Pluma acústica | La Guaira: santo, tambor y sismo
Por Kike Gavilán
23/07/2026.- La celebración de San Juan Bautista en La Guaira siempre ha sido sinónimo de vida y alegría, un pulso rítmico que imita el latido de la tierra y la marea del mar Caribe. Sin embargo, la tragedia vivida el pasado 24 de junio (Día de San Juan), cuando un devastador doble terremoto sacudió el país, interrumpió de golpe las festividades en el litoral central y transformó dramáticamente esta celebración. Este hecho permite hacer una breve analogía antropológica y telúrica entre ambos acontecimientos.
El tambor y la falla geológica comparten una naturaleza similar: ambos acumulan energía invisible en las profundidades para liberarla de repente en ondas expansivas. El 24 de junio de 2026, el repique frenético del San Juan y el júbilo colectivo coexistieron, por segundos fatídicos, con el pánico y el estruendo de la tierra quebrándose.
La música alegre de los tambores, diseñada para invocar la protección y la bonanza del santo, se vio silenciada de manera abrupta por el movimiento telúrico, convirtiendo una de las expresiones de mayor vitalidad cultural de La Guaira en un escenario de escombros y resiliencia extrema. No obstante, así como el golpe del tambor resuena con persistencia desafiando la historia, la comunidad guaireña enfrenta hoy este terremoto con la misma fuerza sísmica de su identidad: un pueblo cuyo ritmo, aunque sacudido en su epicentro festivo, busca volver a encontrar el compás de la reconstrucción y la esperanza.
El que todo lo tiene y todo lo da
Cada 24 de junio, toda la costa venezolana se alborota celebrando a San Juan Bautista, un santo que "todo lo tiene y todo lo da". Un santo tan poderoso que fue él mismo quien bautizó a Jesús de Nazaret (bendito sea su santo nombre). Sin embargo, la celebración de San Juan no es solo una manifestación de fe católica, sino una profunda comunión con la herencia afrodescendiente, donde el tambor canta y convoca y el sincretismo desdibuja cualquier barrera.
Desde temprano, las calles de Naiguatá, Caraballeda o cualquier rincón guaireño huelen a mar, café recién colado y ron. La gente se adorna con rojo y blanco, y el santo sale a la calle a "cobrar" las promesas. El tambor empieza a sonar suavecito, llamando a la gente, pero poco a poco se va poniendo denso, pesado, con ese repique que sacude hasta el alma.
Pero la vaina no es solo fe y promesas de devotos; el ambiente se sacude de una manera bien particular cuando la naturaleza decide integrarse al baile. El 24 de junio próximo pasado la tierra no solo retumbó por el cuero caliente y el repique de los tambores, sino porque un terremoto vino a recordarnos que el suelo que pisamos está vivo y tiene su propio pulso. Es ahí donde la analogía se cae de madura. Un terremoto y un tambor afrovenezolano comparten la misma maña: hacen que todo lo que creías firme empiece a temblar.
Al final de la jornada, tanto el terremoto como la celebración de San Juan nos dejan una enseñanza muy clara sobre cómo somos los venezolanos. Cuando la tierra cruje y nos invade el miedo, la gente grita, se abraza, se auxilia y echa pa’ lante. Y cuando suena el tambor, pasa exactamente lo mismo: nos arropamos en comunidad, nos tiramos al medio de la plaza y dejamos que el ritmo nos cure el alma.
Sismo y repique: dos fuerzas de la naturaleza
Para que ocurra un sismo, es necesario que las placas tectónicas acumulen tensión durante años, presionándose implacablemente. De manera similar, el golpe de tambor en La Guaira es el resultado de siglos de memoria histórica comprimida. La esclavitud colonial, la marginación y la lucha por preservar la dignidad humana generaron una presión social y cultural inmensa.
El repique de la mina, la pipa y el cumaco actúan como líneas de falla. Cada golpe de baqueta sobre el parche es una fricción controlada que canaliza la energía de un pueblo. No es ruido; es la manifestación acústica de una fuerza tectónica cultural que no puede ser silenciada. Esa tensión acumulada por siglos encuentra en el día de San Juan el momento preciso de su liberación.
El sismo es la tierra acomodándose, soltando tensiones acumuladas en las profundidades; el tambor es el negro, el indio y el mestizo sacándose de encima los siglos de opresión, echando pa’ afuera lo malo. Mientras el terremoto es la respuesta inapelable de la naturaleza, el golpe del tambor es la respuesta soberana del espíritu humano frente al olvido y la opresión.
Ambos han sacudido el suelo guaireño, recordándole a quien lo habita que tanto la tierra bajo sus pies como la cultura que recorre sus venas están vivas, cargadas de energía ancestral que, al estallar en ritmo y vibración, redibuja el mapa de su identidad y sacude los cimientos de nuestra historia.
Pero La Guaira es brava. Sabe lo que es lidiar con cerros que se desprenden, con mares bravíos y con terremotos que ponen a prueba a cualquiera. También sabe que "San Juan todo lo tiene y todo lo da". Entre el terremoto que nos recuerda lo frágiles que somos y el tambor que nos hace indestructibles, la costa guaireña seguirá sonando, retumbando y bailándole a la vida con el mismo swing que nada ni nadie podrá quitarle jamás.
¡Vamos pa’ lante y pa’ arriba, mi gente! ¡Con fe!
Etiquetas
Compartir












