígales a los oficiales de ahí, que si hay algún problema que vengan a Miraflores. Hablando podemos arreglarlo", dice un Pérez Jiménez que ahora parece suplicante. 

"La respuesta es negativa, mi General", le responde.

Celebración nacional tras la caída del dictador.

 

Vuelve a sentarse en su silla, pero ya no habla. Detrás de las puertas del despacho hay un grupo nutrido de oficiales que espera órdenes de Pérez Jiménez para aplastar la conspiración.

Sólo que esperan esas órdenes de un hombre que siente su derrota respirandole en la espalda... aunque aún no se rinde y trata de ganar tiempo.

Pide al Mayor de la Aviación, José Eusebio Cova Rey que haga una ronda fugaz por los cuarteles de Caracas para conocer la situación de primera mano.

Mientras esperan, el dictador escucha las opiniones de aquellos que insisten en acabar a plomo con los insurrectos. La tratan como posibilidad real, pero no acuerdan.

El mayor regresa y las noticias tampoco ayudan:

"¡General! Los comandantes desconfían de sus subalternos y estos de los jefes. Ya ni siquiera se puede contar con la lealtad del Batallón Bolívar", dice casi exhalando las palabras.

En las calles, el pueblo dirigido por los comunistas, avanzan hacia el palacio de gobierno, enfrentándose a los batallones que resguardan el perímetro.

Pérez Jiménez vuelve a un silencio oscuro, ahora sí sabe que la partida ha terminado.

Sus adversarios políticos, a quienes no pudo dominar con las balas y la tortura, lo acorralan.

Piensa en salir del país, quedarse sólo le augura una celda, quizá parecida a esas a donde envió a sus enemigos. 

¡Huye!

Todos los oficiales que cerca de la medianoche del 22 de enero le pedían autorización para caerle a balazos a las protestas, se han esfumado del Palacio de Miraflores.

Junto con un pequeño grupo de leales elabora un veloz plan de fuga. Pide aprovisionar un barco, para salir a una isla del caribe, pero es imposible.

Le recuerdan que el destructor Brión domina las aguas por las costas de La Guaira y es entonces, cuando la opción del avión se convierte en la única posibilidad de escape.

Será el mayor Cova Rey quien negocie el plazo de dos horas para que el dictador busque a su familia, aprovisione dinero que hay en su despacho y emprenda ruta hacia Santo Domingo, donde otro dictador, Rafael Leonidas Trujillo, le permitirá aterrizar sin inconvenientes. 

La Vaca Sagrada, exhibid en el Museo Aeronáutico de Maracay.

 

Poco después del despegue del “7-ATT” (siglas oficiales del avión presidencial) irrumpe en la radio la voz victoriosa de Fabricio Ojeda y es entonces cuando el país entero conoce al hombre que, desde la clandestinidad, presidió la Junta Patriótica y dirigió la heroica y victoriosa insurrección del pueblo y de sectores de las Fuerzas Armadas.

Aupados por Ojeda el pueblo ocupa edificios gubernamentales, son liberados los presos políticos y se enfrentan militarmente a los reductos del régimen que cubren el escape del dictador.

Pocas horas más tarde, una vez disminuidos los “representantes” de la dictadura, se rinden y entregan el Palacio de Miraflores a una nueva Junta de Gobierno, presidida por Wolfgang Larrazábal.

La historia suele mostrar algunas crueldades: el Partido Comunista, que dirigió la épica campaña, será borrado luego por la historiografía oficial impuesta por los que usurparon la victoria del pueblo.

Con los años, se enseñará en las escuelas un relato donde los comunistas no aparecen ni de casualidad.

Pero aún estamos en las calles de Caracas el 23 de enero de 1958 y la derrota de la dictadura se convierte en noticia mundial.

Y entonces emprenden el retorno al país dirigentes políticos que estuvieron en el exilio, donde se convirtieron en los favoritos de Washington.

Un grupo de dirigentes de derecha a los que se conocía como firmantes del “Pacto de Nueva York” (Rafael Caldera, Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba) y que poco después constituirían el “Pacto de Punto Fijo”.

De vuelta en Venezuela, celebran como triunfadores. Una nueva forma de dictadura se impondrá entonces... pero esa historia también la conocemos.

ERNESTO J. NAVARRO / CIUDAD CCS


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