Micromentarios | La genuina ingenuidad

Con frecuencia se escucha decir que las ideas y acciones de izquierda solamente se manifiestan en la adolescencia y que tal cosa es similar al sarampión, la enfermedad eruptiva común entre los niños y adolescentes. De hecho, a quienes persistimos en tal forma de pensar se nos tilda de ingenuos.

Según tal mito, solo vives una edad en la que ser rebelde es lo normal y se banaliza el deseo de mejorar el mundo presentándolo como un capricho de juventud, una malacrianza contra los padres y la sociedad.

Quienes así piensan no conciben que, al hacerse adulto, alguien siga creyendo que el mundo puede cambiar para mejor ni que a la par que individuos somos seres sociales.

Lo normal, según ellas y ellos, es que al arribar a esa edad las personas rechacen sus ideales y se entreguen a las serias tareas de hacer dinero y aplastar a quienes se atraviesen en su camino.

Ser adulto, en consecuencia, significa proponerse ser rico, famoso y tener poder, aunque no se sepa qué hacer con este último, aunque ser célebre signifique soledad y aunque el dinero solo sirva para construir enemistades y envidias.

La supuesta madurez consiste en no tomar en cuenta las indispensables interacciones sociales, en irrespetar a los demás y a la naturaleza, y poner la acción de consumir por encima de la de disfrutar la existencia.

La humanidad está cada vez más a merced de las catástrofes naturales, pero el adulto no debe detenerse ante nimiedades como esas, pues toda su atención debe estar centrada en producir riquezas, no importa el daño ecológico que se haga.

Tales son, a muy grandes rasgos, los mensajes egoístas que nos deja la sociedad occidental, en esa especie de manual de vida que ofrecen los medios masivos de comunicación y las redes sociales.

Como valores y principios se promueven el egoísmo, el individualismo, el odio y todo tipo de desprecio hacia la solidaridad y el amor. Hasta se promociona la falsedad según la cual el amor es una falacia. Se pregona que todo hombre tiene su precio y que en las puertas del cielo primero yo que mis padres.

Luego, los mismos que propugnan esto se quejan de lo mal que va el mundo y echan de menos el tiempo pasado, al que consideran superior al presente.

Quienes jamás dejamos de ser jóvenes, quienes cultivamos el amor a la pareja, a los demás y a la naturaleza no podemos ser sino de izquierda. Y no podemos aceptar que el mundo es como es porque haya a quienes convenga económicamente que lo sea.

Hay demasiadas cosas que modificar y transformar, y es un deber imperioso acometer tales tareas a la brevedad posible. Esto jamás ocurrirá desde la derecha. Creer que los derechistas salvarán el mundo sí es un verdadero acto y pensamiento de genuina ingenuidad.

 

Armando José Sequera