Aquí les cuento | El cámara Jesús Gómez
Por Aquiles Silva
Nicolás y Cilia siguen secuestrados.
No lo olvides.
28/08/2026.-
—¡Mire que yo soy el mismo que le limpia ese patio en una mañana! ¡Usted no ha visto nada, cámara!
Cada mañana salía de la casa impecablemente vestido y afeitado, con la camisa blanca, el pantalón negro y la fina correa de cordobán de discreta hebilla de metal. Sus alpargatas, segundas, con suela de cuero, salían a imprimir sus pasos por las calles, a ofrecer la mañanera sonrisa a las vecinas que compraban los bollos para el desayuno.
—¡Señor Gómez! ¡Tráigame los bollitos!
—¡Claro! —respondía, y se acercaba a la puerta de la reja, donde Elisa sacaba el paquete de los vapores del maíz y ponía en las manos de Jesús sus humildes monedas.
Después de vender los sesenta bollos de maíz, los cuales llevaba en el reluciente canarín de aluminio comprado hacía diez años en la bodega de Francisco Ramos, a eso de las once de la mañana pasaba frente a la casa con el inconfundible grito de saludo: "Cámara".
—¡Mire, cámara, este canarín me costó solamente cuatro bolívares con un real en la bodega de Ramos!
Claro que Francisco Ramos era también un conuquero conocido que empezó a hacer su negocito vendiendo botellas de kerosén a real, y que después incluyó en la mesita que servía de mostrador un rollo de tabaco y cuero curtido para la fabricación de suelas de alpargatas, confeccionadas de forma extraordinaria por Manuel Brito. Este último conservaba en su casa, dentro de una carpeta marrón, un reportaje de los años sesenta, cuando aparecieron unos musiúes por El Valle, le hicieron una entrevista y la publicaron en una revista por allá en Holanda.
Por cierto que Manuel Brito fue el responsable de que el muchachito dejara de andar descalzo a los siete años, ya que a la escuela Carvajal no se podía asistir con la pata pelá.
—¡Ese es mi tío Jesús! —dijo Carmen Gómez, la vecina, madre de Cuero'e Gallina, ese muchacho blanco que creció en el barrio y que hacía unos diez años se había marchado a Colombia.
Por cierto, hablando de ese país, comentó la vecina a la orilla del río después del soberano aguacero que cayó el miércoles:
—¡Parece que el nuevo presidente de Colombia va a expulsar a todos los venezolanos!
Todo puede esperarse de ese personaje, ya que es un siervo del gobierno de los criminales Trump y Netanyahu. Pero, bueno, de eso seguro seguiremos hablando en cualquier otra crecida del río. O de la quebrada, que se desbordó y se metió para el patio y la casa del vecino Óscar, el hijo de Lilia. Ambos se sientan todas las tardes en la calle, ahí, en ese terreno frente a la entrada de la casa del poeta que escribe cosas.
El río creció grande, con mucha fuerza y por la tele vimos que en Caracas se había desbordado el Guaire y que se había llevado un carro con tres personas: una pareja y su niña. De ellos, solamente se salvó la pequeña; a los padres aún los andan buscando. Es que la naturaleza tiene mucha más fuerza de la que la humanidad puede predecir, y mucho menos controlar.
Cuando Jesús Gómez pasaba frente a la casa rumbo al conuco, uno no lograba distinguir si iba a trabajar o a encontrarse con alguna de las encantadas que habitan en el monte, porque ese señor andaba bien vestido. Pulido, pues. Uno tiene la costumbre de ir a trabajar al conuco con la ropita más pobrecita, pero él no. Ese señor iba al conuco de punto en blanco, como dicen las viejitas del pueblo. Y seis horas más tarde regresaba con su machete en la mano derecha y su morral colgado al hombro del mismo lado, pero impecable. Nada le ensuciaba la ropa.
Mucha gente en el pueblo tiene viejas consejas, como el primo Juan Turipe —a quien le debo mi afición por los cuentos—, quien decía que hay hombres que han hecho pacto con el diablo y que por eso logran hacer cosas extraordinarias que los demás no pueden: aquello de "resbalarse en lo seco y pararse en lo mojado", como dice el refrán.
El cámara Gómez un día me invitó al conuco para que lo viera. Pocos son los hombres que manejan el machete con ambas manos. El cámara Gómez empezaba con la mano derecha y, cuando se cansaba de un lado, se cambiaba el machete a la otra mano.
Al llegar, ya había pasado la cosecha del maíz. Las plantas cosechadas estaban dobladas y abrazadas por los bejucos de las caraotas guaracaras que ya estaban pintonas, listas para comerlas con mapuey. Saben ustedes que, cuando se hierven las guaracaras pintonas, hay que cambiarles el agua, aunque sea una vez, porque amargan. Pero si ustedes no las han probado ni una sola vez, no saben lo que es bueno.
Aquel conuco parecía un jardín. Tenía unas dos hectáreas y uno, realmente, no se explicaba cómo un solo hombre mantenía ese conuco tan bonito y bien atendido.
—¿El diablo?
—¡Qué va! ¡Si el viejo amigo Jesús Gómez hasta evangélico era!
Cuál fue la sorpresa cuando el cámara Gómez pasó un día tan impecablemente vestido rumbo a su conuco y no regresó a la hora acostumbrada. Sus hijas y unos vecinos lo encontraron sin vida bajo un palo sano que quedaba al lado de la quebrada que bordeaba, con su cristalino canto, el conuco.
En su rostro estaba la expresión plácida y sonriente con que saludaba al pasar hacia su diaria faena:
—¡Cámara, vamos pa'l conuco, hombre!
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