Vitrina de nimiedades | Cohesión y contención

10/01/2026.- Este texto ha tenido un origen accidentado, como los días que hemos vivido desde el 3 de enero. En principio, se iba a enfocar en esa vieja costumbre de desestimar advertencias hasta que "el ruido", cual lobo del cuento, se convierte en una agresión militar insólita. Después cambió de giro para proponer explorar cómo el humor gringo, que para mí solo tiene buen marketing, ha resumido la creciente ola de rechazo interno ante un episodio que parece ponerle la lápida al derecho internacional. Aun así, pudo más el desconcierto y las ganas de hablar sobre esos momentos de angustia que embargan a muchos. Acá venimos a unirnos en la distancia. No estamos solos; a veces, por minutos, zozobramos.

Nos sentimos ansiosos en la casa o en la oficina, porque en circunstancias como estas vamos a tener minutos de debilidad. Los necesitaremos para volver a la certeza. Por supuesto, son desagradables. Quizás, descubriremos sensaciones y reacciones que jamás pensamos experimentar. Quien está a nuestro lado quizás no lo diga, pero probablemente estará en las mismas.

Quisiéramos que las siguientes líneas fueran la arenga perfecta para este momento o el análisis más acertado para prepararnos ante los complejos tiempos por venir, pero el talento del orador político no nos acompaña. En el caso de las explicaciones, expertos y opinólogos de oficio se confunden entre comentarios de pasillo, redes sociales y cualquier otro espacio donde haya posibilidad de dejar deslizar alguna explicación. Probablemente sea necesario navegar la incertidumbre y hundirse un rato en el desconcierto para encontrar la palabra que nos saque a flote, mientras vemos más allá de lo evidente.

También nos habría aliviado ofrecer la fórmula para saber escuchar y entender el momento, más allá del visible riesgo que corremos. Lo primero requiere, más que estómago, voluntad para encontrarnos en el otro, aunque no compartamos ni una sílaba de sus ideas. Lo segundo implica luchar contra nuestros sesgos y deseos. Ver la realidad en su justa dimensión, sobre todo si queremos defender la paz de este país, es un privilegio al que se llega de a poco, si es que se logra. Lo único que podría decirse hoy es que aquel que parece diametralmente opuesto a nosotros ahora está en la misma acera de la inquietud (esto excluye, por supuesto, a los que salivan por la destrucción). Unirnos en el desasosiego es un desafío y un mandato para defender la vida y el derecho a la paz.

Sí, podemos zozobrar por momentos, saltar a discutir o tachar de nuestra lista a quienes reducen la muerte a "daños colaterales" y prefieren la barbarie. Nos quebraremos a ratos, dudaremos y nos preguntaremos hacia dónde apunta el futuro. Quizás, para alcanzarlo, sea necesario entender que la amabilidad podría ser el mejor remedio, así que vamos hombro con hombro.

Como no somos psicólogos, no pretendemos escribir que "eso está bien" o dar consejos para sobrellevar el momento. Uno ha visto tantas recomendaciones útiles y malas ideas (o mejor dicho, darditos de odio que no necesitamos) que solo nos queda decir: consulte a los profesionales sin dudar. Solo nos atrevemos a expresar que en este momento, cuando ya ha pasado una semana del ignominioso ataque del 3 de enero, debemos ayudarnos y encontrarnos en la certeza de la duda. Cohesión y contención son nuestros escudos. La calma, la cordura y los nervios de acero no se construyen en el aislamiento.

 

Rosa E. Pellegrino


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