Letra fría | La otra cara de la muerte
23/01/2026.- No quería dejar la puerta abierta a malentendidos o lecturas entre líneas —ya sean bienintencionadas o maliciosas— sobre mis reflexiones tituladas "Muerte anunciada y seductora", el relato de mi emergencia de fin de año publicado la semana pasada. Sobre la muerte, creo, como los guajiros, que nacer es comenzar a morir; que la vida es un continuum de la muerte. Hasta la inteligencia artificial "ha metido la cuchareta", sugiriendo que la vida y la muerte no son opuestos, sino partes inseparables de un ciclo o proceso continuo. Desde perspectivas filosóficas, religiosas (como el budismo) y existenciales, la muerte no es un final absoluto, sino una transformación o transición que enfatiza la "impermanencia" y la continuidad de la existencia. Es una idea que nos invita a ver la vida y la muerte entrelazadas, como una fase natural de la existencia, donde una define a la otra.
En cualquier caso, no es uno de mis temas favoritos, salvo cuando ronda mis alrededores y se lleva a mis amigos, familiares —aunque somos tan poquitos que nos da chance de creernos longevos— u otros seres queridos. Además, resulta medio "pavoso" estar recordando a esa señora. Aun así, al pasar la mañana del último día del año en una emergencia, recibiendo esteroides por la vena, y el penúltimo, ahogado entre "pitos y flautas" (esos sonidos casi metálicos en la nariz), sin dormir y sin comer, era presumible pensar que la vaina estuvo ahí cerquita.
Lo de la "seducción" no tuvo nada que ver con pensamientos suicidas, ni con el colmo de un poeta enamorado que desea poseer también a la muerte. Creo que hubo algo de esos delirios —no tremens— que traen consigo los días sin sueño ni alimento. Es un buen cóctel sin alcohol para ver la otra cara del final.
"La muerte seductora" es un concepto artístico y filosófico que explora la atracción hacia la idea del fin. Se manifiesta en obras literarias (como la poesía de Neruda o los cuentos de Poe sobre mujeres hermosas que mueren), en el cine (cortometrajes y películas) y en la música (el cuarteto La muerte y la doncella de Franz Schubert). Incluso se observa en la veneración de figuras como la Santa Muerte en México, donde se personifica de forma atractiva y poderosa para pedir favores, sugiriendo una fascinación por lo desconocido y la liberación que se asocia a menudo con el final de la vida. No me pregunten de dónde saqué eso. Entre delirios y olvidos, no recuerdo en qué parte de internet lo leí, pero me pareció adecuado para lo que venimos hablando...
Igualmente de adecuada me pareció esta cita junguiana, aunque tampoco me pregunten dónde la hallé. Jung sentía que era "deseable pensar en la muerte solo como una transición, como parte de un proceso vital cuya extensión y duración están más allá de nuestro conocimiento". Si bien reconoció que "la muerte es el fin del hombre empírico", también la consideró como "la meta del hombre espiritual" y la "realización del significado de la vida", como "parte integral de la vida". Para él, la muerte "es psicológicamente tan importante como el nacimiento" y es la palabra que usamos para referirnos al "momento en que la conciencia se hunde de nuevo en la oscuridad de la que emergió originalmente". La consideraba "un logro, una fruta madura en el árbol de la vida... una meta por la que se ha vivido y trabajado inconscientemente durante media vida".
Todo esto era para decir que, después de esta experiencia, ahora sí creo que me faltan entre veinticinco y treinta años para cerrar el ciclo o, como diría Jung, para completar la transición. Aprovecho para reiterar mi petición de ser velado en la Vallés —si de aquí allá todavía existe—, porque La Guairita queda muy lejos para mis amigos. Ya pasó más de una vez que algunos no fueron a un velorio por esa lejanía.
Yo me quise entregar, pero me da la impresión de que ella, como toda mujer, es muy orgullosa. Solo le faltó decirme: "¡No es cuando tú digas, es cuando yo diga!". Y yo, obedientemente, esperaré tranquilo para obedecer.
¡Sal de ese cuerpo, Pelona!
Schubert y el consuelo del final
Sospecho que Schubert, muy enamoradizo, también quería "rasparse" a la muerte, a lo mejor para pegarle su enfermedad venérea. En su tiempo (el siglo XIX), la preocupación por la muerte estaba muy de moda. El movimiento romántico en la música, el teatro, el arte y la literatura abrazó la idea de la muerte como algo trascendente y satisfactorio en lugar de temible. La ciencia médica estaba en pañales y la única cura real para muchas enfermedades era el final de la vida. La muerte era suave; era paz; era el fin del sufrimiento.
Desde este punto de vista, la fascinación de Franz Schubert no era inusual. En marzo de 1824, tras soportar los síntomas de la sífilis durante casi dos años, escribió: "Cada noche, cuando me voy a dormir, espero no despertarme nunca más, y cada mañana solo sirve para recordar la miseria del día anterior".
Su Cuarteto n.º 14 en re menor toma su nombre del lied Der Tod und das Mädchen (D. 531), una adaptación del poema de Matthias Claudius que Schubert escribió en 1817. El tema de la canción constituye la base del segundo movimiento del cuarteto: una sentencia que acompaña al terror y al consuelo de morir.
La Doncella:
Déjame, ¡ay!, déjame. / ¡Vete, feroz esqueleto! / ¡Soy joven aún! ¡Vete, querido! / ¡No me toques!
La Muerte:
Dame tu mano, hermosa y tierna criatura. / Soy tu amiga y no vengo para apenarte. / ¡Ten valor! No soy cruel. / Vas a dormir dulcemente en mis brazos.
¡Llévatela, Mandinga!
Humberto Márquez
