Templanza económica | Abierta agresión del imperio decadente
Estados Unidos es un tigre de papel. Aunque parece poderoso y temible, en realidad es débil y vulnerable. Su fuerza no es invencible y puede ser derrotada por la lucha unida de los pueblos oprimidos y revolucionarios.
Mao Tse Tung, Obras escogidas, Tomo III
11/01/2026.- Salvando las distancias históricas, parto de la afirmación del presidente Mao, formulada en el contexto de la Guerra Fría: el imperialismo estadounidense parece formidable, pero en realidad es vulnerable, es un "tigre de papel" cuyas fuerzas "están llenas de contradicciones y debilidades internas que llevarán a su derrota". Sucesivos reveses militares confirmaron esa sentencia: el repliegue del Kuomintang a Formosa (hoy Taiwán), la entente en Corea y la desastrosa huida de Vietnam, entre otros. Hoy, Estados Unidos confronta una terrible derrota estratégica, esta vez en el campo financiero: la desdolarización, última palada al sistema unipolar surgido tras la Guerra Fría.
En el presente, Nicolás Maduro le propina otra derrota, a nivel táctico, llevando la entereza de su liderazgo al campo de batalla de los predios del imperio. Las calles de varias ciudades norteamericanas, territorio inexpugnable hasta el 11 de septiembre de 2001, se hacen eco del estadista del sur emergente. Esta es la respuesta a la operación militar desplegada para tomarlo como prisionero de guerra a él y a su esposa, acción que además vulneró la defensa aérea, dañó infraestructura civil, científica y médica, y ocasionó más de un centenar de asesinatos y casi doscientos heridos.
Esta atroz agresión revela una profunda debilidad: la letal fuerza desplegada con portaviones, bases en República Dominicana, Panamá, Colombia y Puerto Rico, y un sofisticado sistema que fusiona aviónica avanzada, sensores y gestión de misión, carece de lo fundamental: el apoyo popular venezolano, granjeado por el proyecto civilizatorio de los pueblos. Los aliados de Trump en Venezuela no representan las aspiraciones del pueblo cuyo nombre usan como máscara para saquear. La respuesta ha sido clara y unánime: multitudinarias manifestaciones exigen la paz y el regreso sano y salvo de nuestros líderes. Tampoco cuentan con apoyo en su propio territorio, donde crecen las protestas contra esta acción cobarde. La presidenta encargada ha señalado que la respuesta a esta ignominiosa mancha en las relaciones bilaterales es la confrontación diplomática.
Pero esta agresión no busca solo secuestrar al presidente para forzar la entrega de nuestros inmensos recursos. Su explicación es más profunda: es la reacción al cambio tectónico manifestado en la erosión acelerada del poder económico del dólar y del poder militar absoluto que usó para expandir su imperio de muerte y miseria. Su dominio se construyó sobre el monopolio nuclear de posguerra y el dólar como moneda de reserva única, pilares que hoy se resquebrajan.
Las consecuencias de la confesa acción develan su verdadero objetivo. No se trata solamente de retomar el control sobre la reserva de crudos más grande del mundo pagando ínfimas regalías, como pactó Exxon con los gobiernos de la Cuarta República, ni de reeditar en Guyana el esquema de apropiación de crudo casi gratuito. Tampoco es solo propinar un golpe al sistema de defensa territorial de la República Bolivariana, ni expulsar a empresas de naciones aliadas para imponer corporaciones gringas, como hicieron en Libia. No, esta vez no han guardado fórmula alguna. Ni siquiera cuidaron los modales diplomáticos.
Vienen a tomar posición territorial para atrincherarse ante la eventual confrontación global total que se siente en el ambiente geoestratégico. Buscan pulverizar el estado de bienestar social establecido con pulso democrático en Venezuela, pero su objetivo inmediato es oxigenar la economía norteamericana, proporcionando respaldo al erosionado dólar mediante el petróleo de la Faja y obligando a la compra de productos norteamericanos a cambio. Creen, ingenuamente, poder calcar la creación del petrodólar.
La desquiciada acción neocolonial de Trump muestra el comportamiento de un tigre herido y acorralado. El Caribe, en enero de 2026, es un laboratorio geopolítico de enfrentamiento al nuevo orden económico de un mundo pluripolar en inexorable avance, tal como lo predijo nuestro comandante Chávez.
La conexión entre el retroceso del dólar y la agresión militar se origina en la paradoja fundacional del orden monetario actual, construido sobre la base del poder militar absoluto garantizado por el monopolio nuclear inicial. Durante décadas, el FMI y el Banco Mundial administraban el sistema, y la Marina de EE. UU., con su armamento atómico, era su garante final. Ese país se erigió como el "arsenal de la democracia", surtiendo pertrechos de guerra, combustibles y alimentos; una base económica que ha cedido su lugar a otras más eficientes, conservando solo la hegemonía en la industria armamentista. Pero la economía de Estados Unidos perdió la solidez de su auge inicial.
A pesar de la fuerza bruta que le da soporte, la debilidad del dólar es estructural, dados sus dos pilares de barro: la confianza en su economía y el miedo a su poderío militar. El primero se ha desmoronado irreversiblemente con décadas de desindustrialización, déficit fiscal, deuda astronómica y crisis financieras. Por lo tanto, Washington ha tenido que apalancarse cada vez más en el segundo pilar: la coerción a través de sanciones financieras unilaterales y amenazas militares. La decadencia es multifacética: solo el 60% de las transacciones comerciales internacionales se hacen en dólares. La migración de fábricas a China y el ascenso de nuevos centros económicos han cambiado el tablero productivo global. Un 60% de las manufacturas mundiales se producen actualmente en China, un paralelo histórico con el dominio industrial de EE. UU. tras la Segunda Guerra Mundial. Su economía, sobrefinanciarizada y con infraestructura envejecida, depende cada vez más del complejo militar-industrial y de su red de bases militares en el mundo para proyectar poder.
El "exorbitante privilegio" del dólar, que le permitía financiar déficits y sancionar a voluntad, se está minando en silencio. La primera gran grieta fue la ruptura del patrón oro en 1971. Tomó un respiro al atar el mercado petrolero al dólar mediante un pacto con Arabia Saudita, el cual ahora desea reeditar explotando la Faja Petrolífera Hugo Chávez Frías. Pero este sistema también se agota. El uso del dólar como moneda de intercambio internacional muestra su debilidad ante el empuje de la institucionalidad financiera multilateral emergente, motorizada por la alianza Brics: el Nuevo Banco de Desarrollo, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII), el Centro de Arbitraje Internacional de Shanghái, el Banco de Pagos Internacionales (BIS), el sistema CIPS de pagos transfronterizos de China, entre otros. Cada ladrillo de este sistema emergente es una palada en la sepultura del dólar como moneda única. Son síntomas de la erosión: países como China y Rusia comercian en sus propias monedas; los bancos centrales diversifican reservas; surgen sistemas de pago alternativos al Swift, disminuyendo la eficacia de las sanciones, principal herramienta coercitiva de EE. UU. La ruptura de este poder sancionatorio es una amenaza existencial para su hegemonía, más que cualquier ejército rival.
Aquí radica el peligro actual. La lógica desesperada de Trump y de sectores del establishment es que, cuando la economía falla, se esgrime la mandarria militar. Cuando las sanciones financieras pierden eficacia, la opción militar aparece como el "último recurso" para imponer la voluntad. El objetivo en el Caribe, bajo el pretexto del narcotráfico, es en realidad imponer por la fuerza bruta lo que ya no se puede lograr con el dólar: estrangular físicamente los flujos económicos alternativos que lo marginan.
Un animal poderoso, pero acorralado y enfermo, es el más impredecible y peligroso. El artero bombardeo a Venezuela no fue ejecutado por un tigre seguro de su fuerza, sino más bien obedece al manotazo de uno herido que gruñe para que todos sigan creyendo en su ferocidad. La vulneración a la patria de Bolívar y Martí no es muestra de fortaleza, sino el gruñido de un imperio que ve cómo se desmorona la base de su dominio: el sistema financiero que una vez rigió el mundo.
Marcial Arenas
