Vitrina de nimiedades | El falso termómetro de la paz
17/01/2026.- En torno a los premios hay un consenso casi universal: por más que los critiquemos, siempre serán considerados un medidor de calidad o, al menos, de popularidad. Incluso en los casos donde se cuestiona la seriedad de un galardón, se termina imponiendo esa idea de selectividad que tanto atrae a la opinión pública, sin importar el impacto real. Así, sigue bajo la bruma una realidad que miramos de soslayo: ser premiado es más bien el resultado de las circunstancias, de la conveniencia, de la honestidad e intereses de los jurados, la calidad de los competidores y la idoneidad del mismo ganador para algunos agentes. Ciertas condiciones aplican, como dice el lugar común. Ahí, la medalla de Alfred Nobel tiene bastante historia a cuestas.
Ha sido jugoso tema esta semana el destino final del más reciente Nobel de la "Paz", que terminó sirviendo para la apología al bombardeo contra nuestro país el 3 de enero y el secuestro de un jefe de Estado. Bastante se ha dicho por distintas vías y con diversos tonos, así que no volveremos sobre el mismo camino, pero sí sobre la fe con la que seguimos ensalzando una condecoración que, por ejemplo, es inapelable; es decir, luego de "acabar con la guerra", puedes desentenderte de la tranquilidad de los pueblos desde el pedestal del triunfador. La historia ya ha aportado suficientes pruebas.
Ciertamente, un premio solo es la fotografía de un momento y no faltará quien asegure que su fin no es ser policía de los ganadores. La mujer del César puede dejar de serlo y parecerlo, así como el humano mismo cambia de posición. El punto es cómo lo hace y qué impacto tiene cuando se trata de pueblos enteros. Entonces, la cuestión está en los criterios con los cuales se escoge y la sostenibilidad de la decisión en sí misma, si se trata de hacerlo creíble. Cuando se habla de contribuir con solidez a construir la fraternidad entre naciones, fomentar la reducción de ejércitos y promover congresos de paz, ¿qué terminan significando finalmente esos principios? ¿Quién los convierte en elementos medibles?
Puestos en un mundo que vive en directo un genocidio y está bajo amenaza bélica comprobada, la paz no puede convertirse en un traje a la medida. Tampoco puede convertirse en un termómetro maltrecho para medir simpatías por encima del reconocimiento de los esfuerzos reales y comprobados por la estabilidad. La buena voluntad, lamentablemente, se enfrenta a la relativización de la vida y la instrumentalización de valores indispensables para hacer vivible este mundo. Ojalá el anhelo por un buen futuro se imponga.
Rosa E. Pellegrino
