Palabra... | Café Pushkin, Moscú
Por Carlos Angulo
A Natalie
15/10/2026.- Del éxito de los otros, aparte y distante, también se puede refundar una razón.
Gracias a Alexander Moreno, encargado de responsabilidades políticas de la República Democrática de Corea del Norte en Venezuela, que incluían el desarrollo de la idea Juche, creada por su fundador Kim iL-sung, esa vez llegamos de paso a Moscú, el periodista y amigo Willian Giménez y yo, en agosto de 1989.
Ya el lumpen esperaba la caída de la Unión Soviética. Veníamos de pasar por el Período Especial cubano, acosado en dificultades y derrumbe a objeto del bloqueo imperial, a no ser por el comandante Fidel Castro y su inspiración noble de resistencia. Mientras en Venezuela, el cuero seco, como decía Alí Primera en una de sus composiciones, se volteaba con el Guarenazo, o como lo oficializaron: el Caracazo, contra la coronación del presidente electo Carlos Andrés Pérez, dejando miles de víctimas ocasionadas por la Policía Metropolitana.
La Plaza Roja era impresionante; hicimos la corta fila que se hacía para, organizadamente, avanzar a ver el mausoleo de Lenin. Yo cargaba en mente para luego visitar un café nombrado exquisitamente en una canción que me había impactado tanto sensiblemente, hasta el punto del deseo de un gran amor así, grabada en 1964. Incluida en Cuba en cancioneros escolares y prohibida en otros países por comunista. El trío chileno de Ciudad Cañete, fundado en 1954, que la regrababa, Los Hermanos Arriagada, se decían apolíticos.
Describen en la letra de la canción al Café Pushkin, con lujos y detalles amorosos, y lo ubicaban como a 100 metros del sitio donde estaba embalsamado el cuerpo de Lenin. Y hacia allí nos dirigimos; efervescía mi contentura evidenciada en la prisa.
Decepción terrible y desaire espantoso a las sorprendidas emociones; no existía ningún café, nunca lo hubo, fue una creación poética.
En noviembre del 2009 vi y conocí a Natalie en un Café con Letras que yo dirigía, creado especialmente para el canto y la poesía. Increíble, realmente comparable todo lo esencial. Un amor sujetado a lo imposible, un hermoso ser amado por siempre, como deben ser amadas sanamente todas las mujeres que alguien haya tenido la dicha de encontrar o predecir, así ya no sean parte de la existencia.
Y le conté sobre su nombre y que me hacía bien en la memoria. Ignoro si creyó sobre mi paso por la Plaza Roja de Moscú en plena Guerra Fría, incluyendo eso de que la recordaba para ese momento en el anhelo y la premonición.
Afortunadamente, el objetivo de lo imposible es hacerse posible, tal cual como los sueños al amor o las predicciones poéticas al hecho.
Narro con agrado y reacomodo emotivo que en 1999 fue fundado el Café Pushkin en Moscú, para complacencia de la leyenda, con la actuación del intérprete y compositor francés Gilbert Bécaud, aunque escrita por Pierre Delanoë, a quien le costó un año convencerlo de que cantara Natalie, el tema que rezaba sobre un amor imposible, que como tal se consume.
Y yo, agendando aquella vez, que de la tumba de Lenin iríamos al Café Pushkin a tomar un chocolate, pero ahora sí existe, a un kilómetro de la Plaza Roja, unos 15 minutos caminando, pensativo tal vez sobre las predicciones de los entornos futuros de alguien similar de nombre, expresada como guía de un tiempo envuelto en los giros de las volteretas que da el mundo para hacer girar los dados del porvenir.
Pero para estos tiempos en crisis, considero fuera de la agenda volver a buscar al Café Pushkin, y menos si no pudo edificarse cerca de la tumba de Lenin. Mas, se ha hecho tarde en la vida, y nadie puede matar en el cuerpo una decepción.
La canción Natalie (1964), continentalmente, se convirtió en un símbolo de la Plaza Roja y del comunismo en Rusia. Aprovechando esa algarabía, inmediatamente los Hermanos Arriagada la adaptan y publican, proyectándose también como un éxito mundial.
Los turistas, al llegar a Moscú, traían en su organización visitar el Café Pushkin, pero ignoraban, como yo, que solo había sido producto de la imaginación. No obstante, tal deseo obligó a otro soñador, Andrei Dellos, empresario y restaurador, a idearlo y edificar, hasta lograr complacer al turismo, a una necesidad inmortal y a su empedernida emoción con la creación de estas inigualables ocurrencias de la poesía.
Quizás sea la única canción cuya idea haya sido materializada en un lugar, direccionado como Boulevard Taverskoy, veintiséis, Moscú, 125009, casi como el poeta de la canción lo imaginó.
No menos trágico el hecho de ir a un lugar que ansías conocer y no existe, la muerte de Aleksandr Pushkin, el padre de la literatura rusa moderna, el gran poeta romántico, apasionado, nostálgico y de carácter impulsivo. Protagonista de múltiples retos de honor, quien, fiel a su literatura, perece a los 37 años cuando fue alcanzado en un duelo a tiros en defensa del honor de su esposa, cuyo nombre, no ajeno a este relato, Natalia, completa seguramente los intríngulis que rondan a la creación y sus azares de esta canción.
La hija de Nathalie, la guía de aquella noche de amor, que nunca fue a París, completa la mayor de las tristezas. Sola con una hija carteándose a los 20 años con su padre, en medio de la extrema austeridad de la Guerra Fría, y al hombro el recuerdo de un amante extranjero a quien nunca volvió a ver. Queda sí, otra canción, ya grabada en francés, devenida de esas cartas.
Toda esa atmósfera aristocrática, con fondo de librería clásica rusa y modales en lenguaje antiguo, de romance y melancolía creada por el poeta de la construcción Andrei Dellos, debería sentirse en el Café Pushkin.
Sorbiendo un chocolate caliente, mirando la nieve caer, dibujando los trazos del tapiz sobre el piso solitario de la Plaza Roja de Moscú, como si fuese una página en blanco donde escribir el verso inmortal anónimo que estaba sucediendo.
Una tristalgia profunda, cálida, poética, circunscribe el aliento. Un par de amores prendidos a un romance de cristal en riesgo, arrollado por un tiempo gris y temeroso, al acecho circunstancial de la incertidumbre del Telón de Acero que separaba la Unión Soviética del mundo, por lo que la promesa intensa de Nathalie no estaba consciente de las restricciones políticas de la época.
Como podemos percibir, los hechos también oscilan, por lo que ningún amor está seguro en este mundo económico, cercado, además, de otras guerras más ineptas, por atinadamente exitosa que sea la vida cotidiana. Debido a esas circunstancias, hay ocasiones múltiples en las que, en lo personal, tampoco existen las condiciones para resolver un deseo ni su decoro. La fuerza torpe de la realidad política, el legado cultural obsoleto, la moda doméstica de la reiteración pueden más que el destino preconcebido con sabiduría. De ese acontecer está hecha la maleza cotidiana con que se incendia lo que pudo ser la constante alegría.
La vida en modo de amor repetido, la conversa inconsistente, temerosa, transversalizada por la cruz, el debate atravesado con la esperanza en decadencia, el grito como argumento, y un país avanzando en su luz ciega como si fuera una apuesta clandestina a la burla de la historia, no da para más, y menos para otro amor en este mundo a lo Natalie en el Café Pushkin o en el Café con Letras.
Lomas de Tabure, 7 de octubre 2026
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