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Palabras... | Relato

La originalidad es el mejor de los plagios.

Carlos Angulo

22/10/2026.- La demencia es el paraíso de los que saltan la razón convencional enferma. Es el sueño clandestino de la eternidad reprimida, el placer postergado de lo desconocido debido a la esperanza que se espera religiosamente. Aunque no a tanto llegó Camille Claudel (Aisne, Francia, 8 de diciembre de 1864-Montdevergues, Vaucluse, Francia, 19 de octubre de 1943), quien estuvo internada 30 años en sano juicio en un psiquiátrico por orden de su madre, debido al hecho de asumirse escultora mujer en tiempos reinantes del patriarcado de la supuesta Bella Época.

La madre nunca respondió sus cartas, que tampoco fueron enviadas por parte del recinto hospitalario, que cumplió con esa orden durante tres décadas, pues la madre costeaba económicamente cada mes. Nunca perdonó a su hija, a pesar de su extrema religiosidad; ni tan siquiera en todo ese tiempo fue a visitarla alguna vez.

Camille Claudel fue enterrada en el cementerio de Montdevergues, en una fosa común, al no ser reclamados sus restos por nadie. En ese lugar se perdieron, al ser utilizada la fosa para otros servicios de cristiana sepultura más rentables. Colaboradora de las mejores obras y ligada sentimentalmente a Auguste Rodin, el escultor más famoso del mundo, quien poco hizo por liberarla del infierno, a pesar de que en su agonía la llamaba como una necesidad. O Antonin Artaud, el marsellés creador del teatro de la crueldad —que de crueldad nunca tuvo nada—, quien, debido a una meningitis en su primera infancia, sufrió trastornos de la personalidad que lo llevaron a ser internado, por largas temporadas, en diversos hospitales psiquiátricos, con el infortunio de haber sido sometido a múltiples descargas eléctricas provenientes de la última tecnología francesa brutal de su tiempo, el electroschock. Fue un aparato inventado para ser usado en pacientes mentales luego de que, por casualidad, al ver en un frigorífico descargarles altos niveles de electricidad a los cerdos, los curiosos se asombraran de que algunos quedaran vivos. La perversidad y la desgracia nunca tuvieron dolientes ni derechos en estas áreas, y nadie pagó por ello. Como a Paganini, el insuperable violinista portador del síndrome de Marfan —de los dedos largos, cuyos rasgos desfigurados lo colocaron como el único que podía alcanzar notas imposibles en un violín, sumido en el cementerio de los instrumentos nada importantes—, su fama traspasó todas las creencias; y ser llamado el Diablo del Violín le costó pasar 36 años en un ataúd sin poder ser enterrado por prohibición de la Iglesia.

Esta humanidad, vencida y burlada por su carga de desgracias infligidas, declina; ya adolece de insistir. Cubriéndose de lo inanimado y de lo material, abandona a su suerte intervenida todo aquel cielo por asalto, aquella rebeldía joven de la insurgencia —que otrora también llamaron una locura cuando dijeron que nadie podría detener la primavera, pero que fue exitosa en ciertos planos de la geografía global—.

No es plagio la locura dentro del cuerpo, sino escisión planificada detrás de la normalidad incompleta. No es algoritmo: es la vida deforme por la inaccesibilidad confabulada a lo posible, para colarse, en proceso de transformación, a existir junto a la mira de la incomprensión continuada. ¡Cómo se incomprende el universo! ¡Desde dónde venimos todos: del mismo polvo de estrellas, del mismo azul del ojo cíclope de la mar! Y el día y la noche, que en las altas horas de la nocturnidad nos recuerdan, sumidos en lo sensible, la belleza de la que pudiésemos haber sido dignos por nuestro origen celeste como especie.

Para acosarnos, desprendiendo la totalidad de los movimientos sigilosos, el algoritmo de la naturaleza nos desborda en contenido y respuestas infalibles con las cuales se nutren los sueños, para el alivio de la conjetura y la pavesa de los créditos entendidos como enhorabuena.

Desde ahí, de esa gama de contradicciones, se copia la inteligencia artificial, pero con la esclavitud de que jamás extraerá los sentimientos, los sentidos y lo que persiste, anónimo y bello, detrás de la palabra ancestral, que explica la nada sin espacio adonde volveremos: al cero de la muerte.

Pero debe haber otro algoritmo natural en ese lugar común donde se dice "te traje con el pensamiento" o "en este momento estaba pensando en ti". Relativo a las conclusiones a las que llegó Einstein —que ocultó por un largo tiempo—, donde daba respuesta en torno a si a alguien muy cercano al sentimiento le pasa algo o muere, se siente como un código de aviso en el cuerpo. Tal vez eso esté asociado a esa cientificidad, la de si separas un átomo y en cualquier lugar del mundo pones una de las partes, al mover una, la otra igual se moverá, independientemente del tiempo y espacio. Seguramente ahí radica la ciencia del control remoto, la energía alterna, la fusión nuclear y, por qué no, la telepatía.

Naturaleza originaria que sabe diferente al algoritmo naturalizado, a la inteligencia artificial con su elocuente margen de error. Está inspirada en el egocentrismo a través de la hipótesis de naturalizar lo que no pueden desmentir y que proviene de la naturaleza real. Por tanto, se quedan como métodos tecnológicos que intentan plagiar los acontecimientos biológicos, químicos, cuánticos, al estilo de Darwin, pero sin acariciar una rosa, ni llenarse de barro las botas ni de tormenta su travesía por el mundo. Como zombis carentes de observación, se instalan en sus aposentos, apenas exclusivos, del lenguaje y el sionismo de los intereses, con frialdad incluida. No hay diseño; nada desde cero ni desde la muerte. Es una copia vulgar de lo que a la evolución le ha costado construir con perfección millones de años. Por supuesto, sin los millones de años. Lo que evidencia, en sus resquicios, que Dios diseña, con la muerte de la flor, la consecuencia del sentimiento. A diferencia de la naturaleza, que al crear todo le anexa la comprensión; el dolor lo pone cada quien de acuerdo a sus circunstancias.

De toda esa naturaleza nos seguimos alejando, del allegro natural de Mozart o la primavera de Vivaldi; aún más, en la opción selectiva del camino torcido de las guerras, que trafican con las sombras colocando a los músicos como tapón, pretendiendo al final del enredo y de su fondo oscuro inventar un otoño para devolver el tiempo, y así evitar sus muertes por más poder que tengan.

Desde ese contexto, digamos que la fusión nuclear llevó la maldición a Nagasaki y a la obsesión por la bomba de hidrógeno que también abatió a Oppenheimer, el padre de la comisión nuclear y de las bombas explotadas en Japón. El tiempo que vendría entonces sería el mundo contra los reactores nucleares por el riesgo para las poblaciones, donde Chernóbil les daría la razón. Y llegó el silencio global sobre el tema, que fue usado por el poder transnacional a través de otras estrategias clandestinas, que dieron como resultado el proyecto ITER, el sol particular copiado en el laboratorio, para producir energía limpia y otros peligrosos accesorios, casi culminado positivamente 30 años después, con el financiamiento de unas 35 naciones, en tierra francesa. Sigilosamente han logrado que nadie se interese ni se entere de esa monstruosidad, ni siquiera el movimiento rebelde que quema París debido a la inconsistencia de las políticas regionales recibidas como órdenes extranjeras desde América.

Agradezco a la ruleta de lo vital no haberme entregado a esa infernal preocupación, ni calzado esa noción de alegría falsa que habita en la tristumbre: esa que destilan los seres de la apariencia, quienes, traicionando, recostados al horizonte parecen felices, pero invisibilizan que vienen de levantar las cenizas con que dejaron esparcir la plaga de su ocaso.