Aquí les cuento | Ella, que no sabe hacer otra cosa que amar
Por Aquiles Silva
Y hablando de amores, ocho meses secuestrados. ¡Qué vaina!
04/09/2026.- ¡Cuántos siglos transcurren cada noche mirando los fantasmas de la soledad pasearse por las viguetas del techo, imprimiendo sus rostros en las huellas de lluvia que descienden por la pared y dibujan un mapa, una ruta a seguir! Pero nosotros hemos olvidado las claves para descifrar los códigos recibidos en los juegos de la infancia.
Estamos atragantados de tanta información, de tantos temores y prejuicios. Por la calle desfilan incontables carretillas de ojos y cestas de lenguas de quienes se escandalizan por tu alegría, justamente en el momento en que comienzo a comprender que, como hija del tiempo, como dadora de amor, tengo la finitud de mi propia existencia. Es decir, después de este aleteo de colibrí que es la vida, no habrá espacio para descalzarse las sandalias y echar a andar sobre la arcilla húmeda de la experiencia.
Este es mi momento: las cartas se agotan sobre el verde mantel de la partida. Lo siento ahora, o simplemente estaré sujeta a ver, desde la última fila, la pantalla de esa película que quedó esperando por la decisión de hacer de mí la protagonista: esa mujer que besa y convence al público de su entrega; que hace sentir a los jurados del festival que, cuando lloro, las lágrimas son verdaderas; y que al actor que tengo a mi lado se le estremecen hasta las huellas dactilares con la sola proximidad de mis labios y el aliento a roble florido de mi respiración.
En eso consiste mi deseo, ¡carajo!, en la decisión de lanzarme de pecho al encuentro con esa nube sin forma que es el futuro. ¿Qué tengo que perder? ¡Nada! El sueño está ahí, de pie junto a nosotros. Y en la medida en que no nos hagamos trampas, veremos discurrir los paisajes extraordinarios de estos caminos que hemos recorrido incontables veces y que, transitados hoy desde la visión de los enamorados, descubrimos con nuevas formas, nuevos colores y texturas amables que nos hacen suspirar y sonreír. Cada día, al pasar por los mismos lugares, los apreciamos con la emoción de la primera vez.
Desenfunden, pistoleros y sicarios: apunten contra nosotros y aprieten los gatillos. Notarán con la más fría frustración que la pólvora mojada de la envidia no explotará y los perdigones les caerán flácidos en los tobillos, sin calor y sin fuego alguno. Mientras tanto, nosotros, cerriles, vigorosos y montaraces, relincharemos en los pajonales y nos esmachetaremos hasta los cerros lejanos para ver las puestas de sol y contemplar, en posturas alternativas, las estrellas y esa luna de sangre que se eclipsa a las doce de la noche sobre las sabanas para hacernos supersticiosos, para sonar canarines y maracas, para impedir que los malos espíritus nos hechicen.
Le he contado a un irreverente amigo toda esta aventura.
—Nada desplomará el monumento de cordura que has edificado en esta parte del planeta —¡me dice y se ríe el gran carajo! Responde que no estoy haciendo intento alguno por ceñirme a la frente una corona de laureles, segura de no ser premiada por ninguna academia.
—¡No me interesan esas vainas! —le contesto—. Pero me siento con el derecho de levantar el estandarte de la libertad de amar que tenemos los humanos, y eso no admite negociación alguna.
—Por amor se cruza el océano hasta en una concha de coco —añade él.
Y aunque no soy buena nadadora, ya siento que me lancé y que al garete recorro la cresta de las olas hasta recalar en una playa de una isla donde me esperará un humano, viril y tierno, con una cava de cerveza fría y unos catacos asados con ocumo chino. Yo llevaré mi cuatro para acompañar a las estrellas con nuevas canciones que, segura estoy, brotarán desde mi alegre pecho.
No puedo acumular estos sentimientos ni reprimir los deseos de vivir y de amar que tanto molestan a los inquisidores. ¡Pero allá ellos con su peo! Ojalá temprano la vida les permita comprender que el amor no es una mercancía que se adquiere en los mercados; que la libertad de amar la tenemos los humanos mientras estamos con vida; que las experiencias vividas y nuestros amores pasados serán la savia que nutrirá ese árbol de años que somos y en el que queremos seguir compartiendo nuestras flores y nuestros frutos con los pájaros que nos habitan.
Hoy me toca seguir la marcha, y en cada amor, en cada beso que la vida me depare, estarán impresos todos los amores, todos los abrazos, los hijos, los viajes, las canciones, los poemas y la alegría de vivir que levanto como estandarte en la proa de esta cáscara donde navego, la cual aspira nuevamente, sin naufragar, a llegar a una playa. Y bajo una palmera, o a la sombra de un peñero volcado en la orilla, enterraré sin señas el cofre de los dolores y llenaré de espuma esta alma que dejará su efímera huella en la arena.
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