Aquí les cuento | Margarita (y III)
Por Aquiles Silva
La solidaridad es la más clara manifestación de amor.
21/08/2026.- Tú me dirás si le asistía razón al viejo Víctor II Arcaya para mantener en el alma, durante tanto tiempo, ese pesado fardo de odio por un nombre, porque no todas las Marías son santas, ni todas las Magdalenas, pecadoras.
Pero, viéndolo bien, hay nombres que nos remiten a lugares, a recuerdos, a dolores y placeres. Lo sensato, digo —si se puede hablar de sensatez cuando de sentimientos se trata—, sería pasar la página de esa novela de terror y buscar en nuevas ediciones de la literatura de nuestro consumo aquellas imágenes y pasajes narrativos que nos hagan suspirar y sentir alegres.
A nadie se le ocurriría jamás invitar al viejo Víctor a visitar el estado Nueva Esparta, formado por un grupo de islas entre las que destacan, desde luego, Coche, Cubagua y la isla mayor, donde se encuentran las ciudades de La Asunción, Porlamar y Juangriego, entre otras. Ya ustedes imaginarán el nombre de la isla y yo, por no meterme en problemas con esa mapanare, me limito a insinuarlo.
Y no se hable de aquel pueblecito que queda entre Onoto y Aragua de Barcelona, por la vía de La Guacharaca, que se llama La Margarita del Llano. ¡Qué culpa tienen nuestros pueblos, heroicos por demás, de llevar esos nombres! O que a la pobre muchacha aquella, hija del dueño de la ferretería de Calabozo, la hubiesen bautizado con la seña de esa flor de los deseos.
Los culpables de nuestros problemas siempre serán otros; nosotros cargamos el portafolio de los éxitos y diplomas, mientras que de los fracasos ni nos acordamos. Aun así, mi abuelo —que no me avergüenza decirlo— pareciera haber mandado a bordar con estambres de oro el estandarte de las derrotas que cargaba como divisa eterna.
Mi padre, el doctor, se transformó en el amansafieras del edificio. Por un lado, optó por llevarle tortas al menos un par de veces a la semana a la conserje y preguntarle por sus familiares y por el paisaje de la isla de Madeira, de donde, como ya saben, era oriunda, y adonde, desde los remotos años noventa del siglo pasado, no había retornado ni pisado sus puertos.
—¡Algún día nos animamos e iremos a conocer tu pueblo! —le había dicho el doctor.
Ella suspiró profundo y le contestó:
—¡Ayyyyy, doctor!
Eso ocurrió hace unos cinco años y nunca más se habló del asunto.
Del otro lado del océano, los padres de Margarita, sus tíos y los tres hermanos que dejó allí estaban bien. Afortunadamente, gracias a la tecnología, ya podía hablar con su señora madre, quien a sus noventa abriles gozaba de una lucidez extraordinaria, y con su padre, dedicado a la pesca y al ahumado de sardinas, que también poseía una excelente salud.
—¿Cuándo regresas, Margarita? —era el clamor de la madre.
Ella le decía que volvería de visita en diciembre de ese año, pues había ahorrado durante mucho tiempo para darse el gusto del reencuentro familiar. Aunque el doctor solo le hubiese insinuado aquel viaje, la sugerencia bastó para activar en ella los deseos de retornar a saludar y respirar el aroma del hogar dejado siete lustros atrás.
El doctor, mi padre, optó por aplicarle una terapia eficiente a Víctor II, quien a los ochenta y ocho años tenía suficiente salud y una energía equina para hacerle la vida imposible a la conserje, a quien le endilgaba apodos cada vez que se le ocurría y trataba de destruir, con su verbo de termita, lo que ella, con trabajo, respeto, paciencia y amor por los vecinos, había construido en ese tiempo.
El doctor empezó a comprarle las cervezas a mi abuelo y lo obligó a beberlas en unos vasos exclusivos, ya que a pico de botella era muy riesgoso para él, según le explicó. Los vasos eran previamente untados con una mezcla de somnífero con amansaguapo que medio tranquilizaba al viejo. Eso no duró mucho, porque la cerveza le sabía igualito a la sustancia que segregan las robeleras cuando te las arrancas de la horqueta de los dedos y las machacas con los premolares derechos.
¡Ah, viejito para joder!
Las razones de Margarita eran supremas comparadas con las del gran Páter Nostrum, pero ella sabía que algún día le llegaría la revancha.
La naturaleza mostró su fuerza y sacudió la tierra.
—¡Todos estuvimos ahí! —dijo mi padre.
El edificio Playa Mansa no tenía un certificado de excepción y también sufrió graves daños. Se fue desplomando poco a poco, dando tiempo a los habitantes de desalojar todos los apartamentos bajo el liderazgo de Margarita. Los vecinos se reunieron en la playa, separada de la avenida por la acera y los cocoteros.
—¡Solo falta el papá del doctor! —fue el clamor unánime.
Margarita corrió hacia el edificio hasta perderse entre el polvo. Los gritos de alarma la acompañaron. Todo era llanto y confusión.
Avanzó a tientas hasta su jardín; las macetas estaban fracturadas y, sobre el confuso lecho de escombros, se encontraba Víctor II. Tenía el cinturón desajustado de la cadera y los orines le habían mojado las mangas del pantalón.
Margarita lo tocó y sintió que estaba con vida. El viejo se abrazó a su salvadora y se dejó guiar hasta abandonar el edificio.
El viejo llanero, con el rostro empolvado, se sujetaba los calzones con la mano derecha, mientras que en la izquierda llevaba tres hermosas margaritas, arrancadas quién sabe en qué momento, cuando se sintió despedido del mundo por mandato de la mala suerte.
Epílogo
Después de aquel heroico esfuerzo realizado por Margarita, en toda La Guaira se comentó el suceso. La gente se preguntaba de dónde sacó tanta fuerza para mover los escombros de la escalera que habían aprisionado a Víctor II, quien además fue la única víctima que entraría en las estadísticas de aquel inmueble, cuyo tablero de ajedrez se había agrietado cuatro minutos después de las seis.
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