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Las dos orillas | ¿Por qué siguen haciendo la guerra?

Brecha entre el dogma de inteligencia, la proyección del dólar y una economía de defensa

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Por Armando Carrieri Hernández


La historia militar de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial presenta una anomalía constante y estructural que se expresa en la coexistencia de una abrumadora hegemonía tecnológica y operativa con una incapacidad sostenida para consolidar victorias políticas duraderas. Mientras el gasto público en defensa alcanza cifras astronómicas y bate récords históricos, el balance de sus intervenciones expone un patrón donde los errores de inteligencia militar y la lógica monetaria perpetúan el conflicto.


El balance tras la Segunda Guerra Mundial

Los análisis históricos y las bases de datos cuantitativas sobre conflictos contemporáneos revelan que, de los 24 frentes e intervenciones principales en los que ha participado la nación desde 1945, solo una minoría ha concluido en victorias estratégicas definitivas. El registro de la era de posguerra se sintetiza en un balance de apenas 4 victorias decisivas pero no unilaterales como el caso de la Segunda Guerra Mundial, 5 derrotas abiertas y 15 resultados inconclusos o estancamientos prolongados.


Múltiples analistas y especialistas sostienen que la única victoria estratégica indiscutible y de gran escala lograda por Washington desde la Segunda Guerra Mundial fue la Guerra del Golfo en 1991, sumada a intervenciones regionales de menor envergadura como Granada (1983), Panamá (1989) o los bombardeos en Kosovo (1999). En contraste, las intervenciones directas de gran magnitud exponen severas limitaciones: la Guerra de Corea (1950-1953) terminó en un armisticio y un empate técnico vigente hasta hoy, mientras que la Guerra de Vietnam (1955-1975) constituyó una derrota estratégica abierta.


En el siglo XXI, las campañas prolongadas en Irak (2003-2011) y Afganistán (2001-2021) derivaron en costosas ocupaciones, el surgimiento de insurgencias complejas y el colapso final de los objetivos iniciales declarados como de “democratización” e ingeniería social. Incluso el éxito táctico de la Guerra del Golfo en 1991 es matizado por los historiadores, al señalar que sentó las bases para la desestabilización posterior de la región y desencadenó las intervenciones más problemáticas de las décadas siguientes.


La falla de inteligencia y la ilusión de la guerra corta

El rendimiento militar estadounidense fluctúa de forma drástica según la duración del conflicto. Los datos de análisis recientes sobre las intervenciones de la era moderna indican que Estados Unidos logra una tasa de éxito cercana al 89% en operaciones que duran menos de seis meses. Sin embargo, cuando la contienda supera ese umbral temporal, la probabilidad de victoria cae drásticamente a un 50%.


El colapso estratégico ocurre en la transición de la fuerza bruta al control territorial, impulsado por graves fallas de inteligencia militar. La doctrina del Pentágono prioriza la destrucción masiva de capacidades enemigas e ignora las dinámicas culturales, políticas y sociales postconflicto. En la invasión de Irak de 2003, las fuerzas armadas lograron rápidamente derrocar al gobierno de Saddam Hussein en pocas semanas. No obstante, la incapacidad para prever la resistencia insurgente y la lectura errónea del tejido social transformaron un triunfo táctico inmediato en un desgaste prolongado, costoso e ingobernable.


Conflictos por procuración, drones y escenarios abiertos

Más allá de los despliegues masivos de tropas, la proyección de poder estadounidense opera mediante la vinculación indirecta. Esta modalidad abarca el financiamiento a facciones locales, la provisión de inteligencia estratégica, el entrenamiento táctico y la transferencia masiva de armamento. La guerra por procuración (proxy warfare) se ha consolidado como el mecanismo preferido para desgastar a rivales geopolíticos sin asumir el costo político de enviar tropas sobre el terreno.


La proliferación de intervenciones contemporáneas sin resolución clara ejemplifica este modelo: la OTAN y Estados Unidos derrocaron al régimen en Libia (2011) generando un colapso estatal permanente; la presencia militar en el Sahel (Níger y la región) terminó en expulsiones diplomáticas; la intervención en Siria (2014) perpetúa un escenario fragmentado; la campaña global de drones y la contrainsurgencia contra el terrorismo operan sin límites territoriales; el sostén bélico en Yemen (2015) extendió la crisis regional; y la confrontación militar en el Mar Rojo contra los Hutíes (2023) evidencia las barreras para disuadir actores no estatales.


A esta arquitectura se suma la privatización de la guerra mediante corporaciones militares. Este modelo de procuración, automatización aérea y contratación privada atiza conflictos de bajo nivel de forma indefinida, devastando la infraestructura local y generando vacíos de poder que alimentan inestabilidades regionales de larga duración.


La geopolítica del dólar y la economía del conflicto

Para comprender por qué la acumulación de fracasos estratégicos no detiene la maquinaria bélica, es imprescindible examinar la estructura económica que la sustenta. Un informe del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI) señala que, en 2024, los ingresos por armas de las 39 principales empresas estadounidenses alcanzaron los 334.000 millones de dólares, lo que representa casi la mitad del total mundial.


El motor de esta industria es el flujo continuo de dinero público. El presupuesto de defensa del Pentágono para el año fiscal 2026 alcanzó los 961.000 millones de dólares. Entre 2020 y 2024, las empresas del sector recibieron pedidos del Departamento de Defensa por un valor acumulado de 2,4 billones de dólares. Además, Estados Unidos domina el comercio internacional de defensa con el 42% del mercado global de exportación, mientras que el Departamento de Estado gestiona más de 16.000 pedidos activos valorados en más de 900.000 millones de dólares.


Las tensiones geopolíticas y el estallido de frentes bélicos actúan como un catalizador inmediato de beneficios corporativos. La escalada de conflictos recientes disparó las carteras de pedidos de gigantes como Lockheed Martin, Northrop Grumman y RTX, entre otros, destacando contratos individuales que superan los 50.000 millones de dólares para la producción de misiles y sistemas defensivos.


Esta presencia militar planetaria no busca únicamente resolver focos de inestabilidad, sino asegurar las rutas del comercio global y respaldar la arquitectura financiera que mantiene al dólar como moneda de reserva internacional. En consecuencia, las fallas de inteligencia y la rentabilidad del complejo industrial-financiero se alimentan mutuamente: las lecturas erróneas garantizan la extensión de las operaciones, mientras que la necesidad de respaldar el orden monetario justifica mantener la demanda operativa de forma continua.


La pregunta relevante para la geopolítica contemporánea no es por qué Estados Unidos no logra ganar las guerras que inicia, sino cómo los fallos recurrentes de su inteligencia militar terminan sirviendo perfectamente a un diseño financiero, industrial y monetario cuya métrica de éxito no requiere la firma de un tratado de paz, sino la continuidad del contrato.