Comentarios noticiables | El incidente del golfo de Sidra en Libia
Confirmación política agresiva de los Estados Unidos
Por J. J. Álvarez
29/08/2026.- El choque aéreo entre varios aviones caza Grumman F-14 Tomcat de la Armada de los Estados Unidos (EE. UU.) y dos aviones Sukhoi Su-22 de Libia, el miércoles 19 de agosto de 1981 en el golfo de Sidra —frente a la costa libia—, provocó el derribo de las dos aeronaves de combate libias. Fue un hecho que encerró enormes amenazas para la paz y la seguridad en el mar Mediterráneo y, al mismo tiempo, reafirmó la política belicista y agresiva del gobierno del presidente estadounidense, Ronald Reagan.
La Administración Reagan comenzó ese año una campaña de desestabilización contra el gobierno libio que presidía Muamar el Gadafi. El 9 de octubre de 1973, el ejecutivo libio había comunicado a la comunidad internacional su derecho sobre el antiguo golfo de Sirte (actualmente de Sidra), en la costa libia, al fijar su soberanía marítima en 200 millas náuticas (320 kilómetros) desde sus costas. La Casa Blanca no reconoció dicha soberanía. Desde 1977, EE. UU. ya había realizado ocho maniobras aéreas y marítimas en esa región sin tener razón ni derecho para ejecutar despliegues bélicos en un golfo bajo soberanía libia. Para fortalecer sus planes contra Gadafi, Washington logró la alianza de Túnez, Sudán y Egipto, a los cuales aumentó la cooperación militar, además de concretar la venta de aviones espía a Arabia Saudita.
Desde hacía mucho tiempo se había puesto en marcha un plan para asesinar a Gadafi y desmantelar la estructura política y tribal de Libia, considerada no alineada con los intereses del país norteamericano en Oriente Medio. En el verano de 1981, William Casey, director de la CIA y amigo de Ronald Reagan, dio el visto bueno a la operación Apricot, cuyo objetivo era asesinar al coronel Gadafi. Entre agosto y septiembre de 1981, el periodista del Washington Post Jack Anderson publicó una serie de artículos sensacionalistas sobre la actividad secreta de la CIA ordenada por Reagan. En uno de ellos alertó que se proponía enviar a Libia a un agente con la misión de matar al líder libio mediante un veneno de efecto retardado. A los dos años se filtraron en la prensa otros datos semejantes, como un informe secreto de la CIA, de 23 páginas, en el que se indicaba la vulnerabilidad de Libia y se exponía un amplio programa de medidas políticas, económicas y paramilitares contra ese Estado árabe.
Libia ocupaba entonces el primer lugar en el Índice de Desarrollo Humano de África y ostentaba la esperanza de vida más alta del continente. La educación y la salud recibían especial atención del Estado, el nivel cultural de la población era sobresaliente y la población contaba con abundante alimentación y eficientes servicios sociales. Por ello, el país demandaba constantemente fuerza de trabajo extranjera para ejecutar sus ambiciosos planes de desarrollo social y productivo. El coronel Muamar el Gadafi lideró la Gran Yamahiriya Árabe Libia Popular Socialista, con la que logró contener la acometida de los movimientos en el norte de África y Oriente Medio, que se sometían incondicionalmente a los designios de la realpolitik de las potencias occidentales, las cuales se hacían la vista gorda ante el genocidio del gobierno sionista contra la población palestina.
Libia era también el único país africano con indicadores de desarrollo humano semejantes a los de Europa en esa época: un ingreso per capita aproximado de 13 mil dólares estadounidenses, una esperanza de vida al nacer de 77 años, una población de apenas 6 millones 530 mil habitantes en un vasto territorio de 1 millón 759 mil 540 kilómetros cuadrados, un índice de pobreza inferior al 5% y una tasa de alfabetización del 83%. Esto resultaba incómodo para los Estados Unidos, que lo consideraban una amenaza para sus intereses en África y Oriente Medio. Por tanto, buscaron neutralizar al régimen sin reparar en violaciones al derecho internacional ni descartar acciones directas como el incidente en el golfo de Sidra acontecido aquel miércoles, hace más de 45 años.
Los Estados Unidos, no satisfechos con la escalada agresiva en el golfo de Sidra, endurecieron su postura injerencista para eliminar físicamente a Gadafi, quien defendía comerciar el petróleo internacional fuera del patrón dólar, una postura que a la luz de la crisis financiera resultaba insostenible para Occidente. Así, la demonización de Gadafi, fruto de la desinformación promovida por EE. UU. y su brazo militar, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), dirigió, financió y fortaleció a militares disidentes y a varios grupos de mercenarios para romper el tradicional equilibrio tribal en la Cirenaica libia. Reagan se valió del bloque militar de la OTAN, rapaz e injusto, para bombardear la residencia oficial de Gadafi en Trípoli el 15 de abril de 1986, lo que provocó la muerte de su hija adoptiva Hana y de decenas de civiles, aunque el líder libio resultó ileso.
Décadas después, el 20 de octubre de 2011, Gadafi fue capturado en su ciudad natal, Sirte, por militares traidores y brigadas de mercenarios vinculados a la CIA y la OTAN, quienes lo ejecutaron extrajudicialmente. Al respecto, la secretaria de Estado de EE. UU., Hillary Clinton, exclamó entre risas y parafraseando a Julio César (veni, vidi, vici): "Vinimos, vimos, murió", dejando al descubierto una alarmante obnubilación del juicio.
Esta recurrente actividad bélica de Washington en el mundo insiste en instaurar la ley de la selva —al estilo del western hollywoodense— en las relaciones internacionales. Por ello resulta imprescindible que la solidaridad mundial se mantenga ojo avizor ante estos actos hostiles e intimidatorios de los Estados Unidos, dadas las graves consecuencias que pueden suscitar a escala global.
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