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Micromentarios | Una lección de solidaridad

Por Armando José Sequera

01/09/2026.- Los pájaros que venían al merendero que teníamos en uno de los balcones de mi apartamento no duraban mucho tiempo como clientes asiduos: apenas dos o tres meses.

Ello se debía a que, si bien pasaban una temporada en la urbanización, por lo general, se movían entre esta y otras cercanas, donde hay árboles frutales y personas que, como nosotros —mi esposa y yo—, les daban de comer.

A pocos cientos de metros, hay montañas casi siempre verdes y ellos las usaban —y las usan— como dormitorio o abasto. Mas, como detrás de esas montañas hay otras urbanizaciones en la hermana ciudad de San Diego, de repente desaparecen porque se han mudado para allá.

Una vez cruzada esa frontera, se quedan de aquel lado, que tiene mayor cantidad de vegetación silvestre.

Por cierto, una de las dos razones por las que elegimos el apartamento donde residimos fue la siguiente: no hay un minuto sin que se vea pasar frente a nosotros a un pájaro en vuelo raudo.

Hasta el momento, entre nuestros visitantes hemos identificado 21 especies de aves: paraulatas, reinitas, azulejos, carpinteros jabados, paraulatas llaneras y paraulatas ojos de candil, cardenalitos, conotos, atrapamoscas, tordos y al menos dos especies de cristofués.

En los salientes del edificio viven varias familias de vencejos y ver a los pichones en el día y momento de su primer vuelo —supervisados por sus padres— es uno de los espectáculos más hermosos que he presenciado.

Entre nuestros visitantes, hubo uno que se hizo inolvidable y al que extrañamos cada vez que dirigimos la mirada hacia los dos platos de barro cocido que les tenemos como piscinas: lo llamamos Sin Colita, pues la había perdido, quién sabe en qué gesta.

Sin Colita, un reinita, se hizo famoso en nuestra casa y entre nuestros parientes y amistades por su capacidad de lucha.

En los platos donde les ponemos agua, donde se refrescan y beben del líquido nuestros invitados, predomina una pandilla de azulejos.

Los integrantes de esta bandada locuaz —jamás están en silencio— toman ambos platos y no dejan que nadie los use.

Sin Colita los burlaba, metiéndose en un plato y, cuando lo iban a sacar, saltaba por encima de los azulejos —sin importarle cuántos fueran— y se metía en el otro.

Iban tras él y volvía a pasarles por encima para aterrizar en el primer plato.

Un día en que uno de los recipientes se hallaba copado por los azulejos, les cayó Sin Colita como del cielo, en forma de bala emplumada, y los asustó tanto que se pudo bañar durante un rato a sus anchas y sus largas.

La máxima hazaña de Sin Colita, sin embargo, no fue esta. Ocurrió un día en que yo acababa de llenar de agua uno de los platos. Segundos después, llegó él.

Mientras se refrescaba, pasaron por el cielo dos turpiales persiguiendo a un gavilán. Ambos turpiales anidaban bajo el tanque de agua del segundo edificio al oeste del nuestro, distante unos cuarenta metros.

El día anterior y ese mismo, el gavilán merodeó el nido y ambos padres salieron en defensa, no sé si de los huevos o de los polluelos.

De no haber presenciado lo que sucedió a continuación, tal vez lo consideraría increíble: mientras se bañaba, Sin Colita vio lo que ocurría y, de improviso, tomó impulso y se elevó en dirección al gavilán.

Sin temor alguno, pese a que el rapaz era como dieciséis veces más grande que él, lo acometió a picotazos sobre la cabeza y la espalda, como si el problema fuera con él y no con los turpiales.

Ahí comprendí que ese pájaro era único y que me acababa de dar una absoluta y contundente lección de solidaridad.

A partir de ese momento, tenerle su agua para que se bañara —nunca quiso comer de los cambures y plátanos que les poníamos a nuestros huéspedes— dejó de ser un compromiso de amor y se convirtió, además, en un privilegio.

Sin Colita siguió viniendo dos semanas más y luego desapareció, junto a los otros reinitas que nos visitaban.

Aunque luego han venido muchos otros pájaros, extrañamos sobremanera a Sin Colita, ese corazón emplumado de diez centímetros que, por corazón enorme, a duras penas cabe en la memoria.