Crónicas y delirios | 23 de Enero de 1958
Caída del general Pérez Jiménez
23/01/2026.- Tengo 15 años, pero ya poseo, debido a mis padres, clara conciencia de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, que en 1947, junto con otros militares, le arrebató el poder a don Rómulo Gallegos, maestro, escritor y civil electo por el pueblo en libres comicios y de quien he leído su novela Doña Bárbara (antes de esa obra me gustó mucho Fiebre, de Miguel Otero Silva; tal vez en un futuro yo también me dedique a escribir).
El gobierno de Pérez Jiménez persigue a sus opositores, sobre todo si son adecos y comunistas. Ya muchos han muerto a manos de la Seguridad Nacional, policía política del régimen que dirige un sanguinario llamado Pedro Estrada; otros fueron al exilio y gran cantidad terminó en la cárcel Modelo o en Guasina, una isla de torturas situada en el Delta del Orinoco.
Hoy es 21 de enero del año 1958; estoy con mi padre y mi hermano de 12 años preparándonos en nuestro pequeño apartamento detrás de Plaza Venezuela para asistir a una gran concentración en el centro de Caracas, atendiendo el llamado de la Junta Patriótica que dirige las acciones contra la dictadura. En eso, tocan la puerta a golpes y gritos: “¡Abran inmediatamente, es la Seguridad Nacional!”. Tres hombres de edad mediana e idénticos a la imagen que tenemos de los esbirros, preguntan por Francisco José Delgado. “Soy yo”, responde mi padre altivamente.
—Entonces, vístete rápido, pues vas preso por enemigo del Gobierno, ordena el que parece jefe de los demás. Y mientras mi padre se arregla con toda calma, quizás para retarlos, los esbirros registran y escarban todo; y en afán de indicios comprometedores encuentran un recibo que dice Señor Kotepa Delgado. Como si se tratara de un gran hallazgo, el esbirro-jefe me pregunta y repite: “¿Quién es Kotepa Delgado?, ¿quién es Kotepa Delgado?”. Y como yo permanezco mudo, desenfunda su revólver y, poniéndoselo en la sien a mi hermano Franzel, grita: “¿Me lo vas a decir o no?”.
—¡Francisco José y Kotepa son la misma persona! —le aclaro después de cinco segundos de pánico y así el tipo pudo calmarse.
Mi padre, luego de su tardanza, casi ordena a los seguranales: “¡Ya estoy listo, vamos!”, y nosotros lo alentamos como en drama ruso que vimos por televisión: “¡Papá, pórtese como todo un hombre!”. Al enterarse, mi madre sale atropelladamente del trabajo y, junto con un colega de labores, me busca para ir a la céntrica iglesia de Santa Teresa, donde las campanadas anunciarán el inicio huelgario. Llegamos en autobús hasta cerca de la plaza Diego Ibarra, y de ahí no podemos pasar porque una nutrida manifestación grita consignas antigobierno, rodeada a su vez por un numeroso grupo de efectivos policiales y de la Seguridad Nacional.
Repentinamente, los sicarios empiezan a disparar sin discriminación alguna contra la multitud. Observamos, aterrorizados, cómo caen las víctimas una tras otra, y cómo los feroces asesinos no cesan en la matanza. Por fortuna, logramos escapar de la metralla y devolvernos a pie hasta la casa, pues no hay transporte público ni vehículos circulando. Luego nos enteramos de que el saldo de la mortandad asciende a 300 víctimas.
Toda la ciudad se paraliza, los rumores cobran fuerza, el temor cunde. Por su parte, Kotepa es arrojado a los sótanos del presidio; hay allí muchos detenidos de última hora por causa del nerviosismo de los gendarmes que ahora circulan por los pasadizos y amenazan con disparar sus ametralladoras contra quienes están entre rejas. Se escuchan, afuera, descargas de artillería y rugido de aviones; desde el edificio responden fuegos sin continuidad.
Los presos se amotinan y destruyen los cerrojos; se esparce la buena noticia de la caída del gobierno. El pueblo, cercando la mazmorra, aguarda por el embate definitivo del ejército insurrecto y trata de reconocer a los esbirros que disimuladamente pretenden el escape, para allí mismo lincharlos. Cuatro o cinco que salen, mezclados entre los presos, mueren por venganza de la masa.
Kotepa franquea las puertas y, como no está barbudo porque tiene escasos días de detención, lo confunden con un esbirro y empiezan a aniquilarlo. Cuando únicamente espera la fatalidad de la muerte, un amigo recién liberado grita: “¡Basta, déjenlo ya, es de los nuestros, es el periodista Kotepa Delgado!”. Y ante la angustiosa intervención, los linchadores rápidamente lo sueltan y comienzan a gritar: “¡Entonces, que viva, que vivaaaa Kotepa Delgado!”.
(Cuentan que en la mañana del 23 de enero, un temeroso Pérez Jiménez le expresó a su ayudante: “¡Me voy de aquí porque cabeza cortada no retoña!”, y huyó en la aeronave presidencial junto con la familia y un grupo de colaboradores. No olvidó, sin embargo, su botín de 500 millones de dólares. Lo sustituyó una Junta Cívico Militar presidida por el vicealmirante Wolfgang Larrazábal, que pronto convocaría a elecciones).
Igor Delgado Senior
