Tinte polisémico | Sendos temblores y desnuda oscilación
Héctor Eduardo Aponte Díaz
Preside el sacerdote el servicio religioso, sus expresiones faciales y las miradas lascivas se le escapan, lo delatan, al observar las siluetas de los cuerpos de Venus que destacan sobre sus atuendos de aquellas jóvenes que llegan retardadas al templo.
Ellas buscan acomodo a través de las filas de los asientos, dan la espalda al púlpito al atravesar y eludir las piernas de los asistentes ya acomodados, evitan caerse y, al esquivar, se montan con sus pies sobre los largueros de maderas que sirven para arrodillarse cuando la liturgia lo demanda. Tratan así diligentemente de ubicar puestos y evitar interrumpir lo mínimo posible la misa, pero de esa forma, también exponen sus caderas y posaderas a la atenta e incisiva mirada del cura.
Contribuyen con la atmósfera religiosa, la creada por la presencia de las damas mayores asiduas, que tampoco pierden detalle alguno de la escena, se persignan todas, pero algunas de ellas, no precisamente por las santísimas palabras del sermón dominical que escuchan de la boca del presbítero; la indignación sobrepasa la prudencia y una de las asistentes le comenta en voz baja a las otras contiguas a ambos lados de su ubicación, con aire de beata: mi esposo me dijo haberlo visto, en el restaurant que frecuenta, con una acompañante de dudosa reputación y en actitud muy alegre, vestido de paisano, consumiendo desaforadamente tragos; y le responde una: el hábito no hace al monje, es su conducta; la otra con ojos desorbitados expresa: Ave María Purísima ¿en manos de quién estamos?
Súbitamente se escuchan estruendos, la estructura de la iglesia cruje, todo se estremece, los lampadarios oscilan, las estatuas de los santos y santas se tambalean y caen, los vitrales de las ventanas se desprenden y se estrellan contra el piso y terminan por fragmentarse en miles de pedazos, reina la confusión, estallan gritos, llantos y el terror general se apodera del espacio; todos los presentes dada la intensidad y duración del temblor, miran fijamente con angustia hacia arriba, a las bóvedas del recinto, todos creen que se les derrumbará el techo sobre sus cabezas.
Han transcurridos solo segundos que se han convertidos en una eternidad, se desata entonces un caos, unos corren y huyen desesperados, otros se arrodillan y oran, hay quienes simplemente están paralizados, entran en shock, los más serenos observan y evalúan por donde evacuar desde el lugar donde se encuentran, el pastor sin dudar abandona su puesto y olvida a sus ovejas, su rol de conductor y guía espiritual, ejecuta un singular salto atlético desde el altar y cae en el pasillo central del templo y emprende el abandono del lugar vociferando: ¡terremotoooooo!.
En su estrepitosa huída, la holgada sotana se le engancha y enreda en uno de los ángulos de un banco, dada la potencia y velocidad con la que escapa, se le rasga y se le desprende un gran pedazo de la prenda, quedando al desnudo desde la cintura hasta los tobillos: la mitad inferior de todo su cuerpo al descubierto, gran sorpresa para los asistentes que le observan, no llevaba ni pantalones, ni ropa interior, su virilidad y voluntades al aire libre se mecen alternativamente a ambos lados sin restricción, impulsados tanto por la veloz escapada como por el telúrico movimiento del suelo que hace difícil mantenerse en balance y en pie.
Quedó grabada en la mente de la feligresía, la estampa de la imagen a contraluz solar de un hombre en retirada por el portal principal de acceso a la iglesia desde la calle, agitando los brazos hacia el cielo y la contracción alternativa al descubierto de sus glúteos en desesperada carrera.
Pasados los días, no se supo más del paradero del padre: En una conversación entre diácono y monaguillos, surgió el siguiente comentario:
“La Providencia cuenta con la sabiduría infinita y sus formas misteriosas de manifestarse, en circunstancias y oportunidades particulares, como cuando las entrañas de la tierra desatan su furia, para poner en evidencia a las criaturas que no cumplen con sus designios y las expone al escarnio público sin contemplaciones, al desnudar las oscilaciones de sus campanarios y sus sentaderas.”
Culminado el comentario, reina un breve silencio reflexivo, los que asistían al padre se miran a las caras con cierta picardía de complicidad y espontáneamente al unísono se descargan y desembocan en una colectiva y estruendosa carcajada….
Email:
tintepolisemicohead@gmail.com
Caracas, 07 de octubre de 2026.
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