Aquí les cuento | Derrota tuya y mía
02/01/2026.- Esta madrugada estaba pensando en la necesidad de no dejar escapar los contenidos soñados para traducirlos en palabras.
El 8 de marzo pasado, en la plaza El Venezolano, estaba nuestra Rosa Arévalo en un estand de las compañeras del periódico, ofreciendo quesillos y otros atractivos "golosinosos" y "souvenirosos" a los transeúntes. Rosa sonreía palabras. Ella es un ángel de esos singulares que se quedan aleteando en tu pecho desde el primer momento.
Al conocerla, hace poco más de un año, quedé enganchado de su encanto, de su amistad regalada a manos llenas, a abrazos llenos. Rosa me hizo feliz esa mañana cuando me dijo que, al leer mis escritos, la hacían reír. "Sabes lo importante que es que alguien te haga reír", comentó, algo así como agradecida.
Entonces, pensé que tenía sentido —a pesar de que lo que escribo no obedece a regla alguna— que siguiera diciendo cosas, escribiendo en Voces, de CCS, porque alguien se engancha en tu forma de hacer las cosas, en tu manera de decir.
Ahí apareció un amigo de nuestra sin par amiga. Nos presentamos y, a partir de ese momento, nació lo que se llama una gran amistad entre nosotros. Hay amigos con quienes nunca has compartido, y de ellos ni siquiera nadie te ha hablado, pero resulta que andan al lado tuyo como si fueran el riel de un tren que complementa la ruta hacia los destinos que conducen a tantos hasta ciudades, pueblos y a sus trabajos.
En algún momento terminará ese metro en una estación terminal, donde al final la punta de los dos rieles tendrá que abrir sus bocas y empezar a contarse las anécdotas y experiencias vividas. Entonces, nos presentamos. Compartimos algunas impresiones acerca de lo que nos gusta hacer. Me dijo:
—¡Coño, loco, a mí me gusta leerte! Estoy a tu orden. ¡Usa mi escritorio en el periódico cuando vengas y tengas que escribir!
Eso dijo aquel recién conocido y desde entonces empecé a quererlo.
Cada vez que regreso a la capital, me encuentro con los paisajes que la municipalidad, los artistas, los historiadores, cultores y tanta gente han resguardado para mí. Esa es mi ciudad. Voy a la Plaza Bolívar a saludar al genio y retrocede raudo el reloj de la Catedral hasta los años del bachillerato, cuando los muchachos repetían que uno no podía pasarle por detrás al monumento del Libertador porque no se graduaría en el liceo.
En aquellos años, estabas amenazado de que tu boletín exhibiera una galería de números menores a la décima y que tus padres te "asesinaran" al finalizar el lapso; además, los escribían con tinta roja.
—¡Ay, mijita, la boleta de la hija mía se desarrolló!
—¡Y al hijo mío me lo han llevado a la dirección y le condicionaron la inscripción para el próximo año, porque se vinculó a uno de esos grupos de pichones de guerrilleros que, cuando tienen exámenes de las "tres Marías", se lanzan a la calle a prender cauchos y a tirarles botellas de Grappette a los cascos blancos de la Pe Eme!
—¡Verdaderamente, Clara, mi hermana, yo no sé qué va a pasar con esos muchachos!
—¡Nada más antier mataron a uno en el Licenciado Aranda de Maiquetía!
—¡Sí, mujer! ¡Eso fue el diez de diciembre, día miércoles por cierto! Y dicen que el muchacho iba saliendo del liceo y confundió los tiros de la policía con los tumbarranchos y triquitraques que prenden los muchachos estos días antes de la Navidad.
—¡El pobre muchacho era de Catia La Mar! Y aquí está el nombre: Felipe Santiago Silveira Solano*, de diecisiete años. ¡No pusieron foto de él en el periódico!
—¡Qué van a poner! Si es que de broma sale la noticia por el vainero que formaron los estudiantes allá abajo, en La Guaira, después del crimen cometido por la Metropolitana. Aquí, en Caracas, la cosa ha sido fuerte en los liceos. Mira que uno manda a los muchachos a estudiar y nunca sabe si regresarán sanos, o vendrá como ventolera primero la noticia de que están presos, heridos en un hospital o en la morgue de Bello Monte, adonde los llevan y los entregan el día del carajo en la tarde.
—¡Bueno, mujer, que José Gregorio los proteja!
—¡Mejor dame un dato para jugarme un terminal en la Lotería de Caracas, que ayer me jugué el 48 y salió el 84!
—¡Sí, mi hermana, así nos pasa! Por eso es que yo compro los números anversos y reversos, es decir, que los puedo pegar al revés y al derecho.
—¿Cómo es eso, mujer? ¿Cuáles son esos números?
—¡Ay, mijita: el once, veintidós, treinta y tres, cuarenta y cuatro, cincuenta y cinco, sesenta y seis, setenta y siete, ochenta y ocho, noventa y nueve y cero cero!
—¡Caramba, mija, tú sí sabes! Pero faltó un número que no lo veo aquí, y a ese le tira todas las semanas Ramón Ernesto, mi hijo mayor.
—¿Cuál será, mujer?
—¡Gua! ¿Cuál va a ser? ¡El sesenta y nueve, mija! ¡El sesenta y nueve!
—¡Ay, mujer! ¡Avemaría purísima! ¡El Señor reprenda a Satanás! ¡Dame la cola, Gustavo!
Gustavo Mérida regresaba en ese momento del liceo. Montó en el palo de la bici a la vecina que vivía ahí mismito, a "pat'e mingo" de su casa.
Aquiles Silva
* Felipe Santiago Silveira Solano. Estudiante de 4.º año en el Ciclo Diversificado del Licenciado Francisco Aranda, Maiquetía, asesinado el día miércoles 10 de diciembre de 1975, a las 10 am, por una comisión de la Policía Metropolitana. Gobernador de Caracas: Diego Arria. Presidente de la República: Carlos Andrés Pérez-Fedecámaras-petroleras.
