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Las dos orillas | La era de los genios

Cuando la utopía educativa choca con el pragmatismo

Por Armando Carrieri Hernández

09/08/2026.- Pasaron exactamente 115 años, 6 meses y 17 días entre el nacimiento de el Precursor, Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez Espinoza, en 1750, y la muerte de el Libertador de las Letras, Andrés de Jesús María y José Bello López, en 1865. Un siglo y tres lustros que conjugaron la coexistencia de cinco genios de inobjetable talla universal, nacidos en esta Tierra de Gracia.

En ese lapso de tiempo (tanto la referencia como el asombro los tomo de mis lecturas de Francisco “Pancho” Herrera Luque), la entonces Capitanía General de Venezuela parió en estricto orden a Miranda, Bello, Rodríguez, Bolívar y Sucre. Según Herrera Luque, esa coincidencia temporal de hombres que supieron, cada uno desde su ámbito de lucha, fraguar la independencia de Nuestra América es casi única en la historia universal: parece más un sortilegio emancipador que un azar o un capricho de la Providencia. 

La lista podría ser más larga, pero sabemos que toda lista lleva en sí la impronta de la exclusión. Tanta genialidad en su acepción más arcaica para referirnos a aquel que engendra, que crea, que da vida, sin duda, trajo también choques y conflictos en estos hijos de una era. Sobre una de esas disputas entre libertadores escribiremos este artículo que tiene como punto de partida la reflexión del historiador Juan Romero en una charla organizada esta semana por el Centro Internacional Miranda en el Centro de Saberes Africanos, Americanos y Caribeños. Romero construyó su intervención partiendo de la premisa de la antifragilidad bolivariana: Bolívar, el hombre de las dificultades, y en un momento de su exposición expresó la necesidad de profundizar en los desacuerdos entre Simón Rodríguez y Antonio José de Sucre. 

Grandes desencuentros

La historia del desencuentro entre Simón Rodríguez y Antonio José de Sucre en Chuquisaca suele contarse como una disputa entre un maestro incomprendido y un gobernante incapaz de reconocer su genio. La escena, sin embargo, es más compleja. En Bolivia no solo chocaron dos temperamentos, también se enfrentaron dos maneras de concebir la educación republicana, la Administración pública y la construcción de un nuevo orden político.

En 1825, tras la independencia del Alto Perú, la naciente República de Bolivia necesitaba instituciones, funcionarios y ciudadanos. Sucre, designado presidente, asumió la tarea de organizar un Estado devastado por años de guerra. Simón Rodríguez, recomendado por Bolívar, llegó con la misión de impulsar la instrucción pública. La alianza parecía natural: Sucre debía fundar la república y Rodríguez aspiraba a formar al ciudadano americano. Pero la colaboración duró apenas unos meses. Rodríguez renunció, abandonó Bolivia y quedó, según sus propias palabras, “errante y desnudo”.

Dos proyectos para una república

Rodríguez no entendía la educación como una simple transmisión de conocimientos. Para él, enseñar significaba formar personas capaces de pensar, trabajar, participar y vivir en una sociedad republicana. Su propuesta incluía la incorporación de los sectores populares y en ellos a la mujer que es la proletaria del proletario, como decía mi maestro Martín Guédez, el AKA de mi muy querido José Luis del Valle, pero también la formación técnica, la dignificación del magisterio y una escuela vinculada con las necesidades concretas, la “toparquía” de América.

El pensamiento de robinsoniano

pensamiento partía de una premisa radical: las nuevas repúblicas no podían limitarse a copiar instituciones europeas; debían inventar sus propios modelos. De allí, su célebre principio de “inventamos o erramos”. La educación debía contribuir esa invención política y social; no reproducir los hábitos coloniales ni las jerarquías heredadas.

En sus escritos, Rodríguez cuestionó la exclusión de pardos, morenos, artesanos, labradores y pobres. Desde su diagnóstico sobre las escuelas de primeras letras de Caracas, había denunciado que la educación estaba desatendida, mal financiada y sometida a maestros improvisados, esto se lo hizo saber a Bolívar. También reclamó mejores condiciones para quienes ejercían la docencia, convencido de que ninguna reforma educativa podía sostenerse sobre la precariedad del educador que, como vemos, es una lucha de siglos.

Para Sucre, en cambio, inviviendo en la crudeza de la guerra y en la forja de una nueva república, su alto sentido de la responsabilidad lo llevó a enfrentarse a los problemas inmediatos de organizar las rentas públicas, garantizar la autoridad del Gobierno, establecer normas administrativas y contener las disputas entre grupos locales, militares, clérigos y funcionarios. Su proyecto educativo debía integrarse a una maquinaria estatal todavía frágil. La audacia pedagógica de Rodríguez podía resultar inspiradora, pero también difícil de ejecutar en un país sin recursos suficientes y con instituciones en formación.

El conflicto administrativo

La tensión no surgió exclusivamente por diferencias filosóficas, también tuvo una dimensión concreta en el manejo de los recursos, la rendición de cuentas y la ausencia de un plan escrito que permitiera al Gobierno conocer con precisión qué se proponía hacer el director de enseñanza pública.

Según la interpretación recogida en los estudios sobre la correspondencia de la época, Sucre reclamaba que Rodríguez presentara un proyecto formal, con objetivos, procedimientos, costos y responsabilidades claramente establecidos. El maestro, por su parte, consideraba que su autoridad provenía de la confianza de Bolívar y que su tarea consistía en aportar ideas, no someterse a la rutina de las oficinas. La frase que se le atribuye resume esa actitud: “Yo estaba encargado de dar ideas, no de recibirlas”.

Aquí aparece el núcleo del choque. Para Sucre, la educación debía convertirse en una política pública administrable. Para Rodríguez, debía ser una transformación profunda de la sociedad, incluso si para ello fuese necesario desafiar las formas convencionales de gobierno. El presidente reclamaba orden y previsión; el educador exigía libertad para experimentar.

La distancia entre ambos se agravó por las denuncias, los rumores y la resistencia de sectores vinculados con la Iglesia. Rodríguez afirmó que había sido víctima de persecuciones del clero y de informes anónimos, y sostuvo que Sucre terminó desautorizándolo. En una carta posterior, describió la situación como una combinación de hostigamiento, incomprensión y abandono.

Sin embargo, una lectura crítica impide convertirlo automáticamente en un héroe sin fisuras. El propio análisis académico de la documentación advierte que no se conserva un proyecto educativo completo de Rodríguez para Chuquisaca. Hay referencias generales, ideas ambiciosas y testimonios posteriores, pero no un programa acabado que permita conocer con exactitud su alcance, presupuesto y estructura administrativa. Esa ausencia fortaleció las objeciones de Sucre y dejó al proyecto expuesto a la improvisación.

Lancaster, el enemigo de la educación popular

El conflicto también expresó una controversia pedagógica de alcance continental. Bolívar y varios gobiernos latinoamericanos veían en el método lancasteriano una vía rápida y económica para alfabetizar a grandes grupos de población. La enseñanza mutua permitía que un maestro dirigiera a numerosos alumnos mediante monitores, ejercicios repetitivos y una organización disciplinaria.

Rodríguez rechazaba ese modelo. A su juicio, la memorización sin comprensión producía “papagayos” y “charlatanes”: alumnos capaces de repetir palabras, pero no de entenderlas ni utilizarlas críticamente. Para el maestro, enseñar era hacer comprender y emplear el entendimiento, no someter la inteligencia al ejercicio mecánico de la memoria.

La diferencia no era técnica, sino política. El método lancasteriano podía servir para ampliar rápidamente la cobertura escolar, pero Rodríguez temía que formara sujetos obedientes, competitivos y adaptados a una estructura social ya existente. Él aspiraba a educar ciudadanos autónomos, capaces de preguntar, juzgar y participar en la vida pública.

Los estudios contemporáneos han cuestionado, precisamente, la idea de que Bolívar y Rodríguez compartieran un proyecto educativo idéntico. Ambos reconocían la responsabilidad del Estado en la educación y consideraban que el futuro republicano dependía de formar al pueblo. Pero sus métodos y sus concepciones sobre ciudadanía eran diferentes. Bolívar se mostró dispuesto a respaldar soluciones prácticas como la enseñanza lancasteriana, mientras que Rodríguez defendía una educación popular más experimental, crítica y vinculada con la transformación social.

Un fracaso que sigue interpelando

La experiencia de Chuquisaca fracasó, pero su importancia no desapareció. Allí se hizo visible una contradicción que continúa presente en muchos proyectos educativos, que no es otra que la distancia entre la innovación pedagógica y la capacidad institucional para sostenerla.

Rodríguez quiso fundar una escuela capaz de anticipar la república. Sucre necesitaba, antes que nada, construir un Estado que pudiera pagar funcionarios, administrar fondos y hacer cumplir decisiones. Ninguno de los dos problemas era ficticio. La tragedia consistió en que sus respuestas no encontraron un espacio común.

Reducir el episodio a la supuesta excentricidad de Rodríguez o a la incomprensión de Sucre significa perder su dimensión histórica. El maestro representaba la urgencia de inventar una educación americana; el mariscal encarnaba la necesidad de convertir los ideales emancipadores en procedimientos, leyes y presupuestos. Entre ambos quedó fracturado un proyecto que pretendía formar ciudadanos para una república todavía incapaz de reconocerse a sí misma.

La lección de Chuquisaca conserva una vigencia incómoda que evidencia que ninguna reforma educativa prospera solo con ideas brillantes, pero tampoco sobrevive un Estado que confunde administración con obediencia. La educación republicana exige imaginación y organización, libertad crítica y responsabilidad pública. Rodríguez tuvo la primera en exceso; Sucre defendió la segunda con rigor. El fracaso nació, quizá, de que ninguno logró comprender que una era el correlato de la otra.