Letra invitada | Donald Trump y...
el síndrome de narcisismo maligno
13/01/2026.- Este escrito busca desarrollar una perspectiva desde la psicología para desentrañar lo que considero un trastorno narcisista de personalidad, que subyace en las decisiones y acciones inusitadas, arteras y desiguales de un presidente de un país poderoso contra otro Estado menos poderoso y que nunca representó amenaza alguna para la seguridad de esa nación y de su pueblo. Sin embargo, ese presidente se sintió amenazado por su ego herido y por su personalidad de "narcisista maligno".
El narcisismo maligno es una modalidad de narcisismo que reviste mayor gravedad dentro de la descripción de este trastorno antisocial de la personalidad, que combina la grandiosidad, la espectacularidad, con un comportamiento sádico y denigrante de su entorno (sean individuos o sociedades). Este trastorno no está oficialmente aceptado por la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, pero se concibe como una subclasificación de lo descrito por el psicólogo social Erich Fromm, en 1964, en su obra The heart of man: its genius for good and evil (El corazón del hombre: su genialidad para el bien y el mal)... diría yo más para el mal que para el bien…
Este trastorno es una forma extrema de patología, que combina narcisismo con rasgos antisociales de personalidad y paranoia. El mismo fue ampliado posteriormente por el psicoanalista Otto F. Kernberg, quien lo concibió como un tipo de narcisismo menos frecuente, pero que evidencia una mayor gravedad en toda la sintomatología que lo acompaña.
Estas dos importantes figuras de la corriente psicoanalista son de origen europeo, pero nacionalizados estadounidenses.
La persona con este particular trastorno busca la admiración tanto como deleite como mediante la humillación y la crueldad hacia el otro, no solo orientándolas a lo físico, sino también al derrumbe emocional. Si esta sintomatología se expresa desde una posición de poder, el daño, cuando se aplica, puede ser devastador, inclusive más allá del objeto primario de la crueldad.
El deleite máximo de un narcisista maligno es lograr simultáneamente el derrumbe físico y emocional del objeto primario de su malignidad. Al ubicar el problema en el contexto real (en el hemisferio occidental), podríamos afirmar entonces que aparece el narcisista maligno Donald Trump (presidente de Estados Unidos), por un lado, queriendo ejercer un poder hegemónico en este contexto y, por el otro, una contraparte a la que ve desafiante y opuesta a ese propósito, que es el caso de Nicolás Maduro (presidente de la República Bolivariana de Venezuela).
Comienza entonces a desarrollarse el plan para el derrumbe del objeto de la malignidad de un narcisista con poder extremo. No solo quiere su derrumbe físico con un ataque brutal (que no busca su eliminación), sino un derrumbe emocional, con una invasión de otro territorio en un plano de grandiosidad tecnológica y belicista, que se propone, además, la extracción del objeto desafiante para lograr el derrumbe emocional y la humillación de cara al mundo, con el objetivo de recuperar el reconocimiento a su grandiosidad, que se había puesto en duda. (Es el caso del comportamiento de Nicolás Maduro como presidente de un país soberano y no como súbdito de un emperador y un imperio en decadencia, que, hoy más que nunca, necesita elevar su prepotencia para rescatar el poderío del emperador y la grandiosidad del imperio. El objetivo es rehacer la necesidad de admiración y contrarrestar la ansiedad paranoide que lo asalta por la pérdida de respeto personal —como emperador— frente al que no obedece sus órdenes y hacia el mundo, que puede dejar de considerarlo el hegemón necesario para mantener un orden mundial solo concebido por él y para su imperio).
Este plan se ha desarrollado en varias fases, que son las mismas descritas en el proceder del narcisista maligno:
1.- Amenazas verbales (in crescendo) públicas y privadas para derrumbar al objeto desafiante.
2.- Amenazas de ataque físico y
3.- Ataque que busque simultáneamente el derrumbe físico y emocional del objeto desafiante, a fin de restablecer el ego herido.
Por ello, el narciso maligno del presidente de Estados Unidos no planteó como objetivo primario la eliminación física (asesinato) del presidente Maduro, sino su derrumbe emocional, cosa que no logró, pues Nicolás Maduro, en todo momento, mantuvo, a pesar de su secuestro, un comportamiento tranquilo, seguro, lleno de hidalguía y muy lejos de expresar derrumbe emocional. De esta manera, el ego del hegemón sigue herido y hay que estar alerta a los pasos subsiguientes que pueda ejecutar, al intentar terminar esa obra tétrica y cruel que sostenga su necesidad de dominación.
No obstante, cabría esperar que se imponga la sensatez en la gobernanza global. Venezuela ha reiterado tercamente la aplicación de su política de diplomacia de paz, la cual puede contribuir a ese propósito.
Humberto Castillo Gallegos
