Pluma acústica | Dax Pacem: el metal pesado y áspero de la salsa brava
Por Kike Gavilán

13/08/2026.- Dentro del vasto universo de la salsa en sus años dorados —una época en la que el asfalto botaba candela y parió un sonido pesado y crudo—, existieron agrupaciones que no alcanzaron los masivos reflectores comerciales de los sellos gigantes como Fania y sus subsidiarias, pero que grabaron obras maestras de culto veneradas por los coleccionistas y melómanos más estrictos como oro en paño. Entre estas joyas casi míticas destaca la Dax Pacem Orchestra, un referente absoluto del sonido crudo, callejero y visceral de la época. Un proyecto que editó un único y legendario disco en 1969 bajo el sello Almaral Records y que, sin farandulear en carteles de neón, dejó una escuela de cómo se toca la salsa con el pecho apretao y la calle en las venas.
Dax Pacem es una frase que en latín significa "danos la paz", y podría resultar contradictorio decir que la Dax Pacem Orchestra evocara algo de paz en su propuesta descarnada; pero en esa ironía se refleja el deseo de una juventud marcada por la violencia y la lucha diaria por subsistir en la selva de cemento, que encontró en la música una válvula de escape que le permitió traducir toda esa ira en hermosas y densas obras de arte musical moderno. Su planteamiento huyó de los arreglos sobreproducidos o comerciales, prefiriendo la crudeza de la descarga y el guaguancó callejero directo y punzante para los bailadores de esquina.
En la delantera vocal estuvieron Héctor Rivera y Raymond González, encargados de echar los rompecabezas y ponerle ese afinque guapachoso y bravo a los pregones. La maquinaria rítmica era una maza indetenible: José Vélez, dirigiendo y tirando los acordes precisos desde el piano y ese órgano tan arrechamente raro; Steven Sierra en el bajo, marcando el tumbao con seriedad; Irving Soto, azotando las congas (un chamo que para la época apenas rozaba los quince años y ya metía miedo con el cuero); Willy Rodríguez, castigando el bongó y Víctor Romero, reventando el timbal. A este aparato se sumaba el sabor de Tony Montañez en la flauta, que, por cierto, no era tan puyúa como las charangueras y contrastaba en la banda por su dulzura.

Los trombones: colmillo, filo y agresión sonora
Pero si hay algo que caracteriza y define el sonido de la Dax Pacem es la artillería pesada de trombones. Robert Martínez, Gregory Valentine e Irving Figueroa eran los tres virtuosos que hacían rugir aquel monstruo de tres trompas. Los arreglos no buscaban la dulzura melódica tradicional, sino cortes violentos, afinaciones tensas y un fraseo agresivo, creando una pasta sonora pesada, oscura y metálica con un swing de otra dimensión.
En la salsa de finales de los años sesenta, los trombones venían desplazando a las trompetas en muchas agrupaciones, porque aportaban esa textura oscura, metálica, cortante y pesada. Pero la Dax Pacem llevó esto a otro nivel: su sonido de trombones era más agresivo de lo que ya era bravo. Era una tromba marina que arrasaba como una fuerza indómita con disonancias afiladas en las aceras del barrio. Cuando los trombones se soltaban en los mambos, la orquesta entera parecía venirse abajo en un pandemónium ideal para el bailador vigoroso, exigente y de zapato recio.

Aunque la columna vertebral de la orquesta era el piano de José Vélez, en los arreglos de esta movida neoyorquina underground se colaban texturas que jugaban con la psicodelia latina y los cruces de cable de la época. El uso de teclados eléctricos y órganos les inyectaba un aire denso, casi cinemático, a los temas. Este colchón armónico complementaba la crudeza de los cueros y los metales, creando una atmósfera brumosa que transporta inmediatamente a un club nocturno oscuro, donde el humo de tabaco se corta con navaja y el sudor gotea del techo.
El unigénito salvaje
El único álbum de la Dax Pacem es un verdadero tesoro de principio a fin, pero hay piezas que son realmente una grosería. La tumba es una descarga de categoría mayor, un golpe seco que sacude el sistema nervioso central; una cátedra de cómo se toca una descarga callejera. Salsa la maraca es una cabilla que destila tanto smog como vacilón, donde la flauta, ligeramente desafinada, se entrelaza con la sangre caliente de los trombones a los que parece no importarles nada más que gritar lo suyo. Cuando viene la paz y Dax Pacem son himnos de vida y paz, cantos en contra de la guerra de Vietnam —que para el momento llevaba siete años cobrando vidas, muchas de ellas de jóvenes latinos— y contra la violencia callejera cotidiana en el barrio.

Pero hay un tema que particularmente considero el más interesante. Se trata de Contigo, un candelazo que rompe con el paradigma de que el bolero debe ser suave, aunque desgarre el alma. Esto es un bolero salvaje, hemático, sórdido en su armonía y melancólico en su lírica, capaz de atravesar el pecho como un cañón. Podría decir que es una de las mejores canciones que he escuchado en mi vida. Por un camino parecido, pero más inclinado al latin soul, va el tema I do love you, del que se podría decir que es un bolero en inglés donde la voz, los trombones y el órgano se conjugan provocando una ignición en el alma.
Completan la placa discográfica otros tornados musicales como Bomba, Dulce, Y que no y Oiga el comentario, demostraciones fehacientes de la versatilidad de la orquesta, capaz de moverse entre el romanticismo propio de la juventud y la descarga más violenta sin perder ni una pizca de afinque.
La Dax Pacem es la prueba reina de que la salsa brava no solo vivía de las multinacionales o de los nombres ultrasonoros de la Fania; vivía también de estos experimentos callejeros que olían a barrio profundo. Su propuesta, anclada en unos trombones que no pedían permiso y una ejecución rítmica implacable, sigue resonando hoy en día en los platos de los verdaderos conocedores. Es una joya que nos recuerda que la verdadera salsa siempre lleva el alma en carne viva.
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