Las dos orillas | Los carteristas de Chávez

04/01/2026.- Esa mañana de marzo del 2005 llegué a la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV) a las 7 am, como lo solía hacer, para atender a las primeras cohortes del programa de formación de grado en Comunicación Social. Yo vivía en un pequeño anexo en el barrio Santa Rosa, entre la Andrés Bello y la Libertador. Salía temprano para desayunar en el Tropezón un café con leche y unas galletas que compraba en alguno de los kioscos del camino.

Esa UBV estaba parroquializada, es decir, atendíamos a estudiantes agregados a secciones por su parroquia de procedencia, en lo que podría fácilmente ser el antecedente de la “comunalización” de la educación universitaria. Yo atendía a estudiantes de la parroquia Sucre y de la parroquia Caricuao.

Nos había tocado elaborar varias unidades curriculares —materias— que tenían que ver con habilidades lingüísticas y discurso audiovisual: comprensión y producción de textos; escritura creativa y cine temático. Como cosa inusual en el parir una institución académica nos habían delegado esa responsabilidad a tres egresados de la carrera de Letras y a un arquitecto que andaba, como hasta hoy, distraído.

Así comenzamos a implementar métodos y dinámicas emancipadoras en el leer, escribir, escuchar y hablar. Esa licencia duró poco tiempo, luego de dos años el programa de Comunicación Social, un término odiosamente reiterativo por demás, regresó al modelo de la Escuela americana y los proyectos de comunicación que se estaban construyendo desde y con las comunidades fueron desechados para volver a la figura academicista de la “tesis de grado”. Todo lo sólido que construimos, se disolvió en el aire.

Los carteristas

Una amiga que trabajaba en Asuntos Presidenciales, nos dijo, a mi compadre Isaías y a mí, que si queríamos formar parte del grupo de apoyo del Comandante Chávez como escritores o escribidores. Nosotros éramos, orgullosamente, los nadie. Mi compadre venía de un bucólico pueblo del pie de monte andino que él se esfuerza todavía en convencerme que es el Macondo de El Gabo y que yo insisto en que el determinismo geográfico pesa y que ese pueblo pertenece más a aquel donde habita una estirpe "de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor".

Yo venía de los eventos fortuitos, lo lúdico es la concreción azarosa de los cambios. Poco esfuerzo me requirió creer que la propuesta de nuestra amiga podría ser verdad, como en efecto lo fue.

Un día de ese marzo nos citaron a Miraflores. Asistimos, a sugerencia de nuestra amiga, acomodados y presentables. Confieso que en mi peregrina vida jamás se me había ocurrido pensar en un evento similar, pero pasó. Ahí nos presentamos en “el término de la distancia” mi compadre y yo. Nos atendió una profesora que era responsable de ese grupo de apoyo presidencial, después nos enteramos que eran varios grupos.

A cuatro manos

El requisito o prueba para formar parte de ese grupo fue la redacción de una carta de “pésame” a la familia de un ingeniero de la Misión cubana con responsabilidad en Barrio Adentro, que murió en un accidente de tránsito en Bolívar. Al Presidente le llegaban cartas en una cantidad que imposibilitaba que él les diera respuesta; para eso están los carteristas.

Escribimos la carta con la escasa información que nos dieron, al fin y al cabo una carta de condolencias tiene como base la muerte y como igualadora social. Emprendimos la redacción con tono formal, pero cercano y sentido. Nos habían precisado los elementos formales del texto, lo largo, los destaques en versales y negritas y otras cosas de forma. Un trecho lo escribía mi compadre y otro trecho yo. Así terminamos la prueba en una oficina del edificio administrativo y se la entregamos a un mayor del ejército que desde ese día se convirtió en nuestro enlace. A él le debemos el nombre de “carteristas”, que al principio no nos convencía, pero luego de la estricta y disciplinada explicación del mayor, “carteristas, porque escriben cartas”, la aceptamos entre risas y cervezas, en la pollera de la esquina cercana a Miraflores.

Al día siguiente una voz marcial y seria me llama a mi teléfono celular. La persona me comunica con un tono de suspenso que si yo soy tal y que si puedo dirigirme inmediatamente a Miraflores. Lo propio le ocurrió a mi compadre.

Por el camino los dos íbamos haciendo conjeturas, lucubrando sobre qué podíamos haber hecho mal. Llegamos a Miraflores y nos llevaron —el mayor— al Palacio. No era el edificio administrativo, sino una pequeña oficina contigua o cercana al despacho del Presidente.

El entonces jefe del Despacho y tres oficiales más mantuvieron la atmósfera de incertidumbre. Nos preguntaron quiénes éramos nosotros y que quién había escrito la carta. Por un tiempo que nos pareció eterno estuvimos explicando el concepto de escritura a cuatro manos, al final no supimos si entendieron, pero nos dijeron que el Presidente firmó la carta de condolencias —mostrando la firma— sin ninguna corrección o modificación, y que “a partir de hoy, ustedes forman parte del equipo de escritores del presidente Chávez”.

Escribimos un número elevado de cartas a cuatro manos para Chávez. Sobre el tránsito por esta chamba presidencial iremos escribiendo otras crónicas. Basta saber que ese paso por esos espacios difuminó toda duda sobre la persistente presencia de lo imposible en una revolución.

 

Armando Carrieri 

Instagram:

@amoramericaradio

@mi.vida.conmigo

@arcar660

Correo electrónico:

moreyes24@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Noticias Relacionadas