Un mundo accesible | ¿Moralistas o humanistas?
01/01/2026.- Profundizar en los estigmas de nuestra propia rutina puede que inspire, con la adecuada disposición, un poco de empatía; la suficiente como para llevar al terreno práctico las acciones que consideramos buenas, pero que, hasta ahora, jamás hemos ejecutado. Nuestra sociedad requiere de un empeño que vaya más allá de la esfera laboral: es posible encontrar inspiración, cooperación e incluso deseos de imitación cuando nos involucramos en primera persona.
Una teoría sobre el bien o el mal puede resultar excesivamente frívola. Si existiera una brújula moral, ¿hacia dónde crees que se inclinaría? Mi afán, al inducir una reflexión sobre tales temáticas, no es otro que convertirlas en herramientas de conocimiento. Solo mediante ese camino empedrado, nuestro mensaje trascenderá la retórica y se expresará a través de las acciones.
Cual agua bendita, el bien practicado es capaz de templarte para grandes proezas; momentos trascendentes que en verdad repercuten en la vida de los más infortunados. Son innumerables los signos que nos llaman a nivel global. Aun así, permitir que dicho impulso muera nos condena a pregonar nada más que pobres ensoñaciones y espejismos. Toda buena obra debería propulsar infinitas posibilidades en el mundo. En otras palabras: la evolución es cambio y adaptación. No se trata de una fórmula muerta ni de una ecuación inmutable, sino de un ideal perfectible.
Este profundo precepto entre la perfección concebible y la realidad practicable refleja nuestras experiencias, buenas y malas. Nuestras doctrinas, discursos o ideales jamás podrán alcanzar la perfección, pero hablamos de prácticas que no son contradictorias, sino de caminos que se complementan entre sí. Se trata de un fenómeno natural, ya que la línea de la realidad suele estar muy separada del ensueño o la imaginación. Incluso si partimos de las mejores intenciones, el terreno de la experiencia siempre exige mucho más de nosotros.
¿Para qué intentarlo entonces? Porque incluso los caminos empedrados valen la pena cuando se trata de ser un poco más humanos. Por tal motivo, lo que realmente demerito no es que nuestro mundo no iguale a un sueño, sino lo que despierta en mí un sentido de decepción: el perecimiento, la decadencia o cualquier tipo de renuncia. Somos el faro de las próximas generaciones y, justo ahora, nuestro planeta no ofrece suficiente brillo. Aceptar una atmósfera derrotista y limitarse a la simpleza de las contingencias es el ejemplo opuesto al que queremos dejar. Toda visión corre el riesgo de ser inexacta. Lo condenable es carecer de interés, despojando a la humanidad de nuevos y mejores ideales.
Las críticas ajenas son sumamente sencillas para aquellos que limitan su vida a rutinas predecibles e indiferentes. Debemos recordar que cualquier logro, por pequeño que sea, se realiza en nombre de lo cualitativo. Mientras que el hábito organiza la rutina y a veces solo crea necedad, hay quienes ven (y necesitamos que vean) mucho más allá de estas contradicciones masivas. Aguzar nuestro sentido de las diferencias biopsicosociales nos permitirá vislumbrar qué es lo que vemos, qué hacemos y cómo pensamos. Ciertamente, no es fácil compatibilizar cada aspecto.
Este mensaje, aunque inquietante, encuentra esperanza en las nuevas generaciones, en nuestro planeta y en la humanidad. Esta última no funciona como el vagón de un tren: no llega solo hasta donde cada época estima, ni se deja descifrar por una ecuación. De hecho, yo diría que, enigmáticamente, la humanidad huye incluso de los cálculos progresistas, como si cada engranaje se convirtiese en un estímulo para conquistar el bien presente y establecer las interrogantes sobre la era que comienza.
Angélica Esther Ramírez Gómez
