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Letra fría | La adequización de la república

o bailar al son que te toquen

Por Humberto Márquez 

18/09/2026.- Ese, más o menos, es el contenido del cuarto capítulo de La patria bohemia que nació derrotada. Semblanza de grupo de la República del Este, la tesis de las muchachas aquellas de la Católica, Lissy de Abreu Gallego y Aline Dos Reis Albuja. Lo que no supimos nunca fue si lo de la infiltración de cualquier movimiento que medio oliera a izquierda eran fábulas de la revolución o si, ciertamente, las fuerzas de seguridad penetraban pequeños movimientos sociales, políticos e incluso artísticos; pero, de pronto, apareció una suerte de adequización de aquella charada llamada la República del Este. Ya hemos contado cómo un borrachín de la tolda blanca se escapaba de sus comandos de campaña para ir a beber con los poetas y huir furtivamente con La Poderosa. Lusinchi era amigo de Caupo. Recuerdo una mañana en el antiguo Hilton; yo andaba en campaña por el libro Bolero, de Lisandro Otero, contratado por el gallego Gonzalo Rodríguez, editor de la novela y de todos aquellos gandules de La República, incluyéndome, y no sé si fue casualidad o le habíamos tendido una emboscada literaria a Lusinchi, que ya era presidente en 1984, y a la salida del hotel, Caupo le entregó el libro y, al abrirlo frente a su pecho, agazapado en uno de los materos de la salida, el pana Echeverría le tiró la foto, que después publicaría nuestro querido Eleazar Díaz Rangel en una de las revistas de la Cadena Capriles.

Lo del libro de Lisandro no es por echonerías mías, sino que, como lo vengo diciendo, el concepto de este libro está inspirado (Ah, porque no se olviden de que esta historia comenzó cuando encontré los manuscritos del libro El velorio de la República del Este, y por eso nos montamos en varios capítulos que han venido surgiendo) en el supuesto velorio de Benny Moré, en su novela Bolero. Pero, aparte de Lusinchi, un adeco galleguiano, Manuel Alfredo Rodríguez, gran amigo del Caupo, quien, por cierto, no hacía diferencias políticas a la hora de la amistad. A ese lo hice llorar una vez por un artículo mío en el Suplemento Cultural de Últimas Noticias, que salió el mismo día de uno de esos aquelarres dizque literarios en honor a esa momia, y puse al escritor José Balza, a Fray Cesáreo Armellada y al fabulador Ramón Paz Ipuana a denunciar la farsa de Gallegos. ¡Ustedes me van a disculpar, pero es que me cuesta mucho quedarme al margen y siempre termino metiendo la cuchareta!

Pero volviendo al capítulo de marras, Manuel Alfredo terminó siendo presidente de la República del Este, y no sé si antes o después ya había comenzado la infiltración adeca. Había un coqueteo de homenajes a Luis Beltrán Prieto Figueroa que, por lo más, era poeta, ¡buen poeta!, pero hoy me sorprende Carlos Canache Mata, que también escribía, no sé qué tan bien, aparte de que era médico y abogado. Los republicanos sesionaban a veces en Las Mercedes, en el Hereford, sobre todo Adriano, que vivía diagonal al restaurante y enfrente quedaba la Galería Durban del Loro Segnini, que no sé por qué en la tesis le nombran “Escalera”. Lo que no sabía era que César Segnini también había sido adeco. Lo cierto es que el gabinete de Manuel Alfredo se reunía en La Durban semanalmente. Como buen adeco, comenzó a implantar el orden y la constitucionalidad en la República y a lo mejor por eso lo derrocaron por un golpe de Estado dirigido por Caupolicán; nada extraño tiene que esas ideas institucionales fueran sugeridas por el propio Caupo, para luego darle el golpe de ideología “surrealista”, que fue fraguado en el restaurante La Chuleta, y por eso se denominó El Chuletazo. La Chuleta era un pequeño restaurante que quedaba a 3 cuadras del Triángulo, diagonal a las tascas morochas, cerca de El Maní y La Quintana. La historia indica que Caupolicán estaba jugando sus cartas. ¡Demasiado pilas el pana!

De esa época que hemos perfilado de infiltraciones, aparte de dirigentes políticos de diversos partidos, Alfonso Montilla, por ejemplo, llevó un día a Jóvito Villalba. Junto al torero Curro Girón, había personajes como el periodista Junio Pérez Blasini, odiado por muchos por mantener tribuna permanente contra la izquierda y la guerrilla, pero aun así llegó a ser presidente de la República del Este en 1978 o, algo peor, el policía Atahualpa Montes, un digepol que reprimió a la izquierda en varios gobiernos adecos y copeyanos, pero, como era un mecenas de la caña, muchos republicanos lo aceptaban y hasta lo celebraban. Eso no era bien visto por Salvador Garmendia y La Negra, su esposa, de por qué homenajeaban a adecos y otros personajillos. O incluso, Orlando Araujo y el Chino Valera Mora le llegaron a ofrecer unos coñazos al sapo Montes.

Después de las infiltraciones y ya en plena Venezuela saudita en tiempos de Carlos Andrés Pérez, proliferaron los almuerzos y cenas con whisky del bueno, pero, sobre todo, becas y agregadurías culturales en el mundo, en lo que Jesús Sanoja Hernández describió como la “incibización” de los intelectuales de izquierda, por las prebendas recibidas, primero por el Inciba y luego por el Conac. Caupolicán, por ejemplo, le vendió la biblioteca de su abuelo, La Gran Papelería del Mundo, a todos los gobiernos. Jeje.

Hay un elemento clave que siempre sospechamos, pero son estas talentosas tesistas las que vienen a corroborármelo. En la Escuela de Letras, a Simón Alberto Consalvi le decíamos “La Espada Culta del Régimen”, y no por casualidad tuvo la idea de crear el Inciba, bajo su tutela en 1965; la revista Imagen, Monteávila Editores y el premio Rómulo Gallegos, que ganaría Vargas Llosa en 1968, y me atrevería a creer que también tuvo que ver con las becas Gran Mariscal de Ayacucho; por eso no dudo que fuera Consalvi el artífice de la “pacificación” de los intelectuales de izquierda.

De las disidencias más fuertes, fue la de Ludovico Silva, que hizo una carta que enfureció a Caupo y a Orlando Araujo, porque lo de Salvador y La Negra fue un punto de vista personal, sin estridencias, y no por eso dejaron de ir a los bares. Sin embargo, fueron otros factores los que acabaron con la República del Este, entre ellos el Viernes Negro en febrero del 83, que puso el whisky caro, y la inauguración del Metro de Caracas, que cambió la fachada de Sabana Grande, que era como un vecindario pintoresco de poetas, pintores y artistas en general, y de pronto llegó la avalancha humana que facilitaba el Metro, que incluyó la plaga de los buhoneros.