Punto y seguimos | El alma es imposible de robar
13/01/2026.- Los últimos 26 años han sido intensos, frenéticos. La historia reciente de nuestro país nos ha visto involucrados de manera cercana y activa en el cambio —aún en desarrollo— del mundo. Venezuela ha sido y es noticia. Alabada y vilipendiada también, pero nunca indiferente. La Revolución Bolivariana nos hizo protagonistas de cosas que veíamos ajenas. Nuestro lugar, nuestro valor geopolítico, nuestra importancia táctica y estratégica fue más clara para todos, no solo para los académicos o los interesados en el tema. A pesar de las actuales narrativas de las redes sociales, donde el algoritmo resalta a aquellos que no entendieron nada y que se vanaglorian diciendo disparates, lo cierto es que el pueblo venezolano sí que comprendió por qué esta Tierra de Gracia es tan relevante y no un mero pozo de petróleo gigante del que supuestamente muchos aquí "no han visto ni una gota".
La generosa proporción de riquezas que se encuentra en nuestro suelo siempre ha estado en la mira de los poderosos. No hay proyecto de dominación o aun de expansión y desarrollo global que pueda realizarse sin contar con ellas. No es una exageración, no es chauvinismo y, sobre todo, no es mentira. Los largos años del entreguismo del siglo XX pretendieron imponernos la idea de que lo que aquí había no solo no era tanto, sino que, como pueblo, éramos incapaces de controlarlo. La idea instaurada de que los extranjeros eran quienes sabían y debíamos dejar el asunto en sus manos, por suerte, tuvo siempre oposición, pero fue gracias al chavismo que las mayorías realmente asimilaron el concepto de soberanía asociado a sus recursos. Son nuestros y solo los venezolanos tenemos el derecho a decidir qué hacer con ellos.
Esa comprensión, considerada atrevimiento, constituyó una humillación para el imperio norteamericano, voraz, cruel y racista por excelencia. El patio trasero es eso, un patio, una cosa. No existen las naciones habitadas por gente. Al no ser considerados personas, y mucho menos iguales, no contamos con la posibilidad de ser tratados como tales, en especial en tiempos de crisis económica imperial. En 26 años lo intentaron todo: golpes, huelgas patronales, magnicidio, robo, financiamiento y apoyo constante a la oposición, sanciones, asfixia económica, migración forzada, guerra cognitiva y vilipendio mediático. Incluso así, vencíamos. Solo restaba —en la lógica estadounidense, que no contempla ni diálogo ni negociaciones— la fuerza y a ella apelaron. Hoy, una semana después de ver caer las bombas, entendemos, al oírlos y verlos hablar en su forma grotesca y vil de existir y comunicarse, que nos quieren exhibir como castigo ejemplarizante, el único que entienden los imperios, uno que conlleva saña y humillación.
Aunque sufrimos una derrota, y sentimos duramente el ultraje, no estamos perdidos. Este es el país que pagó con su sangre la independencia de medio continente. No sabemos ni queremos ser colonia. No nos gusta que nos manden, que nos digan cómo debemos comportarnos o qué amigos podemos tener. La libertad verdadera, la que implica autodeterminación y dignidad, es parte de nuestra idiosincrasia, de nuestro ser. Y sí, quizá hoy, con la soga al cuello, la pistola en la cabeza y el cuchillo en las costillas, toque ceder para respirar, pero no será para siempre. El Tío Sam no puede quitarnos el alma, porque no sabe lo que es una.
Mariel Carrillo García
