Aquí les cuento | El Gabán Tacateño

A la brava no.

Si quieren petróleo,

nosotros se los vendemos.

Que traigan los cobres,

que se olviden de las bombas y los cañones.

 

Clara

 

23/01/2026.-

—Sí. Yo tendría como doce años cuando me mudé a Caracas. Ahí llegamos a la calle catorce de los Jardines de El Valle. Llevo años (fíjese que ya tengo setenta) viviendo en la capital. Ahí tuve a mis cuatro hijas y mis tres varones. Todos me salieron buenos muchachos y formaron familia en el mismo sector de Los Jardines de ese barrio, que también se llama El Valle, como nuestro pueblo...

Bueno, le decía que ahí llegué jovencita y desde esa época me llamaron la atención los bailes del joropo mirandino, tuyero, aragüeño y central. Conocí a todos esos intérpretes que se hicieron famosos en Venezuela. Recuerdo al joven Calzadilla, Pancho Prim y a su hijo, Panchito, también cantador, y al Negro Silvino Armas, ¡caramba!, ni se diga. A Margarito Aristeguieta, al Gabán... Todos ellos murieron, pero dejaron una gran escuela. Hoy queda entre nosotros un gran maestro, al que llaman el Poeta, Mario Díaz.

El baile del joropo central se ha cubierto de un gran reconocimiento por el hecho de que son dos los músicos que se montan en la escena: el cantor, que toca las maracas, y el arpista... pero el joropo se toca con las maracas, con guitarra, otros con cuatro y maraca... Mira que eso suena tan sabroso que la gente no cesa de bailar toda la tarde y la noche.

Generalmente, los bailes se hacen los fines de semana, entre viernes y sábado, para que la gente se despeje el domingo por la mañana y le dé tiempo de descansar antes de pegarse al trabajo y atender sus responsabilidades el lunes temprano.

El Gabán se nos fue el fin de año pasado. Mira que eso me dio un gran dolor en el corazón, porque cómo quería yo a ese hombre… Recuerdo que era un gran artista, igual que todos. Una se hacía amiga de ellos y te nombraban en pleno baile y una se sentía feliz y reconocida como bailadora de joropo. Además, desde el baile que estábamos gozando, se convocaba para la otra semana, donde estaría el Gabán o cualquiera de los otros cantadores. A veces, se unían dos, tres y hasta cuatro de los más importantes joroperos a cantar y nosotras bailábamos toda la noche. No hacía nada de daño tomarse unas cervecitas, porque se sudaba sabroso y eso le servía a una para hidratarse solamente.

Bueno, el Gabán tenía un programa de radio en Radio Nacional y desde ahí nos mandaba saludos los domingos. Me enteré de que un muchacho cantor de los nuevos tiene ahora el espacio en la radio para que no se pierda la difusión de esta manifestación, ahora que el Gabán se nos fue.

Considero que es el tiempo de que la gente vaya a sumarse al baile de joropo. Nacen cada día nuevos cantores y músicos. Miren esa forma de tocar el arpa en el golpe tuyero, mirandino o aragüeño. ¡Eso es magia pura!

El maestro Mario Díaz tiene sobre sus hombros la gran tarea de seguir haciendo lo que ha hecho durante más de cincuenta años, cantar y componer. Mario Díaz, el Poeta, es un señor reconocido por todos nosotros como un valor. Es un hombre que vale lo que pesa en diamante, será… o mejor, en miel de rubita, que es la más dulce de todas.

Ahora, dígame usted, la hija de Mario Díaz, que mientan Marianny, ella canta más sabroso que muchas de esas cantantes fabricadas de plástico, que venden en las redes sociales y llenan estadios con entradas costosísimas.

Esta muchacha, además de tener muy buena voz, tiene una presencia que deja a la gente con la bocota abierta, sobre todo a los hombres que les gusta el joropo. ¡Caramba! Llena el oído y hace suspirar cuando empieza a cantar esas canciones. Dígame cuando canta El cazador. Más de uno quisiera estar en la mira de su escopeta para que ella lo cazara y se lo comiera con topocho sancochao...

Yo me vine a Caracas con el Negro, justamente la última quincena de diciembre, para hacer las hallacas con mi hija y aprovechar visitar la tumba del Gabán en el cementerio para llevarle unas florecitas, y, bueno, estaba muy metida en eso... Pasamos la Navidad contentos en El Valle. Todo estaba tranquilo.

Yo tenía pensado venirme, por ahí, el cinco de enero, pero, ¡ay, mi madre!, llegaron los malos y empezaron a matarnos los sueños, a eso de la una y media de la madrugada del sábado 3 de enero de este año 2026.

Hay que decirlo todo y muy claro. Ellos llegaron montados en esos aparatos y se quedaron ahí sobre nosotros, del lado donde queda la casa de mi hija, ahí en la calle catorce. Ahí se quedaron suspendidos y empezaron a tirar sus cohetes contra esos muchachos y muchachas que estaban dormidos en Conejo Blanco... porque aún nosotros llamamos así al Fuerte Tiuna...

Aquellas explosiones causaron terror y ellos disparaban desde ahí, sobre nuestras cabezas. Nos utilizaban a nosotros como escudo. Mira que si desde el Fuerte les hubieran respondido, nos hubieran volado nuestros mismos soldados.

Por ello, los cobardes invasores llegaron y se posaron sobre el barrio, para que los nuestros no tiraran en respuesta. ¡Mire que la mortandad hubiera sido enorme!

Bueno, se llevaron a Maduro y a Cilia, pero no se van a quedar con ellos. Estos grandes carajos tienen que regresarlos y pagar todo el daño que nos hicieron. Aunque los muchachos y muchachas que asesinaron estos cobardes gringos no tienen precio. Ellos tendrán que reparar todo el daño que nos hicieron y además identizar... imnbeditsar... ¿Cómo es que se dice?

—Indemnizar.

—¡Gracias! ¡Eso, eso, eso! Ellos no saben que los venezolanos no nos ablandamos con chamiza... Bueno, vaya a busca a la muchachita, que la maestra debe esta vuelta loca esperando en la escuela.

—¡Carajo, si son las doce! ¡Es verdad! Mañana regreso para que me termine el cuento. ¡Gracias, doña Clara!

 

Aquiles Silva


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