Al derecho y al revés | Investigando a los hasta ahora intocables
Por Domingo Alberto Rangel
26/08/2026.- Sabiendo que el ser humano de la peor ralea, si eso existiese, en algún momento te puede ayudar a salir de apuros y que, también, de existir el ser más bueno, en otro momento te puede patear el trasero, no discrimino a casi nadie y tengo amistades en todos los rincones del espectro.
De hecho, algunos muy buenos amigos acaban de salir de altos cargos del Estado bolivariano. Nunca los llamé o visité durante sus días de gloria, y no porque no les iba a dar la ocasión —que nunca llegó, afortunadamente— para que dejaran de contestar una llamada o responder un escrito, sino para evitar las pendejadas que suelen escribir los ociosos si se enteran "por alguien que vio" la supuesta escena de mi persona ingresando escondido a los despachos de mis amigos.
Bien, la ruleta de la vida está cambiando y al menos a dos de estas viejas amistades los sacaron de sus cargos. Por algo, un exgobernador con quien trabajé, y de quien aprendí el ABC de la administración pública cuando interactúa con los poderes privados, sostenía que "uno no debe enamorarse de las oficinas".
Los poderes del Estado son pasajeros, salvo en las dictaduras... pero ese no es el caso.
Ahora sí he llamado a estos amigos que fueron defenestrados, y con ellos he sostenido largas conversaciones como en los tiempos ya idos.
Frecuentándolos, me doy cuenta de que ambos son ejemplos de austeridad y que, por las evidencias, ninguno metió mano en los dineros públicos o se aprovechó personalmente de sus altísimos cargos.
Uno de ellos aún tiene como su vehículo personal un ya viejo Niva ruso, que adquirió mediante un crédito que hace más de medio siglo daba la universidad. En cuanto a sus ingresos, cuenta con una jubilación modesta, como son las de esta Venezuela empobrecida con sanciones y disparates.
El otro amigo regresa de un alto cargo diplomático, donde no se aprovechó para, digamos, importar un automóvil. Se puede decir que ambos son ejemplos o casos que desmienten la conseja polarizada según la cual "todos los políticos son ladrones".
Casos como estos abundan en ambos espectros de la política: uno de mis tíos fue ministro de Interiores tres veces durante el puntofijismo y dos veces gobernador. Cuando falleció, tuvimos que organizar una vaca entre los asistentes al velorio para pagar su entierro.
Y ejemplos así, conozco varios.
De hecho, para corroborar esta hipótesis de pocos corruptos, recuerdo que un amigo sociólogo hizo una investigación en varias oficinas del Estado para ver qué porcentaje de funcionarios efectivamente podía birlarse bienes gubernamentales, más allá de un rollo de papel sanitario.
El resultado era predecible si uno deja de escuchar las bolserías que, sin aportar pruebas, lanzan a diario en las redes personajes las más de las veces inútiles y llenos de odio.
En una oficina —pública o privada—, por lo general ninguno de los empleados tiene chance de robar nada, y entre los que pueden, pocos caen.
Dirá el envenenado de las redes que "cómo se explica el empobrecimiento del país sin los robos de políticos": esa tarea no es difícil si se emprende la tesis sin el veneno de los odios.
La mayor parte del presupuesto se va en sueldos y algunas obras. De allí es difícil escamotear una gran cantidad. El empobrecimiento se explica con el aumento de la población, el petróleo como único bien exportable, los disparates y las sanciones.
Aparte de que los grandes sinvergüenzas ni siquiera son los políticos: son los miembros del sector privado, que llegan "con grandes ideas" a trabajar en el sector público.
¡Allí están los grandes corruptos y corruptores, pero con ellos no se meten los medios y tampoco las redes, que manifiestamente están llenas de bandidos y extorsionadores!
A esos es a quienes hay que investigar, ¡pero son intocables!
Compartir










