La Copa Mundial de Fútbol de la FIFA: un amor inconfesable
En un país beisbolero, amar el fútbol resultaba una pasión que debía ocultarse
12/06/26.- A Germán nunca le gustó el fútbol, básicamente porque le parecía que se trataba de once pendejos en chorcitos, corriendo detrás de una pelota.
Por eso, cuando sus hijos varones se interesaron por el deporte, procuró arrimarlos al diamante, donde todo se desenvuelve en nueve episodios. A cada uno de sus seis hijos varones, los curtió en el arte de leer estadísticas, entender averages, descifrar los farragosos términos que los cirujanos del beisbol usaban en los periódicos, a no olvidar las reglas básicas: atrapa y lanza a primera base, y mucho más importante, a admirar a Jackie Robinson.
Y es que a mediados de las décadas de los años 60 y los 70, el beisbol era un deporte muchísimo más rentable que el fútbol en Venezuela. Hasta ese momento, el balompié no era más que un pasatiempo que practicaban los burguesitos, hijos de migrantes europeos en los colegios privados de las ciudades capitales del país.
Ni Germán ni sus hijos supieron nunca el nombre de ningún equipo de fútbol, local o extranjero. Tampoco eran capaces de diferenciar a Di Stéfano del Matador Kempes. Conocían a Pelé, eso sí, por la simple razón de que su foto aparecía con frecuencia en los diarios, quizá tanto como los políticos locales.
Pero cada cuatro años (nadie sabe aún hoy el por qué), y con la puntualidad de una cita con un diplomático inglés, Germán sacaba parte de sus ahorros, depositados en la cuenta de prestaciones sociales, para comprarse un televisor nuevo.
Cada cuatro años, y sin darle a nadie la más mínima explicación, conectaba el aparato nuevo en la sala de su casa y se atragantaba de partidos, resúmenes, noticias y comentarios. Veía todos, todos los partidos de fútbol de principio a fin, sin importarle quién jugase, ni de qué equipo se tratara. Pero lo más llamativo era que celebraba cada gol como si fuese un jonrón con bases llenas. Celebraba los de ambos equipos en cancha.
Él iba, cada cuatro años, de televisor en televisor, lo mismo que el escritor uruguayo Eduardo Galeano, de cancha en cancha, considerándose “un mendigo del buen fútbol, que recorre los estadios y pide una linda jugadita, por amor de Dios”.
Ese mes del mundial, en casa de Germán no había novelas ni oportunidad de ver series o películas. Lo cierto es que él nunca aceptó reproches de sus hijos o su esposa acerca de ese amor oculto por los mundiales de fútbol.
Tanto se esforzaba en no confesarlo que guardaba silencio en su trabajo cuando iniciaban las charlas sobre el partido de la jornada anterior. Si por casualidad alguno de sus compañeros le buscaba la conversación, Germán clavaba los ojos en el periódico, como quien está absolutamente concentrado en la lectura, y así evitaba que lo descubriesen.
Una tarde, mientras hacía que sus perros corrieran en el parque más cercano, un vecino le preguntó porqué sus perros se llamaban Garrincha y Beckenbauer. Germán no dudó un segundo en responder que se llamaban así, por la misma razón por la que nombró a sus hijos mayores Guillermo y Jesús, porque le dio la gana.
ERNESTO J. NAVARRO / CIUDAD CCS
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