Aquí les cuento | Cilita y Nico
Una papa caliente en las nalgas de satanás
09/01/2026.-
“Huele a azufre todavía”. HCF
Nadie ha dado cuerda a un reloj de arena. ASF
Hoy no es un día cotidiano. Y a partir de la madrugada del sábado tres, ya nada será normal en nuestro país. Sí, es cierto. El mal, mil veces advertido, llegó a nuestras costas inadvertido o acompañado; ya se sabrá dentro de medio siglo. Ahí estaremos enterándonos formalmente de la desclasificación de los crímenes, de los cuales estamos convencidos. Pero que nuestra verdad, nuestra voz, cual campana de palo, no hace eco en el mundo, sino después de tantos años de despedidas y difuntos.
“Morrocoyes voladores” llegaron con su estridencia sin ser “advertidos”. Eso me lo dijo un viejo amigo. Lo cierto es que entraron con su carga de maldad infinita. Repartiendo fuego hacia los previstos y planificados objetivos.
Víctimas inocentes, anónimas sonrisas se apagaron defendiendo el pedazo de tierra que nos toca, que no se la hemos robado a nadie y de la cual mana incansablemente leche y miel. Paisajes hermosos y alegría.
Porque eso somos en Venezuela. Poemas andantes, canto y melodía. Pero esa condición genera la peor de las envidias. No nos toleran, ni el desenfado con que caminan nuestras mujeres, ni la conversación y el abrazo espontáneo de los varones que compartimos la salsa, el cocuy, el bote, la atarraya y el sancocho. La copla, la décima, el joropo.
El mal ejemplo que hemos dado los venezolanos en los últimos cinco lustros, en los cuales enseñamos al pueblo a leer y escribir. Que se abrieron liceos y universidades en los pueblos y caseríos que otrora solamente producían obreros y sirvientas.
Ese ejemplo de llevar la salud, con médicos. La palabra en los libros. El teatro a la calle y la música al barrio. No se puede perdonar tanta libertad en un país tan pequeño, pero tan grande en su historia.
Es jodido tratar de no perder la condición de poeta, de fabulador, de soñador, cuando el dolor explosivo nos trastorna tanto.
Me dirán mis pocos lectores que no me preocupe; que ellos también están golpeados en el mero centro de la alegría.
No nos despertó la madrugada con el sobresalto de aquel vecino que llega a la ventana solicitando apoyo para llevar a la mujer al hospital porque en la tarde el médico cubano le había advertido que estaba cerca la llegada del carajito.
—¡Ya está echando agua, vecina!
—¡Tranquilo, mi amigo! ¡Vendrá una nueva alegría!
—¡Ya tendremos un nuevo venezolano, que vendrá a construir con nosotros ese sueño de patria grande, de patria libre!
La invocación jocosa de Roberto se hizo realidad. Lo que significa que en este Caribe mágico-maravilloso todo es posible. Nada puede sorprendernos, por muy extraño que pudiera parecernos. Pero hay un componente que no está presente.
¿Dónde están los beneficiarios locales del dolor colectivo de la patria?
No los hemos visto levantando sus banderas, más allá de las escopetas cognitivas con que se “autosuicidan” permanentemente.
Ayer participé en una reunión de cultores de mi pueblo. Uno de ellos expresó que debíamos utilizar las redes sociales para dar la pelea con esos aparatitos “antes de que su amo los bloquee”.
Le dije:
—¡Hermano, carajo! ¡No tema usted que apaguen los teléfonos! ¿Cómo lo van a hacer, si es con esas redes? ¡Con la guerra cognitiva es que nos han vuelto m…!
—¿No miras que en esta reunión de ocho personas, amenazados y agredidos como estamos, hay tres personas mirando el teléfono, mientras nosotros nos damos carajazos para proponer acciones y ser menos inútiles a la patria en el contexto de la situación que atravesamos?
Cilia y Nico.
No crean, mis camaradas que los voy a dejar solos. Ema, de siete años, lloró el fin de año, porque le pedí que me diera al Super Bigote, en su cajita… A Cilita la tengo desde hace unos dos años. Bueno, sepan ustedes que han entrado en los vivos libros de Historia de los pueblos libres del mundo.
Los mártires cubanos.
32 hermanos cubanos fueron asesinados esa madrugada. Hoy nuestra amada Cuba les llora con la indignación del más internacionalista de los dolores. Honor y gloria. Y nuestras muchachas y chamos que cayeron en el campo del honor…
El camarada margariteño, comunista, estaba convencido de que su sacrificio era inminente. Los miembros de la Digepol lo habían torturado durante dos semanas. Él aún se encontraba de pie. Y su historia de mar, su dieta de corocoro y funche durante treinta años lo mantenían firme y robusto, a pesar del prolongado ayuno al que se le sometiera.
Dejaron de un lado la carretera y enfilaron hacia aquel paraje despoblado de la sabana; lo hicieron descender a empujones sobre la tierra cubierta de chaparros. Cayó al piso esposado con las manos a la espalda. Dos esbirros lo levantaron; el tercero descendió de la camioneta y le liberó las manos. Uno de ellos le acercó una tapara con agua. Bebió abundantemente, respiró profundo y exclamó: —¡Gracias, mi compay!
Había llegado al patíbulo. Uno de los esbirros sacó de la cabina una pala y se la extendió al prisionero. —¡Haz un buen hoyo, para que descanses cómodo mirando la montaña de donde te bajamos!
Los miró a los tres. Y con su habitual acento margariteño exclamó:
—¡No, mis amigos, hagan ustedes ese hueco! ¡Porque yo, al único que le trabajo gratis es al partido!
Aquiles Silva
