Letra fría | Noches buenas (II)
02/01/2026.- Con la Nochebuena, partimos a un cajero automático a buscar efectivo y tomamos un taxi que nos llevó al Mambo Grill de la 82. Camacaro era un joven de 27 años, poeta que estudió Comunicación Social en la UCV y, como ya lo decía, estaba condenado a muerte por severos problemas renales que le estaban degenerando los huesos. Andaba —anda todavía— con muletas. Esa noche surgió una especial amistad que perdura hasta nuestros días, porque se salvó. Si tenía 27, ya debe tener como 59 o 60, por lo menos, y sigue bien vivo y exitoso, tanto profesionalmente como con las mujeres, porque se la pasa rodeado de muchachas bonitas, el condenado...
Él sí me había dicho que había una esperanza con un tratamiento experimental al que estaba aplicando, y no solo fue seleccionado, sino que se casó con la doctora que lo salvó. Eso me lo contó, por lo menos, quince años más tarde, en una rumbita decembrina en Radio Nacional, que apoyé —con la ayuda de mi querido amigo, recién difunto, Francisco Magallanes— con rones de Santa Teresa. ¡Imagínense, eran tiempos de Helena Salcedo en la presidencia! Fue cuando yo comencé mi programa de boleros de los sábados a las siete, y que en este 2026 cumplirá veinte años al aire. El cuento es que llegó allí y conocía a medio mundo, pero ya yo sabía de su vida porque lo había visto muy movido con Chávez en el Bronx, en su papel de líder de los círculos bolivarianos en Nueva York.
Ya en el Mambo, volaron las muchachas a atendernos, porque iba con frecuencia. Ya me conocían y sabían de mis buenas propinas (no olvidemos que yo andaba "buchón"). Lo que no recuerdo son los nombres de aquellos amables anfitriones cuando surgió el tema de la muerte inminente. Mis angelitos, el malo y el bueno, me dijeron al unísono: "Este te lo mandó el Niño Jesús". Con ese mensaje angelical, me asumo protector del pequeño hombrecito y, ahora que reviso viejos apuntes, recuerdo que pido a Jack la mejor botella de vino de la casa y una pierna de lechón para mi amigo, porque yo ni pendiente de comer. ¡Andaba, textualmente, más prendido que arbolito de Navidad! Le cuento que por sus días en la Central yo hice mi equivalencia; recordamos a Pedro Chacín y a otros amigos de la Escuela de Comunicación, y seguimos conversando divinamente. Luego comenzó a nevar y yo salí a contemplar el espectáculo mientras él comía.
A golpe de doce, el cuerpecito no daba para más —llevaba dos días bebiendo sin parar. Eran otros tiempos. Ahorita, de vaina, aguanto cinco horas— y le dije a William: "¡Chamo, me voy para mi casa!". Y él, con aquel candor, me dijo casi in articulo mortis: "¡Poeta, lléveme pa' donde las putas!". Uuy, hermano, qué va, yo no juego en esa liga, pero inmediatamente sentí que era el último deseo de un condenado a muerte. Alcé los ojos al cielo y recé: "¡Dios mío, tú y yo sabemos que nunca fui putañero, pero tratándose de la última voluntad de esta criatura tuya y en tu Navidad, vamos a echarle bolas!", y nos fuimos a un burdel de la 42.
Al llegar al bar de meretrices de la 42, vimos un rolo de burdel con más de cien mujeres, todas lindas ellas, como en las películas. Cuando vine a ver, estábamos sentados en la barra y Camacaro en los brazos de una bella negra, robusta ella —digamos mulata para no herir susceptibilidades—, que lo acunaba como si fuera un bebé querido, y él, como un pachá, muerto de risa con una cerveza en la mano. A mí me tocó una hermosísima flaca argentina muy alta; no digamos que "me tocó", mejor digamos que comenzó a rondarme porque iba y venía. Le encantaron mis manos "por lo suaves", decía, mientras las sobaba con mucho cariño.
Para no enredar la vaina, le dije que yo no tenía dinero y que no perdiera su tiempo conmigo; pero, como si no fuera con ella, me llegaba por la espalda, me tapaba los ojos con sus manos y apretaba mi cabeza a su cuerpo, restregándola en su cintura. Muy sensual la carajita. Olía riquísimo, un divino perfume que no logré identificar. Modestia aparte, yo levantaba muchísimo en esa época... Ahora es que no cojo ni resfriados, je, je, je.
Para hacer el cuento corto, la flaca no se amilanó ante mi esquiva pobreza y siguió con sus encantos. Lo de las manos era impresionante: se las pasaba por las piernas, por el pecho, por los brazos... y yo, textualmente, encantado de la vida, pero con un miedo terrible. Por esos años estaba el sida en pleno apogeo, aunque pensaba que por coqueteos no se pega esa vaina. Así las cosas, en una de esas, vino a ofrecerme su servicio de go-go girl, un baile erótico, semidesnuda, en privado, pero sin derecho a tocar; lo que no hubiese sido el caso, porque ella no andaba "jugando carrito".
Insistí en que no tenía dinero, pero ella, "pa'lante como el elefante", alegaba que no me cobraría. Yo, todo cagado, le salí con el cuento de que eso era muy triste, lo de ver y no tocar, porque siempre hay unos gorilones por si un borracho se "traga la luz". A todas estas, ya yo estaba embelesado con aquella muchacha de un cuerpazo monumental, el propio "cuerpo de diosa que envidian las mujeres cuando te ven pasar", y la carajita seguía con su insistencia de amor. Yo fui bajando la guardia y con los ánimos elevados hasta que llegó la última embestida en romance: ¡me invitó a hacer el amor! Más halagado, imposible. Aquel mujerón de lindura fuera de serie, ¡se me estaba ofreciendo gratis! En ese preciso instante, pensé: "¡Al carajo los enfermos!", y solo me vino a la mente mi grito de guerra copiado de Macbeth: "Sopla viento, ven destrucción, ¡moriremos al menos!".
La mirada del enano William fue de propio terror cuando me vio levantarme decidido. La carajita se colgó de mi brazo, muy sonreída, quizás pensando: "Este poeta no se me va a salvar". Y yo, caminando como quien va al patíbulo, pensaba cualquier cantidad de vainas hasta que me dije: "No joda, moriré de sida, pero yo no me pelo este caramelo". En el camino a la habitación, pasaron muchas imágenes por mi mente; la idea de contagiar a mi esposa o a algún amor de paso —como decía García Márquez— me aterrorizó. Y en el paso número catorce, no sé cómo, me sobrevino un ataque de pánico y solo pude balbucear: "Lo siento, muchacha bella, pero no puedo".
Como pude, llegué a la barra, pagué la cuenta y le dije a Camacaro: "¡Poeta, nos vamos! O bueno, si quieres te quedas, ¡pero yo me voy antes de que se riegue mi fama de marica por lo que acabo de hacer!". Ja, ja, ja. ¡Y cogimos calle! Me acompañó al terminal de la 42, agarré mi bus y me fui a la universidad a dormir. Al otro día, desperté confuso. ¿Qué habría pasado esa noche? No sabía si en realidad había salvado mi vida o si fui un gafo paranoico que se perdió a una hermosísima muchacha que quiso ofrendarme sus maravillas y que mis pudores católicos dejaron pasar.
¡Feliz año 2026!
Humberto Márquez
