Caracas, 04 de julio 2026
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Tinte polisémico | Cataclismo, guerra, invasión, batalla y...

autodeterminación

Por Héctor E. Aponte D.

tintepolisemicohead@gmail.com

04/07/2026.- Un contexto ecuménico de crisis sistémica constituye el panorama de nuestros tiempos, con manifestaciones de ingobernabilidad y anomia política, problemas sanitarios y pandémicos, cambio climático, conflictos bélicos, geopolíticos e híbridos, migraciones, desgaste económico, desempleo, manipulación informativa y los avances y el aprovechamiento asimétrico tecnológico y militar entre el norte y el sur globales. Quizás el desequilibrio de mayor trascendencia sea el de la esfera axiológica —lo ético— y en ese complejo escenario se compromete la sustentabilidad del planeta y de la vida, con la supervivencia del Homo sapiens como especie.

Tenemos hoy la gran tarea los padres y madres, jefes y jefas de familias, líderes y lideresas, aquellos a cargo de responsabilidades en la conducción política de las instituciones del Estado, así como los intelectuales y pedagogos, de gestionar y convivir con las manifestaciones de lo que se ha denominado, en el ámbito académico, como una crisis civilizatoria. Esta, entre tantos otros elementos, tiene su génesis en el modelo económico aún imperante, pero en decadencia, que reacciona con ferocidad y saña contra todo lo que considera amenaza. Su matriz energética se basa en los combustibles fósiles, la lógica del crecimiento ilimitado sin consideración de las restricciones del planeta, el consumo irracional y el tratamiento de la naturaleza sin contemplar las consecuencias ecológicas y la perspectiva de la vida, al ser concebida como otra mercancía. Tal es la lógica de los procesos del sistema capitalista.

Estamos obligados así —especialmente todos los docentes en los distintos niveles educativos— a cumplir con un complicado, exigente e ineludible rol, que demanda contar con ecuanimidad, templanza psíquica y un carácter empático. A pesar de ello, nos encontramos sometidos también a las mismas presiones y vicisitudes para explicar, orientar, hacer comprender y sugerir estrategias a los más jóvenes, a nuestros hijos, nuestros alumnos e inclusive a nuestros colaboradores, en una época, momento histórico o transición al que le encaja el sustantivo de cataclismo.

Las palabras catástrofe, desastre, debacle, tragedia, calamidad, hecatombe, desgracia o conmoción constituyen términos que aplican a la realidad general de los venezolanos, que ha experimentado como población los "impactos" directos e indirectos del deslave por pluviosidad récord en nuestra cordillera de la costa en 1999 y sus consecuencias en el estado Vargas. El mismo territorio, hoy denominado La Guaira, fue sacudido también por un doble terremoto el 24 de junio de 2026, Día de San Juan Bautista, de la gesta de Carabobo y del Ejército Bolivariano.

No obstante, en ese lapso entre 1999 y 2026, junto a los dos fenómenos naturales —deslave y terremoto—, han acontecido además una serie de eventos —concatenados y sistemáticamente inducidos—, ubicados temporalmente a partir de la muerte del presidente constitucional, Hugo Rafael Chávez Frías, el 5 de marzo de 2013, que por razones de índole multifactorial han expuesto la institucionalidad del país y a la población venezolana en general, pero cuyos daños más severos, lógicamente, los han sufrido los grupos de mayor vulnerabilidad: ancianos, menores de edad, embarazadas y aquel sector poblacional con necesidades y condiciones particulares de existencia.

Un denso coctel de situaciones, circunstancias y acciones premeditadas, configurado por el deslave antes comentado —además de golpes de Estado, atentados, hiperinflación, ataques al tipo de cambio y al sistema monetario, secuestro y congelación de activos, desabastecimiento, intentos de invasiones, paro petrolero, huelgas, apagones eléctricos, bloqueo económico-financiero-comercial-jurídico-diplomático-informativo, a través de medidas coercitivas unilaterales y ataques limítrofes contra la soberanía territorial, orquestados desde gobiernos y empresas transnacionales ante instancias supranacionales, campañas informativas de fake news y law fare, entre otras modalidades de acoso y ataques—, se define y enmarca bajo la modalidad de la guerra multinivel y multidimensional, con énfasis en el campo de lo cognitivo, es decir, en la mente de la gente.

Pero el país superó con éxito todos los ataques orquestados después de haber sido señalada la República Bolivariana de Venezuela en el 2015, de forma unilateral y sin fundamentación jurídica alguna, por el gobierno norteamericano, liderado por Barack Hussein Obama, como una amenaza extraordinaria para la seguridad nacional de esa nación, repentinamente después de haber mantenido una relación comercial de suministro de petróleo por más de un siglo.

No había aún concluido el enfrentamiento en el que se habían aplicado sin éxito todas las recetas y fórmulas habidas de estrangulamiento político, económico, informativo, diplomático y jurídico, cuando, como preámbulo, en el primer año del segundo cuarto del siglo XXI, sufrimos una invasión militar por parte de la primera potencia planetaria y el abandono, a nuestra propia suerte, ante el mayor despliegue del apresto aéreo-naval-nuclear imperial frente a nuestras costas. Se desarrolló una operación especial con superlativa superioridad y ventaja tecnológica, bélica, logística y operacional, que implicó, además, el secuestro de nuestro presidente y una diputada, legítimamente electos por voluntad popular. Sin embargo, eso no resultó suficiente, pues las energías de las entrañas del planeta se confabularon para liberarse en un doble sismo, casi simultáneo, que descargó su potencia destructiva en una región geográfica poblada y con la más frágil geología, generando daños materiales, patrimoniales, de infraestructura y, lo más doloroso, provocando incalculables pérdidas de seres humanos, que murieron tapiados bajo los inconmensurables escombros de sus hogares.

El cuadro descrito no es ficción, y resulta imperativo explicar a los jóvenes discentes —una población estudiantil que perdió la posibilidad de la presencialidad en las aulas de clases durante la pandemia— la naturaleza de las causas y los efectos de los múltiples ataques que provocaron la crisis multifacética descrita. Por mencionar algunos de ellos, tenemos la desintegración familiar debida a la migración por motivos económicos y el efecto de desestabilización de las redes sociales y medios digitales, con sus campañas de información falsa e infundada, cuyos fines han sido la división y nuestra desintegración como nación.

Pero nuestra gente sigue en pie, cohesionada, en batalla. Basta verificar en plena calle la espontaneidad, naturalidad y la manifestación de solidaridad automática de nuestro pueblo, que se desplaza valientemente por sus propios medios a las zonas de desastre y que, una vez más, se organiza para participar en los rescates, haciendo cadenas humanas para remover escombros y cavando con sus propias manos para rescatar sobrevivientes y cadáveres. Las comisiones de profesionales y técnicos evalúan los daños, mientras otros recolectan comida, ropa, medicinas y enseres para brindar apoyo logístico. Miles se registran e incorporan como voluntarios y vemos con qué amor y desprendimiento material atienden en los campamentos transitorios a quienes perdieron seres queridos y otros afectos, mascotas, viviendas y pertenencias.

Se puede constatar en las avenidas de la capital del país cómo se aproxima gente en sus vehículos hasta las carpas improvisadas de quienes pernoctan en las calles, por no poder retornar a sus viviendas destruidas o afectadas, para llevarles comida, ropa, dinero o quizás para darles las buenas noches o acompañarlos a compartir un partido del Mundial de Fútbol. Ese es nuestro bravo y noble pueblo, el pueblo resiliente al que le intentan deformar y colapsar su estructura, pero que recupera su conformación con humor y valor; un pueblo que sigue, a pesar de las dificultades, en batalla.

Se ha demostrado una vez más que la cohesión y la unidad institucional y la mayoría de los sectores sensatos de la colectividad nacional frente a la guerra y las catástrofes naturales son parte de nuestros elementos esenciales, además de nuestro gentilicio y el acervo histórico, que nos logran sustentar a pesar de la situación actual de intervención. Ellos deben constituir nuestro norte y razón como nación, y orientarnos hacia el logro de la plena autodeterminación.