Micromentarios | Donde no han podido colonizarnos

13/01/2026.- A millones de nuestros compatriotas, Estados Unidos les ha hecho creer que, en su territorio, anida el muy deseado paraíso terrenal. Que es allá y no entre nosotros donde se encuentra la sucursal del cielo.

Los medios de comunicación masivos y las redes sociales pretenden conminarnos a tal creencia que nos transmiten a través de sus presentaciones y programas.

No es gratuito que en las películas y las series de televisión, a cada rato nos muestren la bandera de ese país. Tampoco es casual que nos expongan entradas a grandes y transnacionales negocios, además de camiones y camionetas con los logotipos de algunas empresas.

Hay quienes erróneamente creen que tales apariciones recrean la realidad, pero ello no es cierto. Se trata de publicidad encubierta, por la que quienes figuran en los fotogramas han pagado.

Hay un bombardeo permanente de la idea según la cual Estados Unidos es la mejor nación del mundo para vivir, y la misma permea las mentes de las personas menos instruidas y las más ambiciosas. Se hace creer que en esas tierras se es enteramente libre y es posible obtener las riquezas que cada quien anhela.

Debido a esto, tanto en Venezuela como en otras regiones de nuestro continente, millones de personas colonizadas mentalmente quieren trasladarse hasta allá, sin importarles los obstáculos que deban vencer. Es curioso que inconvenientes que parecen insalvables en nuestros países se consideren difíciles de superar, aunque no imposibles, a la hora de emigrar a EE. UU.

Al llegar a ese infierno disfrazado de edén, se descubre tardíamente que la realidad es distinta a lo que muestran los filmes y las series. Sin importar los títulos académicos que poseas, debes trabajar en lo que se te presente, si no quieres morir de hambre. Es tarde cuando descubres la falsedad del mito según el cual en Estados Unidos el dinero crece en los jardines y las macetas en el interior de las casas.

El proceso de colonización ha modificado muchas de nuestras costumbres, por no decir casi todas o la mayoría. Por ejemplo, en los supermercados no compramos solamente los productos que necesitamos, sino que consumimos muchos más, al seducirnos sus colores, la ubicación en los estantes y la publicidad que de ellos conocemos.

Pese a ese cotidiano proceso de colonización, ha habido un espacio de nuestra vida en el que Estados Unidos no ha podido imponerse. Se trata del sistema de pesos y medidas. Allá los pesos se miden por libras y onzas, no por kilos. El tamaño de la tierra no se cuenta en metros cuadrados, sino en acres. Los espacios se señalan en pies y pulgadas, no en centímetros, metros o kilómetros. Los líquidos se venden por galones y no en litros.

Hay nacionales que han intentado imponernos tales formas de medición, pero han fracasado hasta ahora.

Quienes no han fracasado han sido los industriales que operan en Venezuela. Calladamente, nos han obligado a aceptar que los productos que antes pesaban un kilo —leche y granos, entre otros—, desde hace algunos años pesen solamente 900 u 800 gramos. Que el medio kilo se haya reducido a 400 gramos y el cuarto a 200. Igual ocurre con los litros: han mermado hasta las mismas cantidades de mililitros que los kilos.

Cuando tal imposición se estableció, nos hicieron creer que, con tales pesos y capacidades, las personas con menos recursos económicos podrían adquirirlos. Pero, como sabemos, tal afirmación constituye una gran falacia. Si los empaques trajesen las cantidades que debían tener, se venderían tal cual como ahora, pues la diferencia de precio no sería significativa.

Armando José Sequera 

 

 

 


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