Crónicas y delirios | Diario de una invasión anunciada
09/01/2026.- En la madrugada del sábado 3 de enero, entre la resaca de los brindis de Año Nuevo y alguna que otra música todavía alojándose en el oído medio, los habitantes de la capital y sus alrededores nos despabilamos con la ocurrencia de explosiones sucesivas, el tronar de aviones (aún no se distinguían los helicópteros) y acentuadas nubes entre amarillentas y rojizas que perfilaban la plena característica de una invasión.
Los celulares vibraron en repetición de alertas: “¡Ya están aquí los marines, cuidado, los propios yanquis, atención, vienen para arrasar nuestra República Bolivariana, odian el ejemplo de las comunas, calma, calma, confiemos en el presidente Maduro y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, ni un paso ni un instante de vuelta o retroceso!”. Por su parte, los vendepatrias de siempre gritaban todo lo contrario y se veían ellos mismos cual personajes fílmicos de Hollywood, llevando en hombros a cualquier esperpento con título de Paz.
Nosotros, mientras tanto, observábamos la realidad en dos planos: el de aquí, caracterizado por la falta de luz, los bombardeos continuos, las noticias a través de azarosos móviles, las imágenes incendiarias en el panorama de las ventanas, el rumor plural acerca de trágicos sucesos en el puerto de La Guaira, Catia La Mar, Maiquetía, Mamo, el aeropuerto de Higuerote, el Fuerte Tiuna y la residencia del general ministro de la Defensa Padrino López…
Y otro plano en Palm Beach, bahía de Florida, USA, rótulo con el nombre de Mar-a-Lago, una posesión del presidente Donald Trump que ha funcionado como club de élite para divertimentos lúbricos y otros descarríos íntimos, y la cual hoy utiliza el (des)mandatario como sitio de reuniones burocráticas o sociales. Allí se encuentran reunidos en ambiente de trabajo, cámaras y TV, según muestra un paneo, el propio Trump con cara de millonarísima circunstancia bélica; Marco Rubio, secretario de Estado y agente con carnet de la Asociación del Rifle; y Pete Hegseth, secretario de Guerra (a muerte, sea en el Caribe o en cualquier parte del mundo), además de John Ratcliffe, director de la brutal Agencia Central de Inteligencia, para despedir vía satélite al grupo castrense que acto seguido ocupará Venezuela. Trump, con rostro de padre amantísimo, les bendice como si fuesen boy scouts que van de paseo campestre para recoger bellotas: “¡Chicos, que Dios los acompañe!”.
El escuadrón invasor N1 cumple a plenitud de fuego y metralla las instrucciones, y ya en Fuerte Tiuna va directo, ¿por una delación?, a la casa-refugio donde se alojan el presidente Nicolás Maduro y la primera combatiente Cilia Flores, quienes tratan de cerrar sin éxito la puerta de acero que poseía el refugio. Al cabo de un intenso enfrentamiento de las fuerzas en pugna, Nicolás y Cilia son detenidos por el escuadrón gringo, para más tarde y luego de largo periplo encerrarlos en los correspondientes reclusorios de Nueva York.
El saldo de la acción invasora dejó entre venezolanos y cubanos más de 100 jóvenes militares asesinados, según datos de nuestro Gobierno nacional, hoy, como sabemos, bajo la presidencia de Delcy Rodríguez Gómez, anterior vicepresidenta, cuya preparación, equilibrio e inteligencia son garantía de acciones acertadas en un escabroso momento de la vida venezolana.
(OTROSÍ: Como el hilván de estos episodios se tensa a cada instante, agregaremos que Estados Unidos, según repetición de Trump, es dueño absoluto de nuestro petróleo, y que si Delcy no atiende en sentido aprobatorio las señales de USA, “su futuro será peor que el de Nicolás Maduro” (¿acaso es una sentencia de muerte?). Por otra parte, nuestro Maduro se agiganta planetariamente por su rectilínea conducta como figura presidencial y ser humano; el pueblo de Venezuela mantiene su activa presencia a lo largo del país; nuestro representante en la ONU Samuel Moncada desmonta los atropellos, falacias y desmanes de un Trump enloquecido por el poder omnímodo… y paremos de contar hasta la próxima entrega de esta columna.
Igor Delgado Senior
