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Aquí les cuento | Margarita (I)

¡Me quiere! ¡No me quiere!

Por Aqules Silva

Cada tres de cada mes,

la madrugada despierta

con estruendosa pesadilla.

Ni perdón ni olvido.

07/08/2026.- La hora de pulir la entrada del edificio era invariable: las cinco y treinta de la tarde, de lunes a viernes. Margarita bajaba, bien vestida y perfumada, a realizar esa tarea. Una hora bastaba para que los cuadrados de mármol blanco y negro quedaran relucientes, a la espera de las piezas de ajedrez para empezar la partida.

Todos en el Playa Mansa la apreciaban. Tres décadas de juventud había entregado a las familias que conformaban el condominio. La conserje, quien no tenía tamaño para el vozarrón que salía de su gañote, imponía su ley en el edificio cuando alguien taladraba o martillaba después de las cuatro de la tarde. Tenía su apartamento en la planta baja, al lado del salón de fiestas, porque si una costumbre tenemos los venezolanos es que nos gusta un bochinche.

Apenas mi papá empezaba la carrera de doctor, el abuelo compró el apartamento. Bastó un solo desembolso una vez que trajo dos camiones de ganado desde Calabozo hasta el matadero de Los Teques. Un conocido comerciante, dueño de varias carnicerías y un puesto de pescado en El Mosquero, le metió en la cabeza que comprara un apartamento en el litoral, precisamente en el edificio que acababan de construir, donde él también había negociado un penthouse que era bueno para temperar. Además, lo convenció de que la vida no es solamente andar madrugando metido en un corral, ordeñando vacas entre un mar de bosta fresca y barro hasta la rodilla. Tuvo el abuelo la convicción de que era cierto, de que la vida requiere aquellos momentos sabrosos para despegarse el lastre del trabajo esclavizante y respirar aires frescos al menos una vez anual.

Cuando, años más tarde, el abuelo llegó al Playa Mansa, ya las normas de convivencia habían sido consensuadas, publicadas, aprendidas y asimiladas por todos los ocupantes del condominio. Si algo realmente valía en esa casa común —aunque el abuelo no compartiera esa opinión— era precisamente la tranquilidad impuesta por Margarita, esa pequeña dictadora venida del otro lado del mar.

"¡De allá del carajo viejo!", le decía mi abuelo, borracho, y la amenazaba con hablar con los compañeros del partido para deportarla. Y todo porque no lo dejaba mearse en las macetas del jardín en que había convertido aquel zaguán de la planta baja, con crotos, suculentas, calas y algunas margaritas que, sin perfume alguno, alegraban las tardes de los habitantes del Playa Mansa.

El viejo, cada vez que lograba abrir la reja con la llave —así todo palotiao como llegaba—, dejaba que el brazo mecánico cerrara haciendo su ruido característico, luego se aflojaba la bragueta y orinaba precisamente en la maceta donde estaba sembrada una margarita. Hacía un hoyo con el chorro. Se quedaba unos segundos escurriendo la intermitencia salobre del vástago. Tronaba el infraposterior desenlace, aunque no se distinguía si era una ventosidad o un lamento cuasi agónico con que clausuraba la faena.

Con una perversa sonrisa miraba a ambos lados, como si las paredes multiplicaran los ojos de los habitantes del edificio. Se incorporaba y procedía a clavar, como banderilla en lomo de toro, el cigarro a medio fumar, que apagaba su brasa en la orina mezclada con el humus. A él no le importaba el sacrificio que Margarita Da Silva —que así se llamaba la conserje— realizaba en procura del abono y la tierra negra para mantener sus plantas.

Es que el abuelo, quien había crecido en La Vitera, pensaba que, por el solo hecho de haber sido hijo y nieto de terratenientes, el resto de la humanidad era su servidumbre. La pequeña conserje, que ya tenía cincuenta y cinco años —de los cuales los últimos treinta había permanecido en el Playa Mansa—, era apreciada por todos los ocupantes del edificio. Los vecinos tenían un trato amoroso con ella, menos el abuelo, a quien al parecer no le gustaban las flores y menos la del nombre de la trabajadora.

Mi papá tenía la sospecha del origen de aquel odio, pero nunca hizo comentario alguno, aunque el enigma algún día habría de descifrarse.

Era visible la molestia de la conserje. En la panadería de Manuel, un paisano madeirense, se le escuchó decir:

—¡Ese malvado viejo algún día me las va a pagar!

Con sobrada razón detestaba al viejo cascarrabias y meón que ocupaba el apartamento donde mi padre aprendió el vuelo de las gaviotas revoloteando sobre la arboladura de los veleros que llegaban a La Guaira.

—¡Viejo! —le dijo mi papá una tarde—, ya sabes que la cerveza te cae mal! Comprende que con los ochenta y dele que ya tienes de recorrido la vejiga no aguanta. Si quieres mantener el respeto de la gente, no puedes estar destrozando lo que a las personas les cuesta tanto construir. ¡Así que contrólate y déjate ayudar, mi patrón!

¡Pero qué va! Miró a mi padre y le dijo, concluyente:

—¡Cállese, sute!...

Margarita, en tres oportunidades durante los últimos seis meses, le había comunicado a mi papá:

—Doctor, yo no sé qué va usted a hacer con su padre, ¡pero es que ya no lo aguanto!

Mi papá, el doctor, sabía cómo arreglar corazones. Y ganas no le faltaban de darle unos planazos a su padre, pero, imagínate, un llanero de los que juntan las manos para pedir la bendición nunca podría hacer eso...

—Hablaré con él —se limitó a decir, y le tocó la mejilla a Margarita con sus sedosas manos de médico.

Ella sonrió como siempre y siguió puliendo el tablero de ajedrez hasta escuchar el familiar sonido del ascensor al cerrar la puerta, llevando en su interior al profesional de la medicina que habitaba el apartamento dúplex del piso cinco del Playa Mansa.