Vitrina de nimiedades | El síndrome de la verdad contemporánea
29/11/2025.- Tener la razón en estos tiempos es muy fácil. Basta seguir en redes sociales a quienes expresan aquello que pensamos, darle “Me gusta”, enviar por WhatsApp a los grupos de confianza y respirar satisfechos por esa microvictoria personal que quedará en el olvido minutos después. Eso funciona muy bien en el terreno de las opiniones, pero cuando se trata de hechos, contenidos educativos o cualquier tema sobre el que no tenemos posición tomada, el asunto no es tan automático. Hoy, cuando tantas voces hablan a cada segundo, es más difícil determinar qué es creíble.
No es un fenómeno nuevo. ¿Recuerdan las notas periodísticas sobre descubrimientos científicos que todavía leemos hoy? Según esas publicaciones, unas veces el café en exceso es perjudicial; en otras, puede mejorar múltiples condiciones. Para algunos, dormir ocho horas es un hábito irrenunciable para la existencia misma; para otros, con seis horas basta. Pocas veces los lectores se atreven a contrastar, a entender que ese texto solo muestra una mínima parte de un estudio científico, a crearse al menos un criterio para procesar esa información y procurar verla únicamente como una referencia que no define una realidad entera. Así vamos por la vida hasta que un problema de salud nos obliga a creerle solamente a nuestro médico tratante.
Trasladado al mundo digital, hoy se mezclan posiciones, suposiciones, mentiras y verdades sobre cualquier asunto sin ser claro cómo validan las audiencias la credibilidad de quien les habla. No se trata de la reputación de las redes en sí, sino de quienes se presentan en ellas como una autoridad para abordar un área especializada, y cuyo impacto intenta constatarse a través de indicadores de desempeño. Esas estimaciones permiten ubicar a los líderes de opinión clave, codiciados por quienes necesitan hacer marketing en cualquier ámbito.
Esos cálculos, sin embargo, no son suficientes si consideramos dos condiciones fundamentales del panorama mediático contemporáneo. Una es el conocimiento de la misma audiencia sobre cada tema que encuentra en el entorno digital. Dependiendo de su experiencia, formación e intereses, tendrá herramientas para darse cuenta si está frente a información errónea, manipulada o descontextualizada. Y lo que ocurrirá, por lo general, es que estará alerta con unos asuntos y con otros operará como una perfecta incauta. Ya no existe aquel proceso de mediación que, si bien puede ser cuestionable para algunos grupos, intentaba determinar quién podía ser una voz experta en el panorama público.
El otro asunto estriba en lo ético: ¿qué pasa cuando un influenciador usa la reputación que tiene para meterse en otros asuntos? ¿Es tan sencillo trasladar esa credibilidad a los nuevos temas? Si falla en el nuevo territorio que pretende conquistar, ¿puede volver a ser reconocido por su comunidad de usuarios? ¿Tenemos la memoria tan corta para pasar por alto esos deslices digitales?
Quizás, uno de los grandes problemas de la humanidad sea su incapacidad para saber dudar, un ejercicio proscrito en ciertos círculos. Ante las certezas impuestas por quienes venden verdades que rematan con su actitud de “Yo lo digo”, desconfiar con criterio es necesario para enfrentar este síndrome de la verdad contemporánea. ¿Nos atreveremos?
Rosa E. Pellegrino

