Templanza económica | Venezuela y la disputa civilizatoria

Patria es aquella porción de la humanidad que vemos más cerca, y en [el lugar] que nos tocó nacer.

José Martí, 1896

22/01/2026.- La agresión contra Venezuela, con el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y la diputada Cilia Flores, es una manifestación concreta de la fragmentación que define este "tercer orden mundial" de posguerra. Representa el forcejeo del orden unipolar contra el naciente mundo multipolar. Este nuevo patrón macroeconómico global está marcado por Estados Unidos redefiniendo violentamente sus relaciones geoeconómicas desde lo que llama "su" hemisferio.

Este caótico sistema trae aparejado otro evento definitorio: la sustitución de los organismos multilaterales surgidos tras la Segunda Guerra Mundial. Me refiero al comité por la paz en Gaza, creado para coadministrar ese territorio con evidentes fines mercantiles por encima del pueblo palestino, que son los legítimos dueños. A esta iniciativa están convidados Israel, Rusia, Francia y Estados Unidos como coordinador. Además, Trump ha ordenado el retiro de su país de 66 agencias de la ONU, tal como antes abandonó la Unesco y el Acuerdo de París. Este personaje, que ignora los tratados de no proliferación nuclear, afirma arrogantemente que Estados Unidos hace mejor papel que las Naciones Unidas.

Esa actitud esquizoide ha calado en algunas personas nacidas en Venezuela, que llegaron a celebrar la vulneración de su patria, su "expatria", probablemente. Uno se pregunta por los motivos de esa migración. Muchos partieron buscando algo más que bienestar económico; fueron, en la medida de sus posibilidades, a refugiarse en las fronteras de otras formas de vida. Fueron a codearse con otra parte de la humanidad, no la del concepto de patria del apóstol cubano, una muy alejada de cómo concebimos nuestro destino compartido, solidario. Desde este momento histórico nos ubicamos en el borde de la frontera civilizatoria. De un lado, quienes ensanchan los predios de la inclusión hacia un destino compartido; del otro, quienes se amparan en la máscara decadente del destino manifiesto. La guía de unos es la esperanza y la lógica del ganar-ganar; la fachada de los otros, la ideología de la arrogancia, el racismo, la exclusión y el saqueo.

Así, la última frontera de este cambio de época se ubica en el Caribe. En esa línea, Nicolás Maduro ejerce una nueva forma de resistencia pacífica, conectado con una amalgama heterogénea de pueblo movilizado en calles de todo el planeta. Confronta a la punta de lanza del mundo unipolar: el ejército norteamericano y el dólar, que cavan trincheras de un expansionismo tan viejo como desesperado para desordenar el tablero global. Combate sin armas convencionales en el forcejeo final de un orden gobernado por la fuerza, que se rompe ante el avance inexorable de las instituciones pluripolares y multicéntricas avistadas por el comandante Chávez.

Permítanme intentar enumerar los signos contrastantes de ambas posiciones: la decadencia unipolar versus el mundo pluripolar emergente, y el lugar de Venezuela en esta disputa civilizatoria.

La decadencia unipolar

El elemento central es el pánico ante la pérdida de la hegemonía absoluta. El breve "momento unipolar" (1989-2018), donde el poder de EE. UU. era incuestionable, cede ante un escenario de competencia entre grandes bloques. La desesperación por perder el monopolio geopolítico despierta las fuerzas de la confrontación bélica. Es evidente la erosión del llamado poder blando: las instancias multilaterales se muestran impotentes para detener la masacre en Gaza, la expansión de la OTAN, las medidas coercitivas unilaterales o el propio secuestro presidencial en Caracas. Apelar al derecho internacional, pilar del orden previo, parece un ejercicio fútil. Este declive se acelera con políticas exteriores agresivas que recurren a la fuerza militar cuando fallan las herramientas económicas.

La explicación, sin embargo, va más allá de la arrogancia. Es un proceso estructural con bases económicas resquebrajadas. La desdolarización, aunque gradual, es inexorable. El dólar se usa aún en un 60% del comercio mundial, pero emergen alternativas que apuntan a un sistema monetario multipolar. Los bancos centrales diversifican sus reservas, sustituyendo dólares por una cesta de monedas y oro. Surgen infraestructuras financieras paralelas, como el sistema chino CIPS, que reducen la eficacia de las sanciones unilaterales y crean canales alternativos.

Estas no son respuestas caprichosas, sino reacciones a un declive industrial y financiero interno. En su embriaguez hegemónica, Estados Unidos no percibió su propia desindustrialización, un proceso que la regionalización emergente ha aprovechado. Además, abusó de los privilegios otorgados al dólar en 1944, construyendo una economía sobrefinanciarizada con una deuda pública que supera su PIB. El déficit fiscal crónico es el síntoma de un modelo agotado.

Ante esta debilidad estructural, la respuesta es la recurrencia al poder militar y la coerción. Se reactiva el "complejo militar-industrial" y su red global de bases para proyectar una fuerza que ya no se sustenta en la economía. La diplomacia se militariza, se rompen tratados de control armamentístico y se ejecutan acciones desproporcionadas que son "manotazos" de un poder acorralado.

Un mundo pluripolar emergente

Frente a lo anterior, el “tercer orden mundial” se caracteriza por la distribución multicéntrica del poder. El sistema internacional ya no tiene un solo polo, sino varios centros de influencia. El eje económico y productivo se desplaza hacia la región Asia-Pacífico, con China a la cabeza. Paralelamente, se fortalecen instituciones alternativas como los Brics y su Nuevo Banco de Desarrollo, que ofrecen vías de cooperación con criterios distintos a los occidentales.

Estas alianzas han evolucionado de agrupaciones económicas a plataformas geopolíticas integrales. Promueven el comercio en monedas locales, desarrollan sistemas de pago propios y fomentan una conectividad estratégica Sur-Sur. Su reciente expansión, sumando a países como Egipto, Etiopía, Irán y los Emiratos Árabes Unidos, refleja su atractivo como proyecto colectivo. Más significativo aún es el paso hacia una coordinación estratégica, materializada en ejercicios como las maniobras navales conjuntas de miembros del Brics, que muestran una voluntad de defender colectivamente la autodeterminación. La plena incorporación de Venezuela es una materia pendiente que exige reflexión.

Este mundo naciente se guía por una lógica de soberanía y cooperación, en contraste con la coerción unipolar. Su arquitectura es el sustento tangible del "destino compartido" y la resistencia pacífica.

Venezuela, territorio en disputa civilizatoria

En este gran choque, Venezuela no es un campo de batalla pasivo, sino el laboratorio vivo donde se forjan los pilares del nuevo paradigma. Su resistencia interna es multifacética y activa. Prueba contundente es la respuesta ordenada del pueblo movilizado, verdadera base de un Estado soberano, ante el ataque con los misiles asesinos del imperio decadente y las gestiones apátridas de la derecha más recalcitrante y entreguista.

Primero, ha construido una arquitectura de pueblo organizado con alcance en cada calle del país. La economía soberana le sigue como factor decisivo. Mientras, se impulsa la recuperación productiva, diversificando la industria, con índices de crecimiento sostenido en una vitalidad social que brota a pesar del bloqueo.

Segundo, ejerce una diplomacia de los pueblos solidaria, como eje de la conectividad Sur-Sur. A través de Petrocaribe y otros acuerdos, en este momento seriamente amenazados por la piratería del señor Trump, los hidrocarburos son un instrumento de intercambio civilizatorio, por servicios, cooperación y un proyecto político compartido con Cuba y el Caribe. Alianzas estratégicas con China, Rusia e Irán han proporcionado financiamiento, tecnología y un paraguas de seguridad antiaérea en revisión para corregir los daños del ataque artero.

Tercero, una fortaleza institucional y una "diplomacia de paz" activa. Tras la agresión, el Estado respondió denunciando la violación de la Carta de la ONU. Frente a la incertidumbre, la presidenta encargada llamó a la unidad nacional y la paciencia estratégica como base de la resistencia. Y encontró legitimidad en el Sur Global, desde Turquía e Irán hasta Brasil, Colombia y México, países que rechazaron el intervencionismo. Pero lo más valioso ha sido el rechazo global del pueblo consciente en las principales ciudades del mundo.

En cada iniciativa de cooperación, en cada emprendimiento que surge del bloqueo, en cada alianza Sur-Sur que se fortalece, Venezuela está levantando, ladrillo a ladrillo, los cimientos del mundo pluripolar. Su lucha encarna la contradicción fundamental de nuestra época: no es solo por petróleo o poder, sino por cuáles principios, el saqueo y la coerción, o la cooperación y la soberanía, se gobernarán las relaciones entre las naciones. Desde la trinchera caribeña, se delinea con hechos el derecho de los pueblos a modelar su propio destino. Por ello, la agresión imperial, destruyendo infraestructura civil, científica y médica, asesinando compatriotas, no es casual. Las acciones del genocida Trump no obedecen solo al control de la mayor reserva de hidrocarburos; son las patadas de ahogado de un imperio decadente y desesperado. La figura de Nicolás Maduro Moros personifica la resistencia de los pueblos del Sur Global ante un mundo guiado por la inclusión y el pluralismo a imponerse ante el mundo gobernado mediante la violencia.

Marcial Arenas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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