Palabras... | El viejo truco patalea
Por Carlos Angulo
De Moscú al barrio El Carmen
El tiempo pasado nunca fue mejor desde que comenzó la historia de la desigualdad social. Quien
cuida mucho lo que ama es porque sospecha que se está yendo. Si perdemos el último sueño
démonos por muertos. No tenemos cien años para esperar perder lo que tenemos, en vez de
profundizarnos para no perdernos como legado.
Qué vaina, a tan poco tiempo de su muerte, las cosas se han vuelto sospechosas. Un dólar le cae a
palos a la soberanía y grita groseramente hacia donde va el descuido. Con un rublo en la Unión
Soviética, el pueblo comía diariamente y le daban vuelto. El mercado rubio fue subiendo de
pronto, desproporcionadamente, debido a la insospechada injerencia, a veintiún rublos por dólar,
haciendo imposible comer a la cuerda popular aparentemente más débil. Y ya no había zapatos
que comprar, vestido que comprar, necesidad real que comprar, alimento que comer si no era
pagado en el mercado paralelo, a precios imposibles para los que sostenían, con su fuerza de
trabajo, la Revolución de Octubre. El viejo método del debilitamiento económico como arma
imperial
La fecha, 1989, estábamos de paso en la embajada de Corea del Norte en Moscú, ahí ya se sabía
del estruendo, cuando vimos los retratos de Stalin y otros, que antes estaban en las paredes,
escondidos detrás de los muebles. Pero también se sentía la debacle, en el movimiento exagerado
de los aeropuertos y fronteras, gente entrando con dólares a llevarse brutalmente barato lo que
era producido para los soviéticos, incluyendo los camaradxs, los vecinxs y el resto de aliadxs y pare
de sufrir. Gente saliendo cargada de todo lo que soportaba su equipaje, haciendo negocios con la
vida de una idea y el sentimiento de un pueblo. Nosotros mismos comimos caviar y vinos por
primera vez en la vida, como si fuera gran vaina, al costo incipiente de unos diez dólares en uno de
los mejores restaurantes, hasta extraviarnos de muerte y vino, y vomitar caviar en el frío y la
neblina, de regreso a la embajada. Nosotros, digo Willian Jiménez, amigo militante de la liga
socialista y yo, que ya había sido robado en un hotel en el transcurso del viaje, vivimos como
reyes por un instante, si a eso se le puede llamar así, o traición de clase. Ese sentimiento, nada más,
nos permitió, como los meros nobles impostores, saber lo que es robar a un pueblo.
Viendo solidariamente a los extraordinarios payasos del circo de Moscú, en su increíble sede,
mientras comíamos el mejor helado probado hasta ahora por pobres como nosotros, nos
percatamos de que ya no era la misma risa. También lo confirmamos, en la boca de los taxistas
metidos a políticos promedio. Quienes ya añoraban a los gringos cerca a liberarlos, odiando tanta
búsqueda de la igualdad y la construcción en colectivo de la soberanía de su historia, en su país.
Allí percibimos también que el sistema financiero internacional ya llevaba demasiados años
atracando, construyendo la injerencia y armando la estocada final llamada perestroika o política
reformista llevada a cabo en la Unión Soviética tras la llegada al poder (1985) del político
infiltrado, graduado en la universidad gringa de Harvard, un tal llamado Gorbachov, como
tiempo después así lo confesó el mismo Mijaíl, que su papel de espía político era destruir,
a través del separatismo, a la Unión Soviética, caracterizada por el glásnost, una apertura
de la mercadotecnia, del libre mercado, alianza con los países del bloque occidental
compartiendo la transparencia y cierta liberalización del sistema económico y cambio de
valores hacia el consumismo: Algo así como liberar los precios, no al oprimido. Con esta
política venía atrás oculta, por supuesto, una excesiva deslealtad, al hacer la guerra a los
pueblos con la injerencia de tecnología política social de punta como armas desconocidas
para ese tiempo. Pueblo cuya única preocupación era producir gente mientras ellos, los
gringos, lo que les importaba era producir dinero.
Antes, ya habíamos estado en Cuba; era el Período Especial Cubano. Yo en verdad no sé
cómo pudieron sobrevivir, a no ser por esa unidad monolítica del pueblo, conformada por
Fidel. No se encontraba nada, y en la libreta que garantizaba la comida por el Estado
revolucionario, solo abastecía lo mínimo. Excepto en el mercado catire o paralelo,
que también para ese tiempo, eran las mismas políticas de la injerencia, reforzadas por el
bloqueo. Veintiún pesos cubanos por dólar. La queja del pueblo era terrible y lógica, y era
lo que oían los niños que formarían las nuevas generaciones. Y detrás de eso estaban los
idénticos malditos de siempre, el imperio norteamericano, dándole tetero y piropos a los
utilizados y vendidos contra su propio pueblo, el producto pobre mejor moldeado del
capitalismo. Pero no pudieron pasar, y aun así, el pueblo cubano, con todas las
complicaciones, dificultad económica, con un periodo especial mayor que se le avecina,
impulsado por la profundización del bloqueo gringo, ahí están exportando solidaridad,
donando medicina y dando la cara y poniendo desprendidamente el corazón por sus
principios éticos y solidarios, que encarnan los proyecto socialistas, las revoluciones.
Pensar que para ese tiempo, 1989, mientras las ideas por una sociedad socialista y
comunista, que no es más que por la vida digna y el porvenir del ecoplaneta, y contra la
globalización del hambre se desmoronaba cautiva de la ingenuidad política, en las
Europas, ahora llamada la Unión Europea, que, como vemos en la actualidad, en tiempos
del coronavirus, está pegada con saliva’e loro. Gran parte se derrumbó del sistema
socialista, no del credo de los pueblos a simple vista, pero sí, gracias al desvío, no de la
idea, sino de la brutalidad visionaria de sus conductores.
Coincidencialmente, en ese mismo año 1989, cuando se desmoronaba la Unión Soviética,
el pueblo venezolano ya se había entrado a coñazos contra las políticas hambreadoras
del Fondo Monetario Internacional anunciadas durante el gobierno de Carlos Andrés
Pérez. Las protestas comenzaron el 27 de febrero en Guarenas y finalizaron el 8 de marzo
de 1989 en la ciudad de Caracas. Todo debido a que el pueblo venezolano ya no
soportaba más tanta corrupción, desempleo, pobreza, hambre, represión y, para colmo,
viendo el circo de una nueva burguesía que se la daba de noble, de realeza, tanto así que
a la posesión del cargo de presidente, que le tocaba a Carlos Andrés Pérez, se le llamó la
Coronación. Tres mil muertos interesadamente mal contados, se estima costó la
respuesta del pueblo a tanta injusticia.
Qué rigor, no sé por qué en la patria de Bolívar y Chávez, desgraciadamente por ahora,
un sector juega a la estafa, la especulación, al desorden económico, como contribuyendo
a la muerte de todo lo que se ha transformado en colectivo, ya sea generando o
comprando inflación, haciéndose la vista gorda o dejando pasar.
Qué decir del legado, ahora resistimos, luego de ser vanguardia. Aunque confieso, que de
nosotros como pueblo, sumido a veces, callado, anónimo otras, siempre construimos
certeras repuestas colectivas, consensos del sentimiento contra la injusticia. Nosotros, que
estamos acostumbrados al hambre, a la plaga, al agua contaminada, a la comida que nos
dejan, al maltrato, la exclusión, la desorganización como forma de organización para que
no sepan dónde seguimos repensándonos; continuaremos por el camino del legado una
vez más, pase lo que pase. Sobre todo ahora que sí tenemos qué perder. Me pregunto,
ustedes, ¿en qué lugar se esconderán para obedecer desde el extranjero esta guerra
declarada contra nuestro mismo pueblo?, ¿dónde se ocultarán para que no los encontremos bajo
este mismo cielo?
Qué ladilla, todo esto lo pienso y reescribo, exactamente en el mismo instante en que ella
salta la talanquera y se pasa al otro bando, el de la sociedad civil, dejándome a mansalva
en este cogeculo político, y esta incertidumbre de la experticia al carro que me vendieron,
por el que estoy preso, ya que estaban adulterados los seriales de la carrocería, como su
amor.
Angulo, C. (2016, Venezuela). Del libro A saber. Impreso en los talleres de la Tipografía Horizonte. Editado por Estrella Editorial, Guatemala.
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