Micromentarios | Ver y tocar el petróleo

20/01/2026.- Hace más de cuarenta años, hice una encuesta entre aquellas personas con las que me topaba, bien fuera en la calle o en los lugares a los que me dirigía.

Dicha encuesta solo constaba de una pregunta:

—¿Alguna vez usted ha visto el petróleo de cerca o lo ha tocado?

Recuerdo haber encuestado a más de cien individuos, mujeres y hombres, y haber recibido una unánime respuesta:

—No.

Hubo quienes agregaron preguntas o comentarios:

—¿De dónde voy a sacar petróleo para verlo o tocarlo?

—El petróleo es subterráneo y no puede verse.

—Ver el petróleo es absurdo: lo sacan de la tierra y ahí mismo lo envasan. Más absurdo es tocarlo. ¿A quién se le ocurre tal cosa?

A mí se me había ocurrido años antes tener ambas sensaciones, habida cuenta de que el petróleo era —y sigue siendo— nuestro principal producto de exportación, el elemento de vanguardia de nuestra economía.

Como venezolano, quise entrar en contacto con esa sustancia aceitosa, gracias a la cual mi país recibía los recursos económicos necesarios para el desarrollo de la vida cotidiana de todos los nacidos en él.

Por esos días, tuve una novia en Maturín, cuyo padre trabajaba en la industria petrolera y fue a él a quien expuse mi idea. Además, le pedí el favor de que me ayudara a tener tal experiencia.

Dos días después, nos trasladamos a Punta de Mata, en el mismo estado Monagas, a cuyas afueras había varios pozos en funcionamiento.

Aparte de ver por primera vez un balancín a menos de un metro —había observado varios a la distancia—, hizo posible mi peculiar deseo. Descorrió un tornillo enorme de una tubería y de esta brotó un fluido lento, espeso, negrísimo y oleaginoso.

Estiré mi mano derecha y, como si me embadurnara con algo sagrado, agarré aquel caldo y lo froté entre los dedos y la palma. Me cuidé mucho de no embadurnar la otra mano para poder abrir la puerta del carro a la hora del regreso.

La sensación me resultó hermosa, incluso poética, dado que me relacionó con algo que nació cientos de millones de años antes que mi primer antepasado. Para mí, el contacto viscoso que experimenté fue una especie de viaje en el tiempo, a momentos en los cuales los humanos no estábamos ni siquiera en los planes de la vida en el planeta.

Al retorno, pasé un largo rato lavándome la mano varias veces con gasolina y luego con jabón en polvo, hasta dejarla enteramente limpia.

Con total sinceridad, puedo decir que, desde entonces, amé el petróleo, pues me di cuenta de que a él le debía mis condiciones de vida e incluso la satisfacción de mis deseos y caprichos.

En los últimos días, he pensado que la mayoría de mis compatriotas —en especial, los niños y las niñas— debería conocerlo a quemarropa, igual que yo, para profundizar, en vivo y en directo, la relación que los venezolanos tenemos con él.

Estoy seguro de que dedicar algunos miles de barriles para que todos mis compatriotas tengan esa experiencia no debe ser muy costoso. Tal cantidad se distribuiría entre colegios públicos y privados, en universidades, casas de cultura, ateneos, comunas y plazas Bolívar.

De este modo, quienes perciben el petróleo como algo ajeno, algo lejano, podrán sentirlo suyo y se darán cuenta de que es real y que gracias a él, estamos en condiciones de seguir construyendo la sociedad que la mayoría de los venezolanos deseamos. Además, estoy seguro de que el petróleo dejaría de ser algo abstracto y pasaría a formar parte indisoluble de nuestra identidad nacional.

 

Armando José Sequera


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