Pluma acústica | Tite Curet Alonso:
El arquitecto narrativo de la salsa
22/01/2026.- Hablar de Catalino “Tite” Curet Alonso no es echar un cuento cualquiera; es hablar del arquitecto narrativo de la salsa, del tipo que le puso alma y letra a la rumba cuando el género se estaba cocinando en los barrios de Nueva York y el Caribe. Tite no era un simple compositor de “hits”; era un cronista, un poeta de la acera que, con una pluma afilada y el oído puesto en la esquina, transformó las vivencias del negro, del obrero y del marginado en himnos inmortales. Si la salsa es la banda sonora del barrio, fue él quien escribió el guión y le dio la identidad.

La verdadera historia de la música no siempre es la que dictan las listas de éxitos, sino la que sobrevive en la memoria del pueblo. En un mundo musical, que a veces se pierde en lo comercial, Tite se mantuvo fiel a la raíz. No era un tipo de poses. Su lenguaje no era rebuscado, pero tenía una profundidad extraordinaria. Sin embargo, la relación de Tite Curet con Fania Records, liderada por Jerry Masucci, es uno de los capítulos más amargos de la historia de nuestra música.
De enviar cartas a escribir canciones
Tite nació en Guayama, Puerto Rico, el 12 de febrero de 1926, y se crió en el Barrio Obrero de Santurce. Esa crianza fue su universidad. Trabajó por años en el Servicio Postal, cargando cartas y realidades ajenas, lo que quizás le dio esa visión tan humana de la vida. No fue un músico de conservatorio, sino un cronista de la realidad social. Ese trabajo como empleado postal y, luego, su formación como periodista le dieron una perspectiva única: Tite no solo escribía canciones, enviaba mensajes sonoros a millones de destinatarios.
La magnitud de su trabajo es abrumadora, con más de 2.000 composiciones que abarcan salsa, bolero y folclor puertorriqueño. Sus letras abordan desde la dignidad de la raza negra hasta la resistencia indígena y la crítica social. La mayoría de los clásicos salseros que podemos recordar pertenecen a su autoría. Fue un héroe casi anónimo, el salvavidas creativo de Fania Records.
Tite tenía un don que pocos poseen: la capacidad de escribir por encargo. No escribía canciones genéricas; él hacía “trajes a la medida”. No le daba cualquier canción a cualquier cantante. Era un psicólogo del ritmo. Sabía qué fibra tocar para que el intérprete no solo cantara, sino que soltara el alma.
Mientras, La Lupe encontró en temas como La tirana y Puro teatro el vehículo perfecto para su histrionismo; a Cheo Feliciano le devolvió la vida con Anacaona, dándole al tema ese aire de elegancia y barrio que solo Cheo podía transmitir; a Ismael Rivera le puso en la boca la dignidad racial con Las caras lindas, y a Héctor Lavoe le entregó su propia profecía con Periódico de ayer. Por citar solo algunos ejemplos muy conocidos.

La Fania y la salsa como negocio
Aquí es donde la cosa se pone pesada. Aunque Fania Records fue la plataforma que proyectó estas canciones por todo el planeta, la relación con Tite, y con muchos otros artistas, tuvo un tinte de injusticia que todavía hoy deja un sabor a vinagre. La compensación económica y el trato legal no estuvieron a la altura de su genialidad.
Al igual que muchos artistas de la época, Tite firmó contratos de exclusividad y cesión de derechos por cuatro lochas. Él, un hombre humilde, que lo que quería era ver su música rodando por todos lados, terminó atrapado en un esquema donde la disquera Fania Records se quedaba con el lomito de las regalías, mientras utilizaban su talento, incluso, para rescatar orquestas que estaban perdiendo popularidad.
La Fania hizo millones con el catálogo de Tite, pero su trato hacia él nunca fue el de un socio estratégico, sino el de un proveedor de contenido. Se le pagaba por canción, pero no se le protegía el futuro. Lo trataron, según, como un “empleado de lujo”, en lugar de reconocerlo como el coautor intelectual del fenómeno cultural que ellos comercializaban.

Resulta irónico que el hombre que escribió Juan albañil, que habla sobre el obrero que construye edificios donde no puede vivir, terminara siendo víctima de su propia lírica. Construyó el imperio de la salsa y murió sin que ese imperio le garantizara una vejez digna.
El silencio forzado
Lo más triste no fue la plata, sino el silencio. La falta de claridad en los contratos originales entre Fania Records y otras disqueras llevó a una guerra legal devastadora. En los años 90, la Asociación de Compositores y Editores de Música Latinoamericana reclamó los derechos de las canciones, lo que provocó que la música de Tite fuese prohibida en las radios de Puerto Rico por casi 15 años. Esto no solo lo afectó económicamente, sino que lo hirió profundamente al ver su obra silenciada en su propia tierra.
Pero, como lo que es del pueblo vuelve al pueblo, su obra nunca murió. A pesar de que la industria le dio la espalda, el pueblo nunca lo hizo. La gente se encargó de mantener viva esa música que el negocio quería engavetar. Esa es la verdadera justicia para el gran Tite Curet: que en cada esquina de San Juan, de Cali o de Caracas, se siga escuchando un tambor poeta nacido de su pluma.
Mientras la Fania se vendía como un imperio de “leyendas”, el hombre que escribió esas leyendas murió en 2003 en Baltimore, sin ver un centavo de muchísimas de sus regalías y viendo cómo su obra estaba “secuestrada legalmente”.

Tite Curet Alonso fue el corazón de la salsa y, aunque la industria intentó cobrarle la entrada a su propia fiesta, su obra es patrimonio de la calle, y eso no hay contrato que lo pueda amarrar.
Kike Gavilán
