Las dos orillas | La guerra en tu cabeza
Cuando Rubio cambia el sentido de las palabras sin que te des cuenta
Por Armando Carrieri Hernández
26/07/2026.- Este artículo tiene como correlato la conversación informal entre el profe Pedro Penso y este escribidor. Acabábamos de salir del programa de radio que se transmite por La Radio del Sur y de un intercambio con visos de análisis de coyuntura con nuestra querida amiga Nieves Valdez Mederico. Luego de almorzar a las seis de la tarde, nos sentamos en un local en Chacaíto donde, entre la música a todo volumen y la inmensa pantalla que pasaba un partido de futbol, surgió el tema de los significados y los sentidos en el discurso político de funcionarios estadounidenses.
Me decía Penso que los voceros del alto gobierno gringo, principalmente Rubio, “le han cambiado el significado al signo. Resignifican, no solo resemantizan. Se ha producido una cosmética conceptual durante la ofensiva del pensamiento neoconservador que se impuso en el arrollador avance del proyecto globalizado neoliberal”. Yo recordaba mis apuntes de lingüística de la universidad y le decía que no lo veo así, que una cosa es el significado y otra el sentido. Estuvimos unos minutos en esa discusión y ambos nos fuimos para nuestras casas. Mi viaje de regreso a donde vivo, más largo que el de Pedro, me sirvió para cavilar sobre esas distinciones y cómo están operando en la comunicación política.
Cada vez que vemos un debate en televisión, abrimos una red social o escuchamos las declaraciones de un alto funcionario internacional, nos encontramos en medio de una batalla silenciosa. No es una guerra de datos ni de intenciones neutras; es una pelea por las palabras que definen la realidad colectiva. En esta contienda, la trampa más vieja y efectiva del mercadeo y la diplomacia política consiste en hacernos creer que nos informan sobre un hecho técnico o humanitario, mientras activan en tu cabeza un encuadre ideológico determinado.
Para entender cómo funciona esta maquinaria de persuasión, hay que destapar un secreto básico de la comunicación humana: la brecha entre lo que una palabra significa y el sentido que adquiere en el discurso público.
La trampa del diccionario vs. los "juegos de lenguaje"
Busquemos la palabra "casa" en el diccionario. Su definición nos dirá que es una construcción cubierta destinada a ser habitada. Eso es el significado literal: la definición fría, neutral y objetiva que todos compartimos, arbitraria y producto de una convención social. Pero si pensamos en nuestra casa, esa palabra dispara recuerdos, seguridad o el esfuerzo de toda una vida. Ese es el sentido. El sentido no está atrapado en el papel; nace en la mente de quien escucha, cargado de emociones, valores y marcos políticos.
Esta distinción no es un invento moderno. Hace más de un siglo, el filósofo alemán Gottlob Frege descubrió algo que los estrategas de campaña y voceros internacionales aplican hoy a diario: dos expresiones pueden referirse exactamente al mismo hecho real, pero presentarlo desde un prisma que cambia por completo la forma en que el público lo interpreta.
Años más tarde, Ludwig Wittgenstein revolucionó la filosofía del lenguaje al plantear que 'el significado de una palabra es su uso en el lenguaje". En sus Investigaciones filosóficas, Wittgenstein introdujo el concepto de los "juegos de lenguaje", cuya esencia radica en la noción de que las palabras no son etiquetas fijas, sino herramientas que adquieren reglas y sentido según el contexto práctico y las intenciones del hablante. En una línea convergente desde la psicolingüística, Lev Vygotsky explicó que el sentido es maleable y se moldea según la vivencia de quien te habla.
Ahí es donde entra la geopolítica. Un vocero estatal o diplomático rara vez intenta alterar las definiciones del diccionario. Lo que busca es cambiar las reglas del "juego de lenguaje" para moldear el sentido de los acontecimientos y legitimar sus acciones sin necesidad de someterlas a debate.
El discurso de Marco Rubio
El lingüista estadounidense George Lakoff demostró que nuestra mente opera mediante "marcos mentales", estructuras invisibles que condicionan cómo procesamos la información. Las recientes declaraciones de Marco Rubio, respecto a Venezuela tras los devastadores terremotos, son un ejemplo paradigmático de cómo se construye el sentido alrededor de una crisis dentro de un juego de lenguaje diplomático.
Cuando Rubio destaca que EE. UU. destina "más de 180 millones de dólares" e intentará facilitar "acceso a financiamiento y crédito global" para la reconstrucción, la cifra presupuestaria representa el significado técnico del anuncio. Sin embargo, el encuadre crea un sentido de tutela benevolente y salvación económica. El crédito y la ayuda humanitaria dejan de percibirse como instrumentos de influencia geopolítica para instalarse en el imaginario como una muestra de patrocinio indispensable.
Al referirse al grupo parlamentario de 2015, Rubio no se limita a mencionarlo como un sector de la oposición, sino que añade minuciosamente el calificativo de "la última Asamblea Nacional elegida democráticamente, el grupo que reconocemos como el gobierno legítimo". El objetivo no es informar sobre quiénes asistieron a una reunión, sino inyectar un sentido de exclusividad moral y validez institucional sobre un sector específico, invisibilizando a otros actores del espectro político.
Mientras describe las próximas conversaciones de agosto, el discurso elude la palabra neutral "diálogo" o "negociación política" para catalogarlas directamente como el inicio de un "proceso de transición que es lo que el pueblo de Venezuela necesita". Al sustituir la noción de consenso multilateral por la de "transición inevitable", se fija un sentido predeterminado sobre el resultado de las conversaciones antes de que hayan comenzado.
En ninguno de estos casos la vocería busca simplemente reportar un dato de la coyuntura. El objetivo es guiar la interpretación hacia una conclusión política concreta mediante las reglas de su propio juego discursivo.
El eufemismo como arma y el pensamiento crítico como escudo
Michel Foucault advirtió que el discurso no es solo el reflejo de las luchas de poder, sino el escenario mismo donde el poder se ejerce. Cuando la diplomacia empaqueta decisiones estratégicas bajo etiquetas como “asistencia humanitaria”, “legitimidad” o “transición inevitable”, está manipulando las emociones del espectador para adormecer el juicio crítico.
En el ecosistema digital, caracterizado por el consumo acelerado de noticias y clips, la imposición de sentidos ocurre a gran velocidad. Cultivar un pensamiento crítico exige ejercitar una sana sospecha lingüística ante cualquier narrativa oficial, identificando a los diseñadores de cada encuadre, reconociendo el juego de lenguaje en el que se intenta involucrar al espectador y desenmascarando las dimensiones de la realidad que quedan ocultas tras la selección de palabras. Descifrar la trampa de los sentidos no es solo un dilema teórico; es nuestra principal herramienta de autodefensa ciudadana y soberanía.
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